EDITORIAL
diario El País

El mito de la izquierda intelectual

En este mes en el que se está conmemorando medio siglo de la fundación del Frente Amplio (FA), vale la pena analizar uno de los mitos más poderosos que persisten acerca de la izquierda, que dice que los mejores pensadores en humanidades, los más profundos y los que más aportaron a entender nuestras sociedades modernas, son aquellos que se definen de izquierda.

Hay un gran libro que, con brío y sentido del humor bien inglés, desmonta semejante mito que tan extendido está en las ciencias sociales mayoritarias de nuestro país. Se trata de “Locos, impostores y agitadores. Pensadores de la nueva izquierda” de Roger Scruton, que fuera publicado originalmente en 2015 por este destacado filósofo e intelectual inglés.

Allí se pasa revista analítica detallada y fundamentada a las ideas y posiciones de varios intelectuales importantes que forman parte de esa cultura que tan valiosamente es considerada, como por ejemplo las del historiador estalinista Hobsbawm, autor muy recomendado en nuestras universidades; y las de los referentes franceses de posguerra, como Sartre, Foucault, Althusser, Lacan y Deleuze, que inspiran muchos de los discursos de la deconstrucción y la posmodernidad que pululan en el mundo académico actual y en los textos y análisis que se reivindican izquierdistas.

La desmitificación que lleva adelante Scruton es formidable.

Para el caso de Sartre, por ejemplo, no solamente deja en claro la enorme influencia que en su filosofía tiene el pensamiento del alemán Heidegger -que difícilmente pueda identificarse como un pensador de izquierda-, sino que además expone claramente lo que solo pueden calificarse como textos que son abstrusas sandeces. Ellos, sin embargo, han pretendido posar como grandes reflexiones de este famoso e importante referente francés del pensamiento de la izquierda en Occidente.

Scruton escribe que el culto sartreano a Marx toma la forma de una verborrea de invocaciones ininteligibles. Y cita, por ejemplo, lo siguiente de Sartre: “por medio de la reciprocidad misma de la coerción y autonomía, la ley termina escapando a todos y, en los movimientos giratorios de totalización, parece como Razón dialéctica -esto es, como externa a todo porque es interna a cada uno- y como una totalización en desarrollo, aunque sin un totalizador de todas las totalizaciones totalizadas y de todas las totalizaciones destotalizadas”.

Se trata de un magnífico ejemplo de aquella vieja “boutade” que corría en el París de los años 60, y que decía que, para parecer más inteligente, un texto que se preciara de intelectual debía de contener algunas frases que, francamente, no quisieran decir nada o no tuvieran en verdad ningún sentido. El problema, claro está, es que la izquierda sigue creyendo, hoy, que Sartre es referente de un pensamiento que se define a sí mismo como más profundo y mejor que el de otros exponentes filosóficos que son tildados de conservadores, centristas, derechistas o lo que fuere.

El caso de Hobsbawm también es muy elocuente. Scruton analiza la forma en la que ese historiador presenta la revolución rusa, y señala: “que Lenin haya fundado la Checa (precursora de la KGB) y le haya conferido poder para usar todos los métodos terroristas (…) son cuestiones que, por supuesto, Hobsbawm omite. Y tampoco menciona la hambruna de 1921 maquinada por Lenin”.

Parte del sustento mitológico de la superioridad de la izquierda, esa que se unificó hace medio siglo en el FA, está en creer que las respuestas de los pensadores izquierdistas son más sofisticadas y mejores que las de otros.

Scruton concluye sobre el sesgo de la historia que escribe Hobsbawm: “los crímenes de la izquierda no son verdaderos crímenes y, en cualquier caso, quienes los excusan u omiten en silencio siempre tienen el más noble de los motivos para hacerlo”.

Scruton no dice nada que no se sepa ya en torno a las mitologías y el autobombo izquierdista, ese que pretende hacer creer que lo que escribió Sartre fue genial, que no hay historiador más objetivo y erudito que Hobsbawm, o que no hay pensadores más finos que Deleuze o Foucault para entender las derivas de la modernidad. Lo que sí hace el filósofo inglés, y eso es lo muy destacable de su libro, es derribar con clase y fundamento toda esa verborragia que quiere hacer creer que la izquierda intelectual ha aportado mejores herramientas que otras corrientes del pensamiento para analizar la realidad social.

Parte del sustento mitológico de la superioridad de la izquierda, esa que se unificó hace medio siglo en el FA, está en creer que las respuestas de los pensadores izquierdistas son más sofisticadas y mejores que las de otros.

Es una pena que libros como los de Scruton no tengan mayor divulgación en los comités de base.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados