EDITORIAL

¿Un nuevo Donald Trump?

La derrota infligida al candidato del presidente en Alabama puede suponer el final del grupo más nacionalista y fanatizado en el entorno de Trump, y un cambio de visión radical en su política exterior.

El aterrizaje de Donald Trump en la Casa Blanca se dio en el marco de una guerra civil en el Partido Republicano. Guerra impulsada por los sectores más nacionalistas e intransigentes que dieron apoyo a Trump cuando todo su partido lo tomaba como una broma de mal gusto. Y que enfrentaba abiertamente al sector más tradicional y moderado del partido.

El gran ideólogo de este sector fue siempre Steve Bannon, creador del sitio de noticias ultraconservador Breitbart, y quien al comienzo de la gestión Trump ocupó un cargo clave en el entorno del Presidente. Pero a medida que sus primeras definiciones políticas lo enfrentaron duramente con el sector tradicional del partido, Bannon dejó su puesto en la Casa Blanca y anunció que se dedicaría a enfrentar desde el llano a ese "establishment" republicano que no se plegaba a la agenda nacionalista y confrontativa cobijada bajo el eslogan "América First".

Bannon, con sus discursos de barricada y su estilo de "peleador de barrio", como le gusta autodefinirse, se había convertido en el azote de los legisladores republicanos más centrados y racionales. Y en un poder paralelo al del Presidente, que le marcaba la agenda y le señalaba flaquezas cuando este no respondía a las expectativas más extremas.

Pero todo cambió radicalmente el martes. Bannon apostó como nunca antes a un candidato tan exótico como conflictivo, el exjuez Roy Moore, como figura de reemplazo para ocupar una banca en el Senado por el estado de Alabama, que había quedado vacante por la llegada de su titular original Jeff Sessions al gabinete. Moore es una figura de esas que solo se ven en algunos de los rincones más conservadores de mapa de los EE.UU., alguien que habla públicamente con nostalgia de los tiempos de la esclavitud, cuyo gran proyecto fue hacer un monumento a los 10 mandamientos, y que fue destituido de su cargo como juez de la Suprema Corte de Alabama.

Como si fuera poco, semanas antes de esta elección, la prensa publicó denuncias de varias mujeres que afirmaron haber sido acosadas por Moore cuando eran aún menores de edad.

Pese a esto, Trump impulsado y presionado por Bannon (el presidente originalmente no quería a Moore) se jugó todo su peso en defensa del candidato republicano, llamando públicamente a votar por él. Pero, contra todo pronóstico, Moore perdió contra su rival demócrata Doug Jones, siendo la primera vez en más de 25 años que los republicanos pierden una banca en Alabama, uno de los estados más conservadores del país.

Este resultado puede tener consecuencias que pueden llegar hasta nuestras costas. Sucede que el papelón al que se ha sometido Trump con esta sonora derrota puede significar el fin del halo de invencibilidad de Steve Bannon, y la caída en desgracia de su visión política en el entorno presidencial. Los mismos republicanos que venían padeciendo el acoso del operador están saliendo a cobrarle todas las cuentas pendientes, y el propio Trump parece decidido a distanciarse de su otrora asesor principal.

¿Por qué puede ser importante esto para Uruguay?

Primero, porque puede suponer un regreso de cierta civilidad y profesionalismo en la política exterior de la primera potencia mundial. Uno de los grandes temas en debate hoy en EE.UU. es la conducción de su política exterior, donde el actual secretario de Estado, Rex Tillerson, se ha enfrentado públicamente a Trump (a quien ha llamado ignorante según trascendidos), al punto que todas las semanas se especula con su remoción.

Y en segundo lugar, porque el eje del proyecto político impulsado por Bannon y su gente era un regreso a un proteccionismo cerrado y absoluto. Según su visión, miope y cortoplacista, lo único que importaba era generar puestos de trabajo en el país, aún a costa de estrategias de largo plazo y de visiones más integrales de lo que es la economía de escala en el siglo XXI. Evidentemente esta visión choca con los intereses de América Latina, cuya vocación comercial natural debería ser la de generar un proyecto de intercambio con el vecino del norte que sirva para enriquecernos todos. El odio de cierto sector nacionalista y populista de EE.UU. contra el comercio ya había golpeado seriamente a México, y el impacto naturalmente se iría extendiendo hacia el resto de los países de la región.

Es de esperar que con este resultado, y si se confirma el ocaso de este sector integrista del Partido Republicano, la sensatez y las políticas comerciales abiertas que han sido la característica histórica del partido de Reagan y Lincoln, vuelvan a imponerse, para beneficio de ellos y de nosotros.

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