EDITORIAL

Los militares en Venezuela

La “toma de Venezuela” fue impresionante. La espontánea movilización generada en las principales ciudades de ese país adquirió proporciones de verdaderos “ríos de gente” moviéndose por calles y plazas.

Las imágenes de la televisión y las fotos de los diarios muestran multitudes que marchan en reclamo de sus derechos a la vida: no solo falta libertad, faltan alimentos y faltan medicinas para vivir o apenas sobrevivir. El régimen de Maduro quedó definitivamente jaqueado. ¿Qué puede pasar en los próximos días?

Cuando se le preguntó al expresidente Mujica sobre la situación en Venezuela durante la reciente Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) realizada días atrás en la ciudad de México, su primera respuesta fue escaparse por la tangente. Dijo algo así como que los países que abandonan la agricultura están condenando a sus pueblos a pasar hambre. Pero ante la insistencia de una opinión sobre la situación política que se vive, salió del paso con un “Prefiero no responder. Yo no quiero contribuir de ninguna manera a que en Venezuela se instale una dictadura militar; y no me importa si es de izquierda o de derecha. No me gustan las dictaduras militares”.

Mujica puede tener muchos pecados, pero en esa lista no figura de ningún modo la falta de información sobre lo que ocurre en Venezuela. Sus relaciones con Chávez, luego con Maduro, sus viajes a Caracas, los acuerdos que firmó, la afinidad con los gobiernos populistas y su condición de referente para ellos lo han convertido en un depositario de cuanto ocurre en aquel país, que mira con especial simpatía. Tiene suficientes contactos para saber qué pasa y qué puede pasar, aunque la verdad es que se quedó corto. Los militares ya llegaron.

Hace tiempo que la República de Venezuela es cada vez menos República y solo existe una parodia de democracia, donde el Consejo Nacional Electoral (CNE), máximo órgano en la materia, es juez, jurado y parte en todas las convocatorias a las urnas; donde el Poder Judicial es cualquier cosa menos independiente; donde no existe la libertad de expresión y de prensa; donde se violan los derechos humanos, se apalean y matan estudiantes en manifestaciones y se apresan sin más a dirigentes opositores. Se estima que hay casi un centenar de presos políticos en Venezuela. Y Maduro ya lo dijo claro: “Quien tenga oídos que entienda, el que tenga ojos que vea clara la historia, la revolución no va a ser entregada jamás (…), gobernaré con el pueblo y en unión cívico-militar”.

El tema de los militares en el poder es una constante que se viene acentuando desde que asumió Nicolás Maduro. Cada vez hay más altos oficiales de las Fuerzas Armadas en los pomposos ministerios del Poder Popular, por más que siguen en actividad y mantienen el mando sobre la tropa. La tercera parte de los 30 ministros del gobierno tienen esa característica. Y están ubicados en los ministerios clave: los que están directamente vinculados con el manejo del Estado y los que movilizan mayores recursos. Pocos meses atrás, cuando la oposición se movilizaba por el referendo revocatorio y juntaba firmas a montones, Maduro militarizó la economía de Venezuela: designó al ministro de Defensa, general en jefe Vladimir Padrino López, para supervisar “directamente junto conmigo” la economía del país y poner “orden y disciplina” en la llamada “Gran Misión de Abastecimiento Seguro y Soberano”.

Ante la amenaza de un paro general de 12 horas que siguió a la “toma de Venezuela”, Maduro no tuvo mayor inconveniente en responder que los militares se harían cargo de todos los comercios, farmacias, almacenes, panaderías y bancos que mantuvieran sus puertas cerradas. A esta altura, los militares son el único argumento que tiene Maduro para permanecer en el cargo, y a los militares les conviene que Maduro siga en el cargo porque capitalizan los beneficios del poder y no corren el riesgo de que se les pueda acusar de ruptura institucional.

Las dictaduras militares fueron la tónica de la región en los años 70 del siglo pasado, pero muchas de sus consecuencias llegan hasta hoy. Quedaron marcadas, recibieron y reciben el rechazo prácticamente unánime de todo el mundo y de todos los órdenes sociales. Venezuela no las padeció y se ve que sus militares no tienen intención de correr con esa experiencia. Tienen el mando, hacen lo que quieren, pero no asumen ninguna responsabilidad.

El círculo se va cerrando en torno al pueblo venezolano al tiempo que crece la solidaridad internacional. Hasta Uruguay se ha sumado a la lista de países preocupados por su situación. La salida inmediata a este entuerto sigue siendo la misma de hace meses: activar la cláusula democrática. Quien no lo entienda así, será responsable de sus consecuencias.

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