EDITORIAL

Oleadas de corrupción

El domingo pasado en Brasil, cerca de 4 millones de personas salieron a manifestarse a lo largo y ancho del país ocupando calles y plazas en 320 ciudades del país.

Fue un movimiento de masas jamás visto por su magnitud, que de manera contundente hizo oír su protesta. Su firme rechazo al gobierno, mezcla de descontento por la mala situación económica a la que ha conducido al país y por sobre todo, un clamor en contra de la rampante desfachatez de los responsables que han robado a mansalva los dineros públicos.

Tan corrupto es el que hurta para sí, para engrosar sus cuentas bancarias, como el que recibe y negocia cuantiosos sobornos para volcar en su partido, en su campaña, en sus correligionarios y para comprar voluntades en base a clientelismo disfrazado bajo el rótulo de "política social". De esa falta de ética tenemos claros ejemplos en nuestro suelo, porque, insistimos, el espectro de la corrupción no pasa solo por comprarse autos o viviendas lujosas, sino que la libido puede muy bien estar puesta en otras ambiciones, como el ansia de poder político.

A pesar de que los montos siderales que se manejan en estos turbios maniobras y no solo tras la frontera brasileña, sino del otro lado del Plata, hacen palidecer lo que ocurre en nuestro territorio, el abroquelamiento para defender a los amigos cuando saltan a la luz situaciones chocantemente irregulares, se repite aquí y allá. Aquí, con asuntos de porte más modesto dada la relación de tamaño, pero la postura es la misma.

De inmediato los compañeros ideológicos, prescindiendo de toda cautela o moderación para tratar la patética situación brasileña, desde el presidente, el ex y demás correligionarios, se apresuraron a levantar su voz en defensa de las instituciones. Inquietud compartida por todos, demás está decir, los que pensamos que la democracia es el mejor de los sistemas de gobierno, más allá de sus fallas. Y de ahí, la importancia que tiene el respeto a la independencia de los poderes y la fortaleza de las instituciones.

Pero es justamente por esos motivos que no podemos obviar la gravedad de los hechos delictuosos que se denuncian en el Brasil. Las montañas de lodo removidas han mostrado que la deshonestidad rampante en los recientes gobiernos de la autoproclamada honrada izquierda, bajo la presidencia de Lula y de Dilma, le ha infligido un daño profundo al ideal democrático. Lo cual contribuye al desencanto y la desconfianza de la sociedad para con el sistema político, creándose un clima negativo y peligroso. A la vez se desprestigia el valor de las elecciones cuando el mensaje es que si de gobiernos electos se trata, está todo bien.

Pero la gente no es tonta. Por algo tras el disfraz de ministro con el que Dilma vistió a su viejo camarada con la intención de cuidar el pellejo de ambos, brotó otra inmensa y espontánea, (sin ninguna organización previa) manifestación ciudadana en repudio a la maniobra, en el mismo momento que Dilma en medio de ditirambos le daba la bienvenida en el Planalto. Si hay voluntad de resguardar la institucionalidad, la presidenta, ante tamaño descalabro y los reclamos en su contra, podría haber dado un paso al costado en lugar de hacer semejante patraña. La falsedad de que no era el nombramiento un salvavidas, quedó en evidencia tras la revelación de los audios que el juez Moro mandó al Tribunal Superior.

Un magistrado que por su valentía para enfrentar al poder, recuerda al anterior presidente del Tribunal recientemente jubilado, a quien no le tembló el pulso cuando hubo de mandar a prisión a una peso pesado que se creía intocable.

Y es ese vasto sentido de impunidad lo que permite el nivel de inmoralidad y deshonestidad que se percibe al observar cómo cuentan los millones los amigos de Cristina Kirchner, en el revelador video que llegó a manos del periodismo, tomando estado publico. Lo que sucede a ambos lados de nuestro país lo deja a cualquiera anonadado. En Argentina, una mayoría de la población reaccionó ante los abusos y optó por el cambio votando por Macri para presidente, pero su tarea no es nada fácil, al haber recibido una nación destrozada y no contar con un sólido apoyo en el Congreso.

En Brasil, Lula ganó un primer round cuando un tribunal de Río anuló la medida cautelar presentada por un juez de Brasilia, pero tiene por delante 50 juicios en tribunales distritales y 13 en juzgados federales, y nuevamente su ministerio ha quedado en suspenso. Sobre la cabeza de Dilma cuelga la espada de Damocles del "impeachment" que el Tribunal Superior acaba de autorizar, pero el proceso es largo y mientras tanto, harán cualquier cosa aunque hundan al país, para mantenerse.

La región no descansa.

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