Editorial

Mentiras bien nuestras

Una mentira tan gigante como la de la garra charrúa: la de que las empresas públicas son nuestras, de todos los uruguayos. La sociedad uruguaya es la que está al servicio de las empresas públicas.

La vorágine del fútbol y el Mundial de Rusia sirven para reflexionar sobre nosotros mismos, nuestra identidad y las mentiras más evidentes que sin embargo nos creemos como verdades.

Yendo al fútbol, la primera gran mentira es el mito de la garra charrúa. Se trata de esa idea infantil según la cual los uruguayos, por ser tales, tendríamos una especie de predisposición histórica, o quizá también genética, a enfrentar las adversidades futbolísticas con corazón y entrega y, desde allí, obtener los triunfos más memorables. Esa garra charrúa que implica un amor desmesurado por la camiseta, sería algo que los rivales no tendrían como los uruguayos. Y ese diferencial sería el que nos habría permitido ser los más grandes triunfadores en fútbol si nos atenemos, además, a nuestra escasa población comparada con la de otros grandes países.

Si hubo algo muy bueno que dejó el ciclo sobre fútbol El Origen, conducido por Facundo Ponce de León, fue probar que la garra charrúa entendida de esa manera es una gran mentira. En realidad, el fútbol uruguayo triunfó siempre porque jugó mejor que su rival. Por supuesto, hay una vieja y muy popular cultura futbolística uruguaya, y por supuesto hay tesón y entrega. Pero sobre todo, fue la calidad técnica la que permitió ser los mejores tantas veces en tantos escenarios mundiales. Por cierto, tiene una lógica bastante elemental: nadie gana al básquetbol dando codazos, por ejemplo. Es decir: para ganar un juego, se precisa capacidad y calidad para jugarlo.

Hay otra mentira tan gigante como la de la garra charrúa: la de que las empresas públicas son nuestras, de todos los uruguayos, porque están a nuestro servicio ya que de allí toma el Estado riqueza para poder luego redistribuirla en políticas sociales entre quienes más las necesitan. Como es una mentira muy asentada, cualquier planteo que implique privatizar o desmonopolizar esas empresas es visto como algo muy negativo y genera automático rechazo en una amplia mayoría.

La verdad es completamente la contraria: la sociedad uruguaya es la que está al servicio de las empresas públicas. En efecto, todos los uruguayos financian salarios en esas empresas que son mucho más altos que los del promedio que se perciben en el país; muchas veces pagan tarifas mucho más caras de lo que deberían para sostener ineficiencias inauditas; sufren malas gestiones que ponen en duda incluso la calidad del servicio que brindan esas empresas; cuando no, directamente, financian buenos salarios de centenares de funcionarios cuyas tareas brillan por su ausencia: el caso más evidente es el de AFE, que conduce esporádicos movimientos de trenes pero cuenta con una abultada planilla funcionarial.

Una tercera mentira muy grande es que somos un país educado y seguro. Los uruguayos seguimos creyendo que comparativamente tenemos una población mejor educada que otras: es una idea que nos viene de un pasado en el que, efectivamente, la región del Río de la Plata se destacaba en el mundo iberoamericano por su alto nivel educativo. Y a pesar de un cotidiano cada vez más difícil, los uruguayos seguimos creyendo que somos un país más seguro que los de la región y que por tanto hay que relativizar nuestra mala situación actual.

La verdad es que ya no somos un país educado que se destaque como tal en el concierto de las naciones, ni siquiera entre las iberoamericanas. Las mejores universidades de la región no están en Uruguay; los mejores resultados de aprobación de secundaria de Sudamérica no son de aquí; los países que antes estaban rezagados hoy ya nos están sacando ventaja. En materia de inseguridad, Montevideo ya no es la capital más segura de la región si se comparan las cifras de asesinatos, rapiñas y hurtos. Y de forma general, Uruguay está muy, pero muy lejos de los niveles de seguridad con los que viven españoles y portugueses en Europa, por ejemplo.

Las peores mentiras son las que se asientan en una especie de saber común ciudadano y que no son jamás puestas en tela de juicio, a pesar de que un día sí y otro también la realidad nos muestre que ese saber común no refleja para nada lo que en verdad ocurre cotidianamente en el país.

Pero el problema mayor de creernos todos estos cuentos es que esa credulidad nos impide enfrentar la realidad, ya que no logramos siquiera verla de frente y asumirla como tal. Por tanto, no nos deja poder empezar a tomar los verdaderos caminos que nos permitan cambiar esas circunstancias tan nefastas para el país.

Hay mucho por hacer. Empecemos por no mentirnos a nosotros mismos.

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