Editorial

¿Qué se oculta en Ancap?

La imagen de Ancap está por el piso. La principal empresa uruguaya que en épocas pasadas aparecía como una de las más poderosas en esta parte del mundo, hoy se encuentra en el banquillo de la ineficiencia y el despilfarro.

No es para menos; sus números provocan escalofríos en una escalada de pérdidas que hizo eclosión con el balance del 2014: las casillas en rojo treparon a 324 millones de dólares, lo que significa que abrir sus puertas le cuesta a Ancap por día casi un millón de dólares.

Y estamos hablando de un ente estatal monopólico, que tiene todo el mercado de combustibles uruguayo a su disposición, nadie le hace competencia ni hay posibilidad de recurrir a otra empresa, que fija los precios a su antojo y vende sus productos al costo más caro del continente: el gasoil un 30% por encima y las naftas un 25%.

Las deudas y las pérdidas no surgen solas por una "variación del tipo de cambio". Previamente hubo una decisión de realizar una inversión o de asumir y comprometerse a una determinada serie de gastos. Si la inversión o los gastos son productivos y racionales, o si se toman previsiones que existen en todo el mundo frente a posibles "variaciones del tipo de cambio", difícilmente se obtenga resultados calamitosos. Para quien invierte bien, o gasta bien, lo normal es que obtenga ganancias. Es por eso que hay gente que financia obras o actividades, es la esencia del capitalismo que mueve al mundo: el lucro de su inversión. Y cuando se trata de un particular, bien que estudia y analiza los riesgos que asume al hacer esa "apuesta" y cuáles serán los beneficios que obtendrá.

En los monopolios públicos, no. Quien lo posee se considera amo y señor de un área determinada y poco importa la capacidad técnica de sus autoridades, el acierto o el error de sus políticas. Nadie puede hacerle sombra, porque nadie convive y menos le disputa los clientes. Y, además, llegado el caso —si las cosas le salen mal— el Estado (todos nosotros) sacaremos la cara y la plata del bolsillo por él.

El agujero negro que tiene Ancap, que se viene arrastrando con distinta intensidad en los últimos años, es producto de decisiones rayanas con el espanto y una muestra de desaprensión absoluta con los dineros públicos. Por un lado, sus autoridades se afiliaron a la filosofía del "clientelismo político" y de 2.100 empleados que había en 2005 (luego de un proceso de reducción de vacantes) lo elevaron a 2.900 (los costos fijos de Ancap saltaron de US$ 130 millones en 2005 a los US$ 330 millones de hoy) y, por, otro desplegaron un espíritu aventurero a la hora de hacer inversiones que fueron un rotundo fracaso.

Si se aumenta el gasto incorporando funcionarios y se financian emprendimientos que no arrojan beneficio alguno, sino que por el contrario, dan pérdidas, el resultado no puede ser otro que el que hoy tenemos a la vista. La plata sale y sale, pero no entra por ningún lado y si lo hace es en forma de moneditas.

La empresa se ha caracterizado en los últimos años por lanzarse a aventuras de dudosa rentabilidad en nuestro país y fuera de fronteras. Aquí tiene emprendimientos emblemáticos por los costos que le significan: ALUR, la producción de cal que ha intentado encarar y las cementeras. Son negocios deficitarios que se mantienen y se insiste con ellos. Creado uno por razones ideológicas (ALUR por los cañeros de Bella Unión), otro porque erró feo en sus cálculos de ingreso en el mercado brasileño, y el tercero porque cuando estaba en manos privadas funcionaba bien, pero al cambiar a manos públicas, no. Pero además tiene inversiones y sociedades en Argentina y Venezuela que son manejadas por subsidiarias de derecho privado del ente y, como tales, no están sujetas al control del Tribunal de Cuentas de la República.

El "muerto" de Ancap, entre 2013 y 2014, ascendió a 500 millones de dólares. En lo que va del 2015 puede estimarse en US$ 120 millones, solo por el tipo de cambio. Parece hora de que se transparente todo Ancap y que se explique de forma convincente a la ciudadanía qué fue lo que pasó, cuáles son las responsabilidades y quiénes deben dar explicaciones. La negativa del Frente Amplio de permitir la actuación de una Comisión Investigadora a nivel parlamentario es una decisión política que da a entender que hay muchas cosas que ocultar. Si todo fuera cristalino, nadie cierra las puertas a que se conozca la verdad. Cuando se hace, quedan dudas y sospechas sobre procederes y probidad de dirigentes, los que quedan marcados para siempre.

Pero eso, que en otros tiempos era un valor innegociable, ahora parece que importa poco. Así vamos.

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