Editorial

La motosierra de Astori

El comentario crítico pero en tono un poco en broma fue hecho por un sindicalista a un integrante del gobierno en estos días, a raíz del descontento por las pautas salariales fijadas por el Poder Ejecutivo para los privados: "voté por Tabaré, pero parece que ganó Lacalle".

Es que el problema no pasa solo por el mecanismo fijado por el gobierno del Frente Amplio para desindexar los salarios privados a la inflación. También hubo quejas sindicales y políticas por el recorte importante en las inversiones públicas previstas, sobre todo para los entes autónomos, por la inserción internacional en torno al TISA y demás procesos de apertura fuera de la región, y por supuesto, por el nuevo papel del Fondes.

Siempre se puede razonar que detrás de estas diferencias hay dos modelos más o menos claros en pugna en la izquierda. Por un lado el del Frente Líber Seregni, más socialdemócrata y que no descree de las virtudes del mercado, en el que se alinea incluso una parte más "renovadora" del Partido Socialista, cuya figura preponderante es Álvaro García en la OPP. Por otro lado el del mujiquismo, que suma el "grupo de los ocho" (también conocido en la interna izquierdista como los "ocho de Momo"), que abarca a una izquierda más radical como el Partido Comunista o el sector de Sendic, y que asigna una responsabilidad mayor al papel económico activo del Estado en el desarrollo del país.

Pero si el análisis evita perderse en estas rencillas internas y se fija en el signo general de esta administración Vázquez, lo cierto es que el chiste del sindicalista esconde una confesión: el gobierno conduce una política de mayor prudencia que es la que, en la campaña electoral de 2014, planteaba que había que llevar adelante el equipo económico del Partido Nacional. Incluso ya en la campaña de 2009 el candidato Lacalle Herrera había dicho que debía de entrarse con una motosierra a cortar gastos superfluos del Estado. En aquel 2009, como luego en 2014, el Frente Amplio fue un feroz crítico de estas propuestas tildadas, como siempre, de neoliberales. Incluso su aliado sindical llegó a hacer un paro en 2014 por las dudas, para marcar su preferencia electoral en favor del Frente Amplio.

Lo cierto es que esta segunda administración Vázquez ha dado al equipo de Astori el completo mando sobre la política económica. Ya no estamos en los años Mujica, en donde astoristas y mujiquistas se atrincheraban en el ministerio de economía unos y en la OPP otros, para discrepar más o menos públicamente sobre matices en el rumbo a tomar. Astori llegó por su revancha y, avalado por el presidente Vázquez, ha prendido la motosierra. Con decisión, la emprende contra el frondoso follaje de los gastos y las inversiones del Estado. Con cara de yo no fui, declara que ellas no estaban del todo coordinadas en los recientes tiempos en los que él ejercía la vicepresidencia y Mujica la jefatura del Estado.

No es cierto que las evoluciones negativas económicas, comerciales y financieras internacionales que vivimos hoy no se avizoraran ya en 2014. La realidad es que cualquiera que estuviera bien informado sabía que el viento internacional iba a cambiar. Sin embargo, Astori y su equipo relativizaron siempre estas perspectivas. No guardaron un profundo y prolongado silencio. Por el contrario, fueron activos protagonistas de la campaña electoral plegándose a un ciego optimismo que escondía la verdadera situación del país y las tormentas económicas que previsiblemente le aguardaban.

Alguien podrá decir que todo esto no es más que puro cinismo político y demagogia electoral. Que si efectivamente se reconocía el desequilibrio de las cuentas públicas y se debatía en torno a un ajuste fiscal o un recorte de gastos, el Frente Amplio peligraba el triunfo en 2014 y que por tanto, para ganar, había que disimular las debilidades estructurales del país. Sobre todo, había que esconder el desequilibrio de las cuentas públicas y el desorden ("falta de coordinación" según el eufemismo astorista) de los gastos e inversiones estatales: la contratación de miles de funcionarios públicos, la debacle de Ancap, la falta de criterio del Antel Arena, el clientelismo millonario del Fondes, etc.

Esta interpretación puede ser verdad. Pero hay algo más grave. Se trata del razonamiento de siempre de la izquierda, que es que si lo hace el Frente Amplio está bien, y si lo hacen los partidos tradicionales está mal. Es la misma motosierra. La blanca era neoliberal. La de Astori es progresista y compañera.

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