Editorial

Nuestro laicismo hemipléjico

Menudo lío se armó porque la banda musical del Ejército tocó en la Rural la Marcha Tres Árboles, pero nadie dijo nada cuando la Intendencia de Montevideo llamó a un concurso para un mural en homenaje a Karl Marx, que ya está en exhibición.

La laicidad, en su sentido amplio de ausencia de preferencia estatal por opciones religiosas, ideológicas y partidarias es —presuntamente— uno de los valores compartidos por todos los uruguayos. Nos vanagloriamos de nuestra educación laica, gratuita y obligatoria y de la asepsia del Estado en cuestiones partidarias, todo lo cual, por cierto, tiene mucho de bueno. El Estado, en tanto es el único agente al que le reconocemos poder coercitivo legítimo, debe ser un agente equilibrado, que no debe tener preferencias ni otorgar privilegios particulares porque establecería situaciones de manifiesta injusticia.

En Uruguay tenemos a patadas, paladines de la laicidad cuando el enemigo es la Iglesia católica. Legiones de políticos, organizaciones sociales, periodistas y opinólogos de ocasión saltan como leche hervida ante una procesión o cualquier manifestación pública. Claro está que estos adalides de la justicia en realidad son laicistas jacobinos antes que defensores de la laicidad, y lo que quieren es un Estado militantemente ateo y no uno que garantice la libertad de expresión y conciencia de cada uruguayo, pero ese es tema para otro editorial.

La laicidad política en general tiene menos defensores. Sabemos que todos los días el Frente Amplio viola la laicidad con manifestaciones dentro de centros educativos promovidos por algunos sindicatos afines, que existen libros de textos que muestran al comunismo como un noble ideal mientras que exhiben al liberalismo como la manifestación del demonio en la Tierra, entre otros dislates. Sabemos también que los defensores de la laicidad suelen mirar para otro lado ante estas manifestaciones.

El tema volvió al tapete este fin de semana cuando una banda de música militar ingresó al ruedo principal de la Rural del Prado entonando la Marcha Tres Árboles durante la ceremonia de clausura de la clásica exposición de la Asociación Rural. Esa marcha fue tomada por el Partido Nacional como su himno, con letra de Julio Casas Araújo, lo que desató una andanada de críticas desde el sábado en adelante. Es cierto que esa marcha integra desde hace mucho tiempo la lista de temas del Ejército Nacional, así como del Ejército Argentino, pero no puede desconocerse que en el actual contexto en que se ha sancionado al comandante Manini Ríos y en año preelectoral sonó fuera de lugar, aunque seguramente no de manera intencionada.

En todo caso, parece razonable solicitar que el Ejército Nacional no tenga en su repertorio marchas identificadas con partidos políticos. El asunto debe subsanarse y darse por terminado.

Por otro lado, y por estos mismos días, la Intendencia de Montevideo llamó a un concurso para la realización de un mural en homenaje a Karl Marx, el que con una celeridad que ya quisiéramos para tapar pozos, está en exhibición en el puente de 8 de octubre. Los sempiternos guardianes de la laicidad, sin embargo, han sido víctimas de una aguda disfonía que les ha impedido expresarse ante esta notoria violación de la laicidad, manifestación de odio y toma de partido por una ideología cuyo legado es la destrucción, la desolación y la muerte de más de 100 millones de personas. Por cierto que el inefable Daniel Martínez no es el único responsable de este tipo de atropellos, también intendentes blancos han tenido la deplorable iniciativa de levantarle monumentos a Raúl Sendic (quizá porque en comparación con su hijo fue menos dañino) y al Partido Comunista, pero la que hoy nos ocupa es la idea del precandidato ciclista.

Una sociedad democrática sana debería manifestarse furiosa ante un hombre que predicó el odio, la lucha de clases, la dictadura del proletariado y llamó al asesinato de los capitalistas que sería colgados con las sogas que ellos mismos producen. No fue simplemente una ideología, su concreción práctica a lo largo del mundo y a lo ancho de la historia terminó siempre en violentas dictaduras y el cercenamiento de millones de vidas, porque esa es la única forma posible de comunismo por más vuelta intelectualoide que se le pretenda buscar.

Es una pena que a Daniel Martínez no se le haya ocurrido homenajear en vez de a Marx, a Adam Smith. Su sistema sacó a millones de personas de la pobreza, permite la vida en democracia, diversidad de proyectos de vida, libertad de expresión y defensa de los derechos humanos. Pero en ese caso, qué duda cabe, los infaltables defensores de la laicidad hubieran protestado. Dime a quién homenajeas y te diré quién eres; es un problema que no deberíamos soslayar, que se idolatre a uno de los símbolos máximos del liberticidio.

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