EDITORIAL
diario El País

Miopía y doble discurso

Perú va por su tercer presidente en una semana.

Una crisis política que se viene arrastrando de hace años, pero que en los últimos días tuvo un espiral frenético con la destitución de Martín Vizcarra por parte del Parlamento, la asunción de Manuel Merino, y su caída en medio de una represión que dejó al menos dos muertos. Ahora toca el turno a Francisco Sagasti, un político que viene de la ciencia, y hombre de consensos, que buscará pacificar el país y encaminar una transición pacífica.

Los problemas de Perú no son de ahora. Y para buscar el origen de esta crisis endémica podemos ir tan atrás como queramos. Ya en su obra superior, Conversación en la Catedral de 1969, Vargas Llosa se preguntaba “cuándo se jodió el Perú”. Pero para entender la magnitud de la crisis actual, todos los presidentes del país de los últimos 30 años, se encuentran presos, o con causas judiciales. Sin mencionar a Alan García, que se suicidó para no enfrentar la cárcel.

El gran problema que enfrenta el país del Pacífico parece ser una clase política extremadamente corrupta, y un sistema de partidos políticos desvirtuado y disfuncional. Pero el análisis de la política interna del Perú se lo dejamos a los buenos amigos de El Comercio de Lima. Acá lo que queremos comentar es la hipocresía, miopía, y doble discurso descarado, que los hechos en aquel país están destapando en la mirada de la política exterior del principal partido opositor uruguayo, el Frente Amplio.

La caída del muy popular presidente Vizcarra en Perú, a raíz de una condena del Parlamento, tiene muchísimos puntos de contacto con dos episodios de la historia reciente de América del Sur: el “impeachment” a Dilma Rousseff en 2016, y la salida de Evo Morales de Bolivia el año pasado. En el primer caso, la única diferencia fue la popularidad de Vizcarra que contrastaba con el enojo popular contra Dilma, bajo cuyo gobierno Brasil cayó en la peor crisis económica de su historia. Todo lo demás fue igual. En el de Evo, un descarado intento de fraude en las elecciones derivó en masivas protestas que la Policía se negó a reprimir, forzando la renuncia de Evo y a que el Parlamento designara a una sucesora.

Vale decir que esa sucesora cumplió en llamar a elecciones, tan limpias que el ganador fue un dirigente del propio partido de Morales.

Pues bien, el tema es que tanto en el caso de Brasil, como el de Bolivia, el Frente Amplio en forma institucional, y sus dirigentes más notorios en particular, armaron un escándalo de proporciones inusuales. No dudaron en calificar los hechos ocurridos en esos países tan complejos como “golpes parlamentarios”, sumaron incluso al Uruguay entero en sus reclamos desubicados en foros internacionales, y en general emitieron opiniones absolutamente inaceptables sobre política interna de países vecinos y hermanos.

Pero resulta que en el caso de Perú, nada. Pero nada, ¡eh! Recién el lunes, el Partido Comunista uruguayo, ese faro de espíritu democrático y republicano que nos regala lecciones de moral día por medio, emitió un comunicado bochornoso, condenando la represión, pero no diciendo una palabra sobre el trasfondo político del asunto.

La reacción de los dirigentes del Frente Amplio frente a la crisis política en Perú, muy similar a la ocurrida en Bolivia o Brasil, deja en claro que su inquietud no tiene que ver con la democracia, sino con defender a sus “amigos” políticos.

Usted dirá: ¿cómo puede ser? ¿Por qué lo de Dilma era un “golpe parlamentario” y lo de Vizcarra no? Y la respuesta es muy simple. Vizcarra no era un socio ideológico del Frente Amplio, no tenía vínculos con el Foro de San Pablo, no era parte del “eje del bien” progresista.

Lo que queda en claro es que a esta dirigencia frentista, la democracia, la honra administrativa, la buena gestión, le importan poco y nada. En su esquema maniqueo, el mundo se divide entre los buenos y los malos, y cualquier cosa que pueda afectar a sus “amigos”, será una afrenta inaceptable a la democracia, pero cuando lo mismo le ocurre a alguien que no es de “su palo”... bueno, miramos para otro lado.

El caso más emblemático sin duda es el de Brasil. Donde han defendido de manera indigna, incluso opinando de manera ignorante sobre aspectos internos de ese país, a un tipo como Lula da Silva, defenestrado por sus propios ciudadanos, y de quien nada menos que Barack Obama ha dicho que “tiene los escrúpulos de un capo mafioso”.

Por supuesto que el mundo es mucho más complejo que eso. Que cada país tiene sus dinámicas y problemas internos, y que por eso, no conviene opinar ni embanderar al país en temas que ni siquiera se conocen bien. Pero lo que está claro es que los principios democráticos de algunos dependen demasiado de amiguismos ideológicos inconducentes. Hay que tenerlo bien claro.

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