EDITORIAL
diario El País

Nuestra parte de responsabilidad

Cuando en marzo se decretó la emergencia sanitaria y la gente empezó a aplicar lo de “quédate en casa”, bastaba hacer un simple cálculo para determinar que esa única escapada semanal al supermercado para hacer el abastecimiento, era segura. 

La probabilidad de que alguien portara el virus era bajísima y más en algunos barrios donde no se había detectado ningún caso.

Hoy, cuando la gente vuelve a recluirse, la necesaria escapada semanal al supermercado ya no ofrece la misma certeza. El virus abunda y circula.

En este contexto, es difícil que alguien, desde su área de actividad pueda afirmar a ciencia cierta que donde se mueve no hay peligro de contagio.

Sin embargo, para muchos eso ocurre en la vereda de enfrente, no en la nuestra. Nos indignamos cuando vemos gente sin tapabocas, mientras caminamos con el nuestro por debajo de la nariz. Nos rebelamos cuando nuestra actividad es restringida, pero reclamamos a voz en cuello que otras lo sean. Lo nuestro no contagia, lo demás si.

Si nuestro rubro es restringido, pedimos que se nos subsidie. Muchas actividades, es cierto, recibieron algún tipo de apoyo del Estado para que la actividad no cese y los empleos se mantengan, pese a las dificultades. Pero la caja del Estado no es un barril sin fondo y los recursos son finitos.

Algunos frentistas se enojan porque creen que al gobierno debería importarle más lo social que el déficit fiscal. El razonamiento hace agua por todos lados. En primer lugar, desde el 13 de marzo quedó en evidencia que al gobierno sí le importa lo social y más que a sus antecesores. En segundo lugar, la expresión “déficit fiscal” no es un tecnicismo abstracto; indica que el Estado se quedó sin plata (desde gobiernos anteriores) y su capacidad de pedir prestado no es la misma.

A veces los dirigentes frentistas hablan como si nunca hubieran gobernado. Ante la ley que reglamenta el derecho a reunión, hicieron una contrapropuesta que coincidía con la oficial en cuanto a evitar aglomeraciones pero proponía que el control lo ejerciera el Ministerio de Salud Pública. Tanta ingenuidad, por decirlo amablemente, es impresionante. Un partido que estuvo 15 años en el gobierno, ¿no sabe que no le corresponde a un médico, a un biólogo o a un virólogo disolver una multitud? Lo sabe, pero no quiere usar la Policía como también la tuvo a media marcha para combatir la delincuencia.

El gobierno dispuso que hasta el 10 de enero debía haber un asiento libre por cada uno que esté ocupado. La medida tiene dos objetivos. Por un lado, darle garantías a los que viajan al haber más distancia entre cada uno. Por otro lado, reducir los traslados y desestimular a que mucha gente se esté moviendo a la misma vez. En un noticiero, un empresario dijo que estaban pensando en aumentar las frecuencias, es decir mantener ese movimiento de gente que se pretende reducir.

Sin embargo, para muchos eso ocurre en la vereda de enfrente, no en la nuestra. Nos indignamos cuando vemos gente sin tapabocas, mientras caminamos con el nuestro por debajo de la nariz. Nos rebelamos cuando nuestra actividad es restringida, pero reclamamos a voz en cuello que otras lo sean.

¿Quiere decir que no entendió? Entendió las demás medidas no referidas al transporte y si hubiera sido por él, quizás hubieran sido más estrictas. La única que no entendió fue la que lo afectaba a él. La culpa es de las marchas de protesta donde van amontonados y en el mejor de los casos se ponen los tapabocas solo cuando aparecen las cámaras de los informativos. Eso sí, no tiene culpa aquella en que participamos nosotros. Esa no contagia. Amontonarse en las playas es un disparate, pero no lo es en la playa que solemos ir. La gente que usa mal el tapaboca es ignorante y así lo denunciamos quienes nos lo ponemos bajo la nariz o, como hizo un pasajero que viajó en ómnibus al este, para taparse los ojos y evitar que el sol lo molestara.

La suspensión del Carnaval trajo protestas, pero no tantas como se esperaba quizás porque la decisión la tomó una administración frentista. Aún así, muchos dijeron que aplicando buenos protocolos se podría hacer. Tal vez adentro del Teatro de Verano o en los escenarios carnavaleros, ¿pero quién se hace cargo de las aglomeraciones que se arman a la entrada y salida?

Tenemos claro que a los comercios solo entran pocos, cuidando la distancia y con tapaboca. Pero afuera, mientras esperamos para entrar, nos amontonamos con el tapaboca en el bolsillo. ¿Qué cambia para que sepamos qué hacer en un momento y no lo sepamos en otro?

He ahí el problema: está en nosotros, en nuestras contradicciones y ambigüedades, en ser severos cuando otros incumplen y laxos cuando nos toca a nosotros. Quizás haya llegado el momento, en uso de nuestra libertad, de finalmente asumir en serio nuestra cuota parte de responsabilidad.

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