EDITORIAL

Un mundo convulsionado

El mundo se ha visto sacudido en el día de ayer por un nuevo ataque terrorista en la ciudad de Bruselas. La barbarie del atentado, que ha dejado un número de víctimas aún desconocido mientras los trabajos de rescate continúan, nos hace reflexionar una vez más sobre los desafíos de occidente frente a una amenaza difícil de afrontar y que pone a prueba los mismos valores en que se funda la civilización.

No es sencillo, en horas en que el dolor y la indignación nos ganan a todos, tomar medidas sensatas, pero debe procurarse una respuesta firme e inflexible frente al Estado Islámico que reivindicó la autoría de estos hechos salvajes, sin caer en los medios propios del terrorismo.

No van a faltar, como ya estamos viendo, los Donald Trump del mundo pidiendo torturar a los terroristas capturados y sus familias, pero ese es el camino definitivo a la perdición. La determinación política y militar para hacer frente al terrorismo no debe hacer perder de vista que para las democracias liberales los fines no justifican los medios y que caer en medidas violentas y totalitarias termina siendo un boomerang que se vuelve contra nuestro propio rostro.

La ciudad de Bruselas, símbolo de un país pequeño y pacífico de Europa, sede política y burocrática del continente y de organismos internacionales, es por cierto un símbolo. El mensaje que busca infundir temor en el mundo es claro; nadie está a salvo del terrorismo, y debe llamarnos a estar alerta a todos los países y a definir una acción internacional mucho más coordinada e inteligente de la que ha existido hasta el momento. Sin resignar libertades ni derechos, es tiempo de comprender que la respuesta debe ser enérgica y contundente. Sin caer en la xenofobia ni poner a todos los musulmanes en la misma bolsa, es el momento en que una coalición internacional formada por países de todos los continentes, con identificaciones ideológicas de sus gobiernos o religión predominante, tome el toro por las astas para actuar bajo el derecho internacional y el natural y primigenio derecho de defensa.

Los brutales atentados de Bruselas no deben hacernos perder de vista que esta semana también existieron buenas noticias a nivel internacional, como la visita de Obama a Cuba. En el marco de un viaje que ha sido unánimemente (y con razón) calificado como histórico, el Presidente norteamericano se propuso terminar con lo que llamó los últimos vestigios de la guerra fría. Es una decisión valiente y amparada en el fracaso de la política aplicada hasta el momento para intentar hacer caer la dictadura castrista.

Sin dejar de ser diplomático, Obama también supo marcar la cancha. Hizo que Raúl Castro tuviera que enfrentarse a una conferencia de prensa, por ejemplo, dando lugar a que debiera responder por la situación de los presos políticos.

Se reunió con activistas sociales y opositores y exigió, en un discurso en el Gran Teatro de La Habana transmitido por cadena nacional a toda la isla, la democratización de Cuba. Lo hizo al mismo tiempo que definía claramente que el futuro del país lo deberán determinar los cubanos y solo los cubanos, pero expresados en forma democrática.

La dictadura que sufre Cuba hace demasiado tiempo es un anacronismo de otra época, como señaló Barack Obama, cuyas consecuencias las sufren los cubanos de hoy. La falta de las libertades más elementales y el atraso y la pobreza que tienen postrado a un país con enorme potencialidad a pocos kilómetros de Estados Unidos, es una aberración que no admite más que la condena. Es tiempo de mirar hacia el futuro y buscar los caminos para que los cubanos determi-nen su propio destino con libertad. Eso asegurará por el calmo camino del juicio de la historia, la condena a los criminales hermanos Castro que se enriquecieron y vivieron una vida de sátrapas, a costa del sufrimiento de su pueblo. Quienes sin el menor reparo llevaron a más gente presa, diríase que ante las narices de Obama.

Una de cal y una de arena. En Europa el terrorismo vuelve a ensombrecer el horizonte de la civilización mientras en América asoma la luz del fin de su dictadura más antigua. La noticia mala de la semana fue pésima, como todas aquellas en que debe lamentarse la pérdida de vidas inocentes, así como la buena es potencialmente muy buena, si finalmente los cubanos se reencuentran con la libertad que defendió José Martí.

El elemento común, que debe preservarse tanto en la lucha contra el terrorismo cuanto en la apertura cubana, es la libertad, que hace digna la vida del hombre y lo carga con la enorme responsabilidad de ser el gran artífice de su propio destino.

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