EDITORIAL
diario El País

Medio siglo de Frente Amplio

Se cumplió ayer medio siglo del acto fundacional del Frente Amplio (FA). Es, sin duda, un aniversario especial para la democracia: el FA ha sido en estos 50 años actor fundamental de la vida del país.

En su primera etapa, el FA estuvo muy marcado por los duros tiempos de violencia política que sufrió Uruguay. Los movimientos guerrilleros tenían en jaque a la República, y en ese año de 1971 en particular, la fuga de más de un centenar de tupamaros de la cárcel de Punta Carretas fue un momento de inflexión en la represión legítima del Estado: a partir de allí, inevitablemente, los militares pasaron a ocupar un protagonismo mucho mayor.

Los resultados electorales del mes de noviembre mostraron que no hubo una fuerza arrolladora izquierdista que concitara apoyos populares, ni mucho menos: con el 18% de apoyo total, el FA mostraba en realidad que la unidad bajo el lema del Partido Demócrata Cristiano no había generado una dinámica de fuerte acumulación. El período 1972- 1973, previo a la disolución de las Cámaras del 27 de junio, tuvo al FA como activo protagonista, aunque no por ello se verificó la expresión de un convencimiento democrático cabal y profundo: la izquierda en general denostaba lo que despreciativamente llamaba “la democracia burguesa”. El ejemplo del golpe de Estado de febrero de 1973 es en este sentido ilustrativo: todas las principales figuras y partidos del FA apoyaron los comunicados militares 4 y 7.

Bajo la dictadura el FA asentó una mística y una identidad que no tenía al momento de su fundación. Con el llamado a votar en blanco en 1982, pero también con la adhesión a la salida del pacto del Club Naval en agosto de 1984, el liderazgo de Seregni se afirmó. Ganó espacio y legitimidad la unidad de la izquierda en torno a las banderas frenteamplistas y, a pesar de las dificultades, la fotografía de su apoyo electoral de 1971 casi que se repitió en noviembre de 1984.

La campaña del voto verde de abril, a pesar de haber adherido a la idea subyacente o sobrevolante de la impunidad militar en agosto de 1984; la ruptura interna de mayo, con el alejamiento de Batalla y varios partidos para formar el Nuevo Espacio; el surgimiento de la figura de Tabaré Vázquez, que gana la Intendencia de Montevideo; y la votación nacional de 21% en noviembre con un fuerte protagonismo del Partido Comunista, hizo de 1989 un año clave para el FA. El impulso prosiguió para 1994, con la inclusión de nuevos desgajamientos de los partidos tradicionales encauzados en el Encuentro Progresista, y con un resultado que situó a la izquierda a 35.000 votos de la victoria.

En la elección de 1999 el FA queda como primer partido en el Parlamento. En la crisis terrible que habría de desatarse en los años de la administración Jorge Batlle, la izquierda tuvo la virtud de jugar sus cartas dentro del marco institucional democrático, a la vez que no se privó de apoyar movilizaciones y propuestas que iban en un sentido opuesto al interés nacional: quizá la más importante de ellas haya sido promover el default de la deuda externa, alineándose así con el FMI.

Hace honor al sentido democrático del país que el FA se haya retirado del poder en 2020 sin generar distorsiones institucionales y aceptando los resultados de las urnas.

Cuando luego del triunfo electoral amplio e inapelable le tocó el turno de gobernar, el FA no se inspiró en las consignas que lo habían formado en 1971. Defendió la inversión internacional, al punto de ceder grandes ventajas a grupos empresariales extranjeros; utilizó el Estado como herramienta de clientelismo político, al punto de dejar muchos más empleados en 2020 que los que heredó en 2005; y se benefició de un ciclo económico mundial que permitió mejorar los índices de pobreza y los salarios reales, pero no condujo cambios sustanciales, como por ejemplo en la educación pública, que aseguraran un futuro mejor a las nuevas generaciones. Por primera vez, un vicepresidente tuvo que renunciar por gravísimas denuncias de corrupción. Y al final del ciclo económico, los malos resultados de inflación, déficit fiscal, endeudamiento público y crecimiento significaron una pesada herencia para el nuevo gobierno.

Hace honor al sentido democrático del país que el FA se haya retirado del poder en 2020 sin generar distorsiones institucionales y aceptando los resultados de las urnas. Con un apoyo electoral en 2019 muy parecido al de 1999, la izquierda es hoy el principal partido de oposición y es la gran carta de alternancia posible con la que cuenta el sistema político.

Medio siglo de vida es mucho tiempo. Ojalá el FA, que tantos desafíos políticos tiene por delante, se empeñe en contribuir a fortalecer la democracia del país.

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