EDITORIAL

Al nivel del zócalo

Si el nuevo gobierno le toca a la oposición, deberá demostrar que el Estado puede ser un promotor cultural de primera línea, manejando su presupuesto con profesionalidad e inteligencia, para que la cultura no sea el curro de unos pocos, sino un faro de libertad para todos.

En su rendición de cuentas del 1º de marzo, el presidente Váz-quez casi no dejó área de la actividad estatal a la que no se refiriera. Pero hubo una que omitió: nada dijo sobre la cultura.

El tema es preocupante a dos bandas. Primero, porque si profundizamos en el deterioro de la convivencia, resalta que su origen no está tanto en los problemas económicos como en la marginación cultural. En una sociedad libre, es la cultura la encargada de promover un sistema de valores tolerante, que promueva la inclusión, el respeto a la diversidad y la construcción de ciudadanía. Segundo, porque la izquierda ha hecho caudal de sus sólidos cimientos en el ambiente cultural del país, al punto que no fal- tan los intelectuales que suponen que esta materia es patrimonio del Frente Amplio.

Desconocen lo que a través de los años forjaron personalidades de los partidos fundacionales, desde Justino Zavala Muniz hasta Jaime Yavitz, desde José Enrique Rodó hasta Carlos Maggi, desde Juan Pivel Devoto hasta Julián Murguía, Enrique Estrázulas y tantos otros. Y omiten, por otra parte, que identificar el desarrollo cultural con un partido político es justamente empobrecerlo, convirtiéndolo en una espuria herramienta de persuasión electoral, cuando en realidad debe ser el principal antídoto contra el pensamiento único.

En la rendición de cuentas de la misma fecha, pero en 2017, el presidente se había referido al asunto, argumentando que “en materia de cultura, más de 1.700 actores culturales calificados de todo el país, participaron en la construcción de líneas estratégicas e insumos para el diseño de un Plan Nacional de Cultura”. En ese momento nos sorprendió que en la mitad del período, se admitiera que recién estaban consultando sobre qué hacer con este aspecto clave. Desde entonces hasta ahora, poco ha pasado. Si uno quiere saber qué hizo el Frente Amplio con la cultura, en estos años, deberá acudir a la exposición de la ministra Muñoz, en oportunidad del reciente llamado a sala que le realizó la diputada Graciela Bianchi.

Allí se informó de algunos proyectos que vienen de gobiernos anteriores y se defendió la compra del Museo Gurvich: tres millones de dólares que, por lo visto, hubo de dónde sacar, mientras la malograda Fundación Espínola Gómez duerme el sueño de los justos, por falta de fondos.
Son logros parciales, influidos muchas veces por cercanías y amiguismos políticos, como cuando se contrata a determinados músicos populares con honorarios generosos, y da la casualidad de que son los mismos que antes prestaron su imagen a las campañas del Frente Amplio. Parece comprensible que Váz-quez haya obviado la referencia a la cultura en su demostración de fuerza del Antel Arena. Porque hay poco para decir, y lo que hay deja mucho que desear.

Tendría que explicar cómo es posible que varios excoordinadores de Centros MEC sean contestes en que, durante este período, hubo un mandato político de convertirlos en promotores de la gestión del Frente Amplio, y el subsiguiente castigo a quienes osaron rechazar la partidización del proyecto.

Se vería obligado a pasar por alto algunas de las denuncias de la diputada Bianchi en el llamado a sala de referencia, que son realmente sorprendentes. Entre otras, parece oportuno recordar una que se mencionó al pasar y que pone de manifiesto el estilo de gestión frenteamplista y la liviandad con que malgasta los recursos públicos. Resulta que un renombrado promotor del carnaval uruguayo fue contratado, por designación directa, para impartir unos talleres de candombe. Su cachet: 590.000 pesos. Y lo curioso es que se trata del mismo artista que es dueño de la compar- sa lubola donde la ministra Muñoz toca el tamboril. Algo que no extraña demasiado en el fondo, pues parece que para las Administraciones frentistas, la cultura pasa por las murgas, los parodistas y afines.

En el carnaval carioca, es tradición que muchos vocacionales paguen a las escolas de samba para poder participar del desfile. Que ahora debamos aventar la sospecha de que la ministra lo hizo con la plata del contribuyente, marca el nivel de zócalo con que se maneja un área tan trascendente de la gestión gubernamental.

Si el nuevo gobierno le toca a la oposición, deberá demostrar que el Esta- do puede ser un promotor cultural de primera línea, manejando su presupuesto con profesionalidad e inteligencia, para que la cultura no sea el curro de unos pocos, sino un faro de libertad para todos.

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