EDITORIAL

El odio ha sido la forma

Por primera vez, los uruguayos dejaron de premiar esa prédica permanente y esa particular forma de concebir al adversario político que ha sido el sello típico del Frente Amplio.

La campaña en torno al plebiscito constitucional de octubre pasado tuvo un slogan que terminó siendo exitoso: el miedo no es la forma. Adaptado a la perspectiva del balotaje y a lo que ha sido la iniciativa proselitista de la izquierda por décadas, se puede decir que el odio ha sido la forma.

Cuando algún día se escriba una historia seria del avance electoral del Frente Amplio (FA) desde 1971 hasta 2014, ella deberá señalar la importancia que tuvo en su actividad proselitista y en su mensaje político la semilla del odio y del resentimiento plantada en el corazón de los uruguayos. Aquel viejo FA de 1971 la extendió entre las juventudes urbanas de aquellos años y tomó forma con aquello del enfrentamiento entre “la oligarquía y el pueblo”, o con aquello otro de calumniar ferozmente al candidato blanco Wilson Ferreira.

Luego de restaurada la democracia, el discurso del FA agudizó su prédica centrada en consideraciones morales. En definitiva, si había dificultades económicas o si no se lograban tales o cuales objetivos, las causas últimas no eran problemas de definiciones o de implementaciones de políticas públicas, sino que respondían a que blancos y colorados, moralmente inferiores, deleznables neoliberales, vendepatrias o acomodados con intereses foráneos, no querían velar por los intereses del pueblo. Es una descripción que así expresada podrá parecer quizá una caricatura, pero baste peinar alguna cana para recordar lo que eran los slogans pintados por la izquierda en todos los muros montevideanos y para saber que esa era, efectivamente, la permanente prédica política frenteamplista.

Apenas recibió las luces del protagonismo en tanto candidata a vicepresidente, Villar no desentonó en nada con la prédica de su fuerza política: habló del enfrentamiento entre oligarquía y pueblo; comparó el perfil de Manini Ríos con el de Hitler; y de forma general, insistió en una reafirmación de un sentir identitario en el cual los buenos y generosos son de izquierda y todos lo demás son políticamente despreciables ya que contrarios a los intereses populares que, claro está, solo pueden ser bien interpretados por el FA.

Incluso los que hoy son considerados como paladines de la izquierda moderada han sido activos protagonistas de esta forma de hacer política. Basten aquí dos ejemplos ilustrativos de posiciones del pasado de dos senadores que acaban de ser electos: Bergara, que en 2005 señaló en Estados Unidos que ahora sí se podían llevar adelante las reformas tantas veces postergadas por causa de la feroz oposición frenteamplista, ya que era la izquierda la que finalmente había llegado al poder; o Rubio, que fue capaz de corredactar la ley de asociación de Ancap bajo la administración Batlle, para luego votar por su derogación en diciembre de 2003 porque esa ley podía ser llevada a la práctica por un gobierno colorado.

El odio ha sido la forma. Por lo general, ha sido un odio difuminado que ha evitado el insulto directo. Sin embargo, es claro que al menos desde 1994 Mujica ha violado cualquier código de urbanidad y se ha dedicado periódicamente a denigrar sobre todo a los dirigentes blancos y colorados. En cualquier caso, ese odio forjado en el convencimiento de una autoproclamada superioridad moral es lo que ha caracterizado desde siempre al numeroso grupo de adherentes más férreos del FA.

En estas elecciones de junio y de octubre, por primera vez desde 1971 de forma contundente y clara, los uruguayos dejaron de hacer crecer el apoyo al FA. Por primera vez en algo tan sustancial para el alma de nuestro país como es el voto, los uruguayos dejaron de premiar esa prédica permanente y esa particular forma de concebir al adversario político que ha sido el sello típico del Frente Amplio en los últimos años.

En el próximo balotaje, no serán entonces solamente dos fórmulas presidenciales las que se enfrentarán. También se enfrentarán un modelo de acuerdos partidarios basados en el respeto entre partidos diferentes y que evita la descalificación de la otra parte del país, que esa es la característica fundamental de la opción Lacalle Pou- Argimón, y una coalición de izquierdas que ha basado su prédica en el odio hacia quien piensa distinto, que eso representa sustancialmente la fórmula Martínez- Villar.

Por lo pronto, ya sabemos que ese FA ha recibido en este 2019 sus primeras grandes bofetadas electorales desde 1971. Sería una gran cosa que el próximo 24 de noviembre el pueblo, en clara y alta voz democrática, volviera a expresar que el odio no es la forma de construir un futuro de bienestar para el país.

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