EDITORIAL
diario El País

Mirar el espejo chileno

Chile logró en los últimos treinta años un desarrollo económico y social excepcional. Sin embargo, desde fines de 2019 se enfrenta a una crisis grave. Ella debe ser bien comprendida porque nos ilustra sobre distintos riesgos y desafíos que se extienden en nuestra región.

El mejor analista político del país trasandino, y sin duda uno de los mejores del cono sur, es el columnista del diario El Mercurio, Carlos Peña. En su libro editado hace casi un año ya, “Pensar el malestar”, señala algunos factores que en su opinión inciden en la crisis chilena: “las tensiones entre un mundo cada vez más racionalizado y el anhelo de editar la vida propia; las luchas culturales entre las generaciones; el bienestar que incrementa la vivencia de la desigualdad; y la disolución de los vínculos que produce el dinamismo del mercado y los procesos de individuación”.

Chile no está sufriendo una crisis por causa del neoliberalismo, o porque la derecha gobernante se desinterese de las demandas populares. Seguramente pueda sí achacarse al gobierno de Piñera, que no ha contado con mayorías parlamentarias de su signo político, dificultades, torpezas y demoras en la aplicación del programa para el cual fue electo a fines de 2017. Pero las razones de fondo de la crisis, como bien señala Peña, son más profundas que una simple coyuntura política.

En efecto, la circunstancia trasandina nos recuerda que todos los países que mejoran drástica y rápidamente los ingresos de su población, los índices de pobreza y los de desigualdad, y que generan procesos de ascensos sociales masivos, se enfrentan más temprano que tarde a demandas populares que buscan profundizar la democratización de la sociedad y su bienestar económico. De alguna forma, Chile está siendo víctima de su propio éxito y de sus dificultades, particularmente en el último lustro, para avanzar más rápidamente en el camino de la modernidad.

La manifestación de ese malestar ocurrió con enorme violencia. Entre fines de 2019 y mediados de 2020, prácticamente no quedó infraestructura pública de la capital del país que no sufriera agresiones tremendas y, por momentos, organizadas con evidentes fines subversivos. Frente a ese escenario, hubo una parte importante de la oposición de izquierda que lejos de apuntalar el orden establecido y la legitimidad de origen de las autoridades electas en 2017, se alineó con los excesos y los reclamos populares. La tentación demagógica ganó, y sólo encontró ciertos límites a partir del planteo de una salida institucional que implicó un proceso radical de renovación constitucional.

Con las demoras que impuso la pandemia, el pueblo chileno terminó votando a fines de octubre pasado por un cambio relevante. Empero, cualquiera que sepa de las dificultades reales que atraviesa la economía trasandina y de las expectativas frustradas de sus clases medias en ascenso, debe admitir que el cambio constitucional, que demorará al menos dos años en implementarse, no constituirá una solución de fondo para la difícil coyuntura chilena.

La enseñanza de la crisis chilena pasa por entender que los cambios precisan de eficiencia en las políticas públicas, y de ejecución de reformas estructurales sustanciales.

Todo esto que vive Chile nos es de preciosa enseñanza comparativa. Primero, porque es claro que nuestro ordenamiento institucional reposa sobre la Constitución de 1997 legitimada por el voto popular. Ella ha demostrado ser una herramienta poderosa de facilitación de la gobernabilidad y de buen funcionamiento de nuestra firme democracia.

Segundo, porque resulta fundamental el papel de buenos representantes de la ciudadanía que cumplen en Uruguay los partidos políticos. En este sentido importa mucho que el Frente Amplio opositor no se deje tentar por el camino demagógico del reclamo y de la inflación de demandas que resulten imposibles de satisfacer. Esa demagogia, como enseña la experiencia chilena, perjudica la marcha del país.

Tercero, porque también nosotros hemos vivido una mejora sustantiva de ingresos con el auge del precio de nuestras exportaciones, en particular entre 2004 y 2014. Esas mejoras se acompañaron de cambios sociales importantes, ligados a una mayor capacidad de consumo y a una esperanza real de ascenso social sostenido. La enseñanza de la crisis chilena pasa entonces por entender que esos cambios precisan de eficiencia en las políticas públicas -es el caso, por ejemplo, en materia de seguridad, que viene mejorando mucho con el actual gobierno-, y de ejecución de reformas estructurales sustanciales -es el caso, por ejemplo, de la seguridad social, que este gobierno está iniciando-. El espejo chileno nos deja enseñanzas muy valiosas. Hay que prestarle atención.

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