Editorial

Un monumento inaceptable

Como si fuera un regalo de despedida, pocas horas antes de transferirle la banda presidencial a Tabaré Vázquez, José Mujica firmó una sorpresiva resolución disponiendo la construcción de un monumento con las armas fundidas de militares y tupamaros.

La idea de Mujica sería la de simbolizar con esa obra a ubicarse detrás de la Torre Ejecutiva, la reconciliación entre las dos fuerzas armadas que se habrían enfrentado en Uruguay hace casi medio siglo.

Es notorio el rechazo con que la idea fue recibida en las filas de la izquierda. Desde grupos políticos del Frente Amplio como el Nuevo Espacio, hasta la hermana de la senadora Lucía Topolansky que tildó de "traidor" a Mujica entre otros epítetos muy poco poéticos, la crítica a esa resolución del expresidente ha ido subiendo de tono. Uno de los argumentos más esgrimidos por esos críticos es que un monumento de esa naturaleza pretende consolidar la llamada "teoría los dos demonios" según la cual la historia nacional de los años de plomo tuvo como clave la pugna entre dos grandes protagonistas: militares y tupamaros.

Así planteada, esa teoría es falsa de toda falsedad en la medida en que busca agrandar el papel de los tupamaros puesto que estos iluminados por el resplandor de la revolución cubana se lanzaron antes que nada contra la democracia imperante en la época en tanto los militares permanecían en los cuarteles. Lo hicieron en un país que, a comienzos de los años 60, estaba regido por un gobierno colegiado, una especie de mini-senado que hacía las veces de Poder Ejecutivo que nadie en su sano juicio podría calificar de autoritario y menos aún de dictatorial.

En ese país desguarnecido e incapaz de defenderse de una irrupción guerrillera plagada de robos, asaltos, secuestros, atentados con bombas y asesinatos los tupamaros escribieron la mayor parte de su turbia historia.

Casi diez años después de lanzarse a la lucha armada los insurrectos debieron afrontar a los militares, habilitados por el Parlamento a combatirlos. La organización guerrillera que tan eficaz se había mostrado cuando plantaba cara a simples agentes policiales fue desbaratada en pocos meses por los militares de manera tal que a comienzos de 1973, año del golpe de Estado, el movimiento subversivo estaba prácticamente extinguido con sus dirigentes y activistas en prisión o afuera del país. De ahí que, como alguna vez reconoció el propio Mujica, la peor frustración de los tupamaros fue que cuando se instauró la dictadura en Uruguay ellos no pudieron combatirla porque estaban presos.

Por tanto, equiparar lo ocurrido en aquel período histórico a una guerra formal entre dos grandes bandos, militares y tupamaros, es una síntesis insoportable no solo para los sectores de izquierda que hoy condenan el proyecto de erigir el monumento sino para cualquier persona medianamente informada. De ahí que resultaran siempre molestos e inoportunos los intentos por colocar en un pie de igualdad a las Fuerzas Armadas y a la guerrilla, como si se tratara de dos caballerescos adversarios que alguna vez se midieron en el campo de batalla.

Un ejemplo de ello fue el rechazo que suscitó a todos los niveles hace pocos años, la acción de un alto oficial que le entregó al entonces presidente Mujica una bandera de los tupamaros capturada por la policía en 1969, durante la sangrienta farsa del copamiento de Pando como si se tratara del heroico pendón de un ejército rival abatido en una justa entre dos fuerzas similares.

Desde esa perspectiva, la "teoría de los dos demonios" resulta a todas luces intragable y solo puede explicarse por un toque de megalomanía de quienes llegaron al gobierno décadas después no a punta de pistola sino gracias a los votos depositados en las urnas por los ciudadanos. Lo deplorable es que en vez de exaltar las virtudes de la democracia que les permitió reencauzar sus ambiciones políticas y alcanzar el gobierno que alguna vez quisieron conquistar a mano armada, se dediquen ahora a repintar el pasado con colores brillantes, como si la violencia que antaño ejercieron sobre una sociedad pacífica fuera merecedora de reconocimiento.

Una violencia irracional, descargada sobre personas e instituciones en la cual murieron civiles inocentes, y por la cual los tupamaros jamás se disculparon formalmente ante los uruguayos. Y más grave todavía es que ese silencio ominoso se quiebre solamente en busca de auto-homenajes tan desatinados como este polémico monumento que Mujica le dejó a Vázquez como parte de una herencia que luce cada día más pesada.

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