Editorial

La nafta, el robo y las excusas

En esta sociedad anestesiada, el quejarse o el reclamar mejor gestión por parte de quien maneja la cosa pública, se ha convertido en un pecado mortal.

Con la velocidad que carece para casi todo el resto de las decisiones importantes, el gobierno decretó estos días un nuevo aumento del precio de los combustibles. Nada menos que un 9%. La decisión, que se atribuye al aumento del precio del petróleo y del dólar en el mercado interno, sería lógica si se debiera únicamente a estos motivos. Pero no lo es.

Ancap es un enorme monumento a todos los pecados que ha cometido el Frente Amplio desde que es gobierno. Soberbia, ambición desmedida, miopía ideológica, mala gestión y, hay que decirlo con todas las letras, corrupción.

Buena parte de los costos que tiene esa empresa, y que explican que no pueda absorber la más mínima fluctuación de los precios internacionales de crudo, se debe a malos manejos, y a que tiene que tapar los agujeros dejados por gestiones ruinosas como las de Sendic y también Daniel Martínez.

Inversiones equivocadas y desmedidas, beneficios exagerados a los empleados, y el milagro mundial de haber logrado llevar al borde de la quiebra a una empresa que vende un insumo básico en forma monopólica, a un mercado cautivo de casi cuatro millones de personas. Un caso como para estudiar en Harvard.

Con un agravante. Por estos días crecen reclamos de productores rurales y transportistas por la mala calidad del combustible que distribuye Ancap, y que a los ya exorbitantes costos que implica su precio para la producción nacional, se suma el deterioro que provoca en los bienes que se usan para producir.

Todo esto hace preguntarse cuál es al final del día el negocio de tener empresas públicas monopólicas que provean servicios básicos. Costos de insumos muchísimo más caros que en los países con los que competimos; en vez de dejar ganancias en el país, hay que rescatarlas de la quiebra o subsidiarlas con dinero del contribuyente; mala calidad en el producto que suministran. Si alguien quisiera relanzar un proyecto de privatización de estas empresas, la cara de Sendic debería estar en cada folleto que lo apoye, y el resultado sería bien distinto al de 1992.

Pero a todo esto hay que sumar otro elemento. La actitud soberbia, prepotente y despectiva tanto de los funcionarios del gobierno, como de sus seguidores obsecuentes y operadores rentados en los medios y redes sociales.

Ahora resulta que si usted comete el pecado de quejarse porque paga el combustible más caro del mundo, y uno de los de peor calidad, inmediatamente se convierte en un enemigo de la patria, alguien que quiere ver niños comiendo pasto, que no valora el cambio de "matriz" energética, y toda otra sarta de tonteras que una legión de adoctrinados repite como loritos.

No faltará quien le diga que en Finlandia o en Singapur se paga más por el combustible, como si los salarios en esos países fueran remotamente semejantes a los uruguayos, o si los servicios que el estado financia con el porcentaje pornográfico de impuestos que lleva el combustible, fueran comparables.

El otro argumento propio de cabezas perturbadas por una ideología resentida y fratricida habla de que si se tiene un auto, no se debería quejar tanto por el precio de la nafta. Como si hubiera que pedir perdón por contar con un bien que es básico en cualquier sociedad mínimamente desarrollada, o por disponer del dinero bien habido como a uno le plazca. Por no hablar de la necesidad que un vehículo propio significa en un país donde el transporte público es de pésima calidad o inexistente.

En esta sociedad anestesiada por el chauvinismo y el espíritu apocado que se trata de entronizar como un don, el quejarse o el reclamar mejor gestión por parte de quien maneja la cosa pública, se ha convertido en un pecado mortal.

La realidad es que hoy en día, Uruguay paga en dólares un precio del combustible fácilmente el doble de lo que se paga en países tan distintos como Rusia o Estados Unidos. Que pese a todo lo que ha aumentado el combustible en la supuestamente maléfica presidencia de Macri, sigue siendo mucho más barato que en Uruguay. Y que buena parte de estos precios diferenciales se debe a los costos de producción y refinamiento, sumados a los impuestos.

Otro dato a tener en cuenta. Casi la mitad de esta alza de precios va a quedar en manos del fisco uruguayo, no de Ancap. Para financiar a un gobierno que tras vivir la etapa de mayor expansión económica de la historia, sigue gastando casi 4% más por año que todo lo que produce el país. De nuevo, se trata de un mazazo sobre la producción y el consumo, destinado a financiar ineficiencia y derroche. ¡Vamos bárbaro!

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