Editorial

El ombligo del mundo

Cuando el directorio de una empresa decide cerrarla, un liberal ve en ello una decisión dolorosa pero comprensible. Un marxista, en cambio, lo carga del prejuicio ideológico que asigna intenciones espurias al capitalista opresor.

Esteban Valenti, exfrenteamplista y actual dirigente de la coalición denominada La Alternativa, formuló la semana pasada un tuit que es revelador de por qué el país no logra salir del subdesarrollo. Refiriéndose al cierre de la fábrica de Colgate Palmolive, con la consiguiente pérdida de 59 puestos de trabajo, Valenti apeló al “poder de la gente” y propuso “dejar de comprar absolutamente todos los productos” de esa empresa. Agregó: “cierran, nosotros también. Si está de acuerdo circule el mensaje. Uruguay libre de Colgate Palmolive”.

Esta protesta puede parecer menor, si se la compara con los dichos del favorito de la interna frenteamplista, que mientras la ciudad bajo su responsabilidad se cubre de basura, promete crear un Silicon Valley en la Estación de AFE…

Pero igual elegimos el tuit de Valenti, porque la reflexión del veterano dirigente de izquierda dice mucho sobre la mentalidad uruguaya a la hora de analizar la realidad económica. Evalúa el cierre de la fábrica no como una decisión objetiva sino como una traición al país, que amerita un castigo ciudadano.

En realidad, los empresarios (y Valenti lo sabe, porque lo es y muy exitoso) no toman este tipo de resoluciones por haberse levantado con el pie izquierdo o por desprecio a la nación, sino pura y exclusivamente por razones de rentabilidad. La misma que hace que cualquier persona que recibe una oferta de trabajo donde le pagan más, cambie de empleo. El sindicalista Edgardo Mederos no pudo ser más claro en sus declaraciones a El País: “lo principal fue un tema económico, de los costos y lo que vale producir en Uruguay, y lo que les sale a ellos producir lo mismo en México”.

Sorprendido por los comentarios críticos a su tuit, Valenti se preguntó por qué una empresa que deja en la calle a decenas de trabajadores y se dispone a importar productos “para ganar más, tiene tantos fanáticos”.

La verdad es que la saludable conversión que ha hecho este excomunista hacia la socialdemocracia, no ha impedi-do que le queden algunos rezagos marxistas.

En una economía libre, los productos no son aplaudidos o denigrados de acuerdo con su aporte solidario al interés público, sino simplemente comprados o rechazados según la pertinencia de su respuesta a las demandas del consumidor.

Cuando el directorio de una empresa decide cerrarla, un liberal ve en ello una decisión dolorosa pero comprensible. Un marxista, en cambio, lo carga del prejuicio ideológico que asigna intenciones espurias al capitalista opresor.

Y ahí es cuando un país como el nuestro resiente su capacidad de análisis de la realidad.

Si seguimos responsabilizando a las empresas por clausurar sus operativas ante la pérdida de competitividad, incurrimos en la misma ingenuidad del niño que culpa a la maestra por su mala nota, en lugar de esforzarse para mejorarla. Está muy claro que los emprendimientos en Uruguay están sometidos a un cóctel explosivo de amenazas del entorno: desfasaje del tipo de cambio, altos costos de las tarifas públicas, pesados tributos, rigidez de la legislación laboral, inexistencia de acuerdos comerciales con países que no sean dictaduras bananeras, y hasta el invento de considerar la ocupación como una extensión del derecho de huelga…

Para que la tormenta sea perfecta, el ministro de Trabajo y Seguridad Social se jacta de que ha crecido espectacularmente el número de empresas que cotizan en BPS, sin aclarar que esto se debió a la apertura forzosa de unipersonales, por parte de quienes no tienen otra alternativa que facturar a sus empleadores, para aliviarles la carga tributaria y así salvar sus fuentes de trabajo.

Búsqueda publicó en su edición de esta semana una contundente entrevista al presidente de la Cámara de Industrias, Gabriel Murara, quien habla de “una década perdida”, porque el volumen físico de producción actual equivale apenas al que se verificaba en 2007 y el empleo está nada más que en el nivel de 2004. El dirigente gremial admite que la rentabilidad del sector nunca estuvo tan baja, lo que desembocará en más cierres. Y describe una realidad que bien podría leerse como la respuesta a la ingenua protesta de Valenti: “la inversión bajó porque no competimos, porque nos creemos el ombligo del mundo y nos llevamos todo por delante, y ahora nos estamos dando un baño de realidad con los costos que tenemos”.

Mientras tanto, en el país del Nunca Jamás, los precandidatos del oficialismo repiten a coro un sonsonete de prosperidad en el que ni ellos mismos creen.

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