Editorial

El mundo sigue andando

En política, a veces, es necesario repetir lo obvio. Como que nuestro país apenas tiene una población de 3,3 millones de habitantes, que la tasa de incremento de esa población es muy baja; que durante décadas nuestra sociedad ha sufrido una fuerte hemorragia de ciudadanos como resultado de una persistente emigración (una pérdida no solamente de personas sino también de espíritu de empresa y cultura); y que nuestro mercado interno jamás será capaz de generar la riqueza que necesitamos para asegurar el desarrollo económico y social que ambicionamos para nuestra sociedad.

Otra cosa obvia es que la base del desarrollo económico para un país con las características del nuestro, es el comercio internacional. Y ello supone tener el coraje de abrirnos al mundo exterior y salir a vender nuestros bienes y nuestros servicios a la mayor cantidad posible de contrapartes comerciales. Una estrategia de esta naturaleza también tendrá la enorme ventaja política de reducir nuestra actual dependencia económica de solamente unos pocos países.

Esas obviedades se pierden en el debate sobre las mejores estrategias para insertarnos en el amplio y ajeno mundo. Aunque, quizás, sea una exageración utilizar el término debate para referirnos a la densa humareda que emiten los sectores hegemónicos de la coalición del gobierno, cuya intención es impedir la discusión seria y mesurada de temas tan importantes.

Lo que tenemos, en cambio, es una exhibición de ideologías perimidas, crudo antiyanquismo y la más crasa ignorancia acerca de cómo funciona el mundo real.

Los paradigmas del comercio internacional evolucionan como resultado de un conjunto de fuerzas dinámicas sobre las cuales el Uruguay no tiene ningún control (para decir otra cosa obvia). Incluyendo el desarrollo de las tecnologías de la información, los sistemas de transporte intermodal, la movilidad extrema de los capitales y la globalización de la producción.

Hoy, dos de los principales competidores que deben enfrentar los exportadores uruguayos que pretenden entrar al enorme mercado chino son dos naciones de la distante Oceanía: Australia y Nueva Zelanda.

El marco político y jurídico del comercio internacional evoluciona al ritmo de aquellos cambios.

Se multiplican los acuerdos bilaterales de libre comercio y grupos de países se embarcan en mega-acuerdos de alcance regional cada vez más amplios. El mejor ejemplo de ese proceso es el Acuerdo Trans-Pacífico de Cooperación Económica (Trans-Pacific Partnership TPP). El elemento clave de este acuerdo no es la cercanía geográfica entre las Partes, sino la circunstancia de que están unidas por el océano Pacífico. El acuerdo abarca tres continentes: Asia (Brunei, Japón, Malasia, Singapur y Vietnam), Oceanía (Australia y Nueva Zelanda) y América (Canadá, Chile, Estados Unidos, México y Perú).

Entre tanto, se está gestando la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (en inglés Transatlantic Trade and Investment Partnership - TTIP) entre los Estados Unidos y la Unión Europea.

A diferencia de los tratados de libre comercio convencionales, esos mega-acuerdos además tienen como finalidad definir un marco jurídico común para el intercambio de bienes y servicios entre los Estados-parte del acuerdo, incluyendo reglas sobre un conjunto de temas directamente asociados con el intercambio comercial (medio ambiente, condiciones laborales, competencia, aspectos financieros y protección del consumidor).

Las consecuencias de los mega-acuerdos son varias.

Entre los países miembros del acuerdo, las consecuencias incluyen liberalización y aumento del comercio recíproco, nuevas oportunidades de mercado, complementación de cadenas productivas y una mejor posición competitiva de las economías, no solamente dentro del espacio económico del mega-acuerdo, sino también hacia afuera. Esta es una consecuencia fundamental para los países que queden fuera de esos convenios. Estas economías, primero, estarán en una posición de desventaja para acceder al nuevo espacio económico construido por el mega-acuerdo; y, segundo, también deberán enfrentar la competencia fortalecida de las empresas de los países pertenecientes a aquel espacio, en los demás mercados.

En ese escenario tan dinámico, el Uruguay decide abandonar las negociaciones por el TISA y predominan quienes aún se aferran al lema de "más y mejor Mercosur".

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