EDITORIAL

El modelo de Martínez

Si algo había que cambiar en una perspectiva de progreso, era la educación pública: la señora de Martínez, por años, ocupó principales responsabilidades en la conducción de esa educación y es por tanto protagonista singular del fracaso del Frente Amplio.

Cuando la izquierda se ve en apuros electorales apela a una de sus conocidas banderas:proclamarse moralmente superior a sus adversarios y ser por tanto mejor que ellos para gobernar.

Hay formas algo viejas de decirlo. Por ejemplo, la candidata a vicepresidente que cree que el problema en Uruguay es un enfrentamiento entre oligarquía y pueblo, o la ministra de educación que busca fijar todos los males del lado de “los rosaditos”, frente a todo lo bueno del lado de la izquierda.

Todo eso, que parece una caricatura pero que en realidad es el nivel de debate del frenteamplismo, se sazona con los conocidos cucos discursivos tan propios de toda la izquierda: que este es un “Chicago boy”, que aquel otro es “un neoliberal” o que todos ellos, los que no han sido santificados por las banderas frenteamplistas, son “conservadores”.

Como los más despabilados del Frente Amplio se dan cuenta de que con eso no alcanza para sumar mayorías para ganar, dejan por lo general a algunos dirigentes de discurso más moderado que, por ejemplo, darán la idea de que al Uruguay lo “arreglamos entre todos”, o que previo a las elecciones hay que “juntarse” para ir encontrando soluciones a los problemas que “son de todos”.

En ese discurso de ondas de paz y amor, casi siempre se encuentra el candidato a Presidente, porque se ve que sus consejeros le han sugerido que esa es la forma de captar el voto indeciso que no comulga con la visión de que todos los buenos están de un lado y todos los malos del otro.

El problema es que en la recorrida por los comités de base que el Frente Amplio realiza el día de la independencia nacional, el candidato Martínez se tentó y decidió conjugar un poco del verbo simplista que tanto gusta al izquierdista primitivo que milita en el partido de gobierno.

Así las cosas, Martínez creyó oportuno comentar a sus votantes ideológicamente más cercanos, cómo veía al país: “yo ahora veo un modelo conservador que no es mala gente, pero no tiene sensibilidad para entender lo que pasa en el mundo ni al pueblo. Y un modelo frenteamplista, que es progresista y busca tener la sensibilidad de entender a todos y a todas".

El matiz marketinero del candidato importa: el modelo de sus adversarios es equivocado pero no porque ellos sean mala gente, sino porque en realidad no tienen sensibilidad social. No hay por tanto una minusvaloración moral, ya que Martínez es el moderado que debe captar la atención y confianza de un país que no es frenteamplista y que quizá hoy esté pensando en votar a los blancos o a los colorados, sino que lo que hay es una especie de constatación de torpeza, ya que ese modelo conservador no entiende ni al mundo ni al pueblo, como sí lo hace el modelo progresista y, en particular, claro está, el candidato Martínez.

La fractura toma así un cariz un poco distinto. Parece más light. Pero si se la ve de cerca, en verdad sigue siendo fractura: buenos de un lado y malos del otro. Y sobre todo, lo asombroso de Martínez es que se adjudique para sí esa legitimidad progresista cuando, notoriamente, es hijo dilecto del conservadurismo más grande de las clases sociales acomodadas de esta era progresista.

Si algo había que cambiar en una perspectiva de progreso, era la educación pública: la señora de Martínez, por años, ocupó principales responsabilidades en la conducción de esa educación y es por tanto protagonista singular del fracaso del Frente Amplio. Si algo hay que mejorar hoy en día son los ingresos de las clases medias amenazadas por el desempleo: tres lustros, al menos, hace que Martínez y su familia se benefician de los salarios más altos del Estado, con un ingreso en su hogar del nivel de grandes terratenientes, y morando en uno de los barrios más caros de la capital.

¿Acaso no tiene derecho Martínez a ser parte integrante de la elite más alta de los ricos de este país? Por supuesto que sí. Pero como candidato con esas características, también es exigible entonces que no forje su campaña electoral haciendo creer que integra un mundo progresista que comparte con el pueblo sus preocupaciones y penurias. Jamás Martínez formó parte del mundo popular, aunque gracias a las decenas de viajes que realizó a los países centrales en sus varias funciones públicas, quizá sea cierto que conozca un poco, qué es lo que está ocurriendo en el mundo.

El modelo progresista de Martínez es una gran patraña. Es un modelo demagogo, que esconde su automóvil último modelo en su casa de Buceo para salir a andar en bicicleta mientras practica discursos edulcorados.

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