EDITORIAL

Una novela profética

Cuando se legisla que todas las operaciones de pago pasen por el sistema bancario, llamando a esa coacción “inclusión financiera”, se alimenta un Gran Hermano estatal que asume un control estricto de cada peso que cobran o pagan los ciudadanos.

El 8 de junio se cumplieron setenta años de la publicación de un clásico de la narrativa universal: “1984”, de George Orwell. Esta novela distópica describe con precisión quirúrgica los terrores y miserias de un sistema totalitario.

Su Gran Hermano que todo lo ve, no solo es un espejo fiel de la dictadura soviética que lo inspiró, sino que resulta particularmente profético, si lo extrapolamos a las actuales formas de control que ejercen los estados dirigistas, siempre dispuestos a engordar a costa del recorte de derechos de las personas.

Cuando se legisla para que todas las operaciones de pago pasen por el sistema bancario, llamando a esa coacción “inclusión financiera”, se alimenta un Gran Hermano estatal que asume un control estricto de cada peso que cobran o pagan los individuos, un control que puede ser usado tanto para reclamarles sus obligaciones tributarias como para, llegado el caso, escracharlos públicamente si osan manifestarse contra el gobierno.

Orwell también nos advierte, tempranamente, sobre el uso manipulador de los grandes medios de comunicación masiva: “la telepantalla seguía vertiendo estadísticas increíbles. En comparación con el año pasado había más comida, más ropa, más casas, más muebles, más utensilios de cocina, más combustible, más barcos, más helicópteros, más libros y más recién nacidos... más de todo, excepto enfermedad, delitos y locura”. Y uno lee esta cita y no puede menos que pensar en las 61 cadenas nacionales y campañas públicas del gobierno actual, contabilizadas en nota reciente del semanario Búsqueda.

Uno no puede dejar de pensar en las quejas oficialistas porque un noticiero de un canal de televisión tuvo la osadía de comparar la inversión realizada en el Antel Arena con la cantidad de escuelas y kilómetros de rutas que se podrían haber construido en el país, usando los mismos recursos. Las campañas de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, atribuyéndose obras que pertenecen a las intendencias, muchas de ellas de otro signo político; el uso desmesurado de minutos gratis para el autobombo del Mides, del Sistema de Cuidados, o para una difusión timorata y ambigua de los riesgos que ocasiona el cannabis, que más parecía una promoción encubierta de su consumo.

La ley de servicios audiovisuales y su espíritu persecutorio para con los medios de comunicación independientes, es un buen ejemplo de ello. Ayer nos enteramos que el gobierno acaba de reglamentarla y pondrá en vigencia una serie de multas por incumplimiento de sus disposiciones que, según Andebu, pueden llegar a los 300.000 dólares, llevando potencialmente a la quiebra a muchas empresas del interior.

Parece que cuando las “telepantallas” difunden imágenes emitidas por particulares que ejercen la libertad de expresión, merecen ser castigadas por pecados tales como no incluir un intérprete de señas…

El caso es que estos dispositivos de Orwell no solo emitían propaganda del régimen sino que también servían para espiar a los individuos en su intimidad.

El autor introduce una siniestra Policía del Pensamiento que, más que reprimir delitos, elimina a quienes disienten. Setenta años después de esa alusión a la temible KGB soviética, los nuevos estándares de la corrección política instituyen virtuales policías del pensamiento, que coartan la libertad de expresión bajo la excusa de defender la tolerancia.

En Europa hay museos que descuelgan obras clásicas porque supuestamente menoscaban la imagen de la mujer; directores de escena que modifican el final de la ópera Carmen de Bizet, en pretendido rechazo a la violencia de género…

Uruguay, siempre más mesurado que esos extremos, no pudo evitar agregar algunas cuentas al collar. Como la furia de las autoridades departamentales cuando el inocente dueño de una cafetería escribió una frase humorística en una pizarra, interpretada como racista. O el celo con que se envió a un taller de reprogramación mental a un señor que objetó que dos mujeres bailaran juntas el tango, en una plaza. Una virtual policía del pensamiento obligó también al precandidato frenteamplista Daniel Martínez, hace unos días, a pedir disculpas a sus correligionarios comunistas por haber expresado una crítica más que obvia a la Unión Soviética.

No hay duda que Orwell retrató con crudeza la peor cara de los totalitarismos de derecha e izquierda del siglo XX. Pero es bueno releerlo para detectar las amenazas que se ciernen sobre nuestras cascoteadas democracias de hoy.

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