Editorial

Los nuevos Pangloss

Los más que cuestionables resultados de esta segunda administración llevan a los jerarcas a una niebla de autoconvencimiento de que están haciendo las cosas bien o de que no son responsables de los fracasos.

Fue hace unos días. Después de que el presidente Vázquez y su hermano, el subsecretario del Interior, mantuvieran una reunión de tres horas con el norteamericano Rudolph Giuliani y el precandidato Edgardo Novick, para intercambiar ideas sobre seguridad pública, el título del diario La República fue "Rudolph Giuliani destaca el trabajo que realiza Uruguay en temas de seguridad". No contentos con eso, redundan en el copete de la crónica que el visitante "destacó el trabajo que está realizando el gobierno uruguayo en materia de seguridad ciudadana". A la mañana siguiente, el intendente Martínez fue entrevistado por canal 12 y dijo también alegremente que "nos mandaron a Giuliani para que nos rezongara y nos terminó elogiando".

Está claro que tanto los textos del diario pro gobierno como la ironía del precandidato frenteamplista faltan a la verdad. Y como muestra, alcanza con leer la entrevista que le hiciera Martín Aguirre al exalcalde de Nueva York, publicada en estas páginas el domingo pasado.

Pero la anécdota vale para poner de manifiesto una de las más usuales tácticas de la comunicación oficialista: negar la realidad o tergiversarla.

Lo mismo pasó cuando, en tren de justificar el dramático aumento de las rapiñas, el ministro Bonomi declaró muy suelto de cuerpo que ahora se denuncia todo, poniendo como ejemplo el hurto de una botella de agua a una señora que corre por la rambla.

Tal vez el mecanismo les funcione, como forma de mantener un mínimo de opinión favorable entre algunos fanáticos, ¿pero son conscientes de la indignación que provocan en el ciudadano común, que día a día sufre el azote brutal de la delincuencia? Si el gobierno hiciera tan bien los deberes dictados por Giuliani, ¿por qué mientras el norteamericano convirtió a Nueva York en una de las ciudades más seguras del mundo, los resultados en Uruguay ostentan este trágico incremento de homicidios y demás delitos?

¿Se puede edulcorar tanto la realidad, sin exponerse a un impiadoso castigo de la opinión pública?

Los gobernantes y comunicadores frenteamplistas se parecen al protagonista de aquella hermosa película, "La vida es bella": en el horror del campo de concentración nazi, el padre tergiversaba la realidad a su pequeño hijo, para no exponerlo a tanta brutalidad. La diferencia está en que aquella actitud del personaje de Roberto Begnini nacía de la compasión paterna, y esta de Martínez, Bonomi y compañía, tiene más que ver con justificar lo injustificable.

Si empezamos a mirar para atrás, los ejemplos abundan.

¿Cómo interpretar las respuestas de Vázquez a los periodistas, en ocasión de la inauguración del Antel Arena? Quienes en el justo ejercicio de la libertad de prensa le preguntaron sobre el gasto de la construcción y las críticas opositoras, recibieron cómo única respuesta del mandatario vaguedades como "qué lindo está todo, qué lindas esas plantitas". Nunca quedó claro si la intención del presidente fue lisa y llanamente burlona (algo no habitual en él), o fue más bien una especie de negación de las preguntas, la ilusión de que directamente no existían, que no habían sido formuladas.

La verdad es que uno empieza a sospechar que lo que está pasando es eso.

Que los cuestionables resultados de la administración llevan a los jerarcas a una niebla de autoconvencimiento de que están haciendo las cosas bien o de que no son responsables de los fracasos.

Es el país de la falta de agenda, de los pelotazos al aire, de la no asunción de responsabilidades.

Esa semana, al noticiero de canal 12 se le ocurrió la idea de hacer una infografía, comparando en qué otras obras podían haberse invertido los más de 80 millones de dólares del Antel Arena. Así surgió, por ejemplo, que podían haberse construido 54 escuelas de tiempo completo o habilitado más de 3.000 aulas liceales en contenedores, por ejemplo. ¡Para qué! La ira de los trolls frenteamplistas de Twitter se desató sobre los periodistas, con toda clase de improperios y burlas por haber osado pergeñar semejantes equivalencias.

Fue tan así que el director del informativo, Gastón Solé, debió responder a la defensiva, lo que seguramente es el objetivo final de quien opera detrás de los trolls: llevar el hostigamiento a un extremo que haga que, la próxima vez, esos comunicadores piensen dos veces antes de cuestionar otro despilfarro del gobierno.

Son como Pangloss, aquel inefable tutor del Cándido de Voltaire, que negando los desastres que lo rodeaban, insistía en que "estamos en el mejor de los mundos posibles".

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