EDITORIAL

Modelo Concertación de largo plazo

El largo plazo no es Lacalle Pou o Talvi, sino la esperanza de un futuro mejor que precisa, a la vez, de ambos: de los dos acordando para transformarla en realidad. Su semilla germina en esta primavera.

Es muy posible que los resultados electorales del pasado 30 de junio hayan abierto un tiempo político nuevo en el país, que terminará de confirmarse con los comicios de octubre y noviembre. En esta hipótesis de nuevo escenario político se verificarían dos grandes procesos en paralelo.

Por un lado, estaría el declive electoral del Frente Amplio (FA). Esto significa, en concreto, un apoyo para el FA en elecciones parlamentarias parecido al de 1994 o al de 1999. Es decir, una votación entre el 30% y el 40% del total; o en todo caso, un apoyo muy diferente al que se verificó a partir de 2004 y que redundó siempre en mayorías absolutas propias en ambas Cámaras. Además, está el mayor protagonismo de la izquierda radical en la renovación generacional del FA. Se trata de liderazgos como el de Andrade, Bergara o los de los socialistas treintañeros mayoritarios, por poner solo algunos ejemplos, que están muy lejos de seducir al sentido común democrático y republicano del uruguayo medio.

Por otro lado, se verificaría un apoyo electoral a blancos, colorados y otros partidos desafiantes que, sumados aritméticamente, estarían entre los 63 y los 55 Diputados que blancos y colorados obtuvieran en 1994 y en 1999 respectivamente. Por supuesto, estos grandes rasgos pueden ser aproximados, y puede ocurrir que en octubre próximo alcancen solo 50 diputados: lo importante no es tanto colegir hoy la cifra precisa, sino el movimiento político de fondo que ella refleja.

Si es ésta una hipótesis plausible, importa tener claro que ya existe un modelo de convergencia política que ilustra un escenario de gobernabilidad muy parecido. En efecto, se trata del espejo chileno de la “concertación de partidos por la democracia” que gobernó ese país entre 1990 y 2010, con sus dos principales protagonistas que fueron la Democracia Cristiana y el Partido Socialista.

Evidentemente, las circunstancias políticas son distintas para esos 20 años chilenos y para los que se abren aquí a partir de 2020. Sin embargo, el enorme mérito de la concertación chilena fue asociar partidos distintos en el gobierno, de forma de asegurar mayorías que pudieran ejercer el poder aportando estabilidad parlamentaria, y que además fueran capaces de conducir reformas relevantes para el país. Porque fueron sobre todo esas reformas las que abrieron el tiempo de desarrollo, crecimiento y modernidad que hicieron de Chile el país pujante que es hoy.

Más allá de los naturales matices que se verán en esta campaña entre blancos y colorados, el ejemplo de la concertación debe estar presente por dos motivos. Primero, porque más allá de ingenierías electorales distintas, el resultado en ambos países es que se precisa del acuerdo de dos grandes partidos políticos para llevar adelante una agenda de largo plazo que asegure caminos de transformaciones que no se pueden postergar más, sobre todo en lo que refiere a inserción internacional, seguridad, educación y política económica.

Segundo, porque ese largo plazo de tres o cuatro gobiernos de mayorías estables se hace absolutamente necesario por el bien del país, cuando el adversario político todavía tiene pendiente procesar renovaciones y cambios sustantivos. En el caso chileno, se trató de compromisos democráticos ineludibles luego de su larga dictadura. Ellos se verificaron cabalmente recién en 2010, con la primera presidencia de Piñera. En nuestro caso, se trata de una adhesión frenteamplista sincera y cabal a criterios democráticos elementales, de esos que no permiten albergar ninguna duda sobre lo que ocurre en Venezuela, por ejemplo; y del surgimiento de nuevas generaciones de dirigentes que dejen de alinearse, con carita feliz a lo Miranda, con cuanto populismo corrupto ande en la vuelta.

La encrucijada que abrió el pueblo con su voto el pasado 30 de junio es histórica. Más allá de las circunstanciales preferencias ciudadanas por Talvi o por Lacalle Pou, si se mira qué es lo mejor para el país en el largo plazo, se hace necesario pensar en el modelo de concertación chileno. Porque es un modelo que exige privilegiar la convergencia y los acuerdos, que aquí se traducen por el gran protagonismo de blancos y colorados, al cual se puedan unir, claro está, otros partidos electoralmente menores. Todo con el objetivo de abrir un tiempo nuevo para la República.

El largo plazo no es Lacalle Pou o Talvi, sino la esperanza de un futuro mejor que precisa, a la vez, de ambos: de los dos acordando para transformarla en realidad. Su semilla germina en esta primavera.

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