EDITORIAL
diario El País

Cuando matar es fácil

Lo de Salto ha dado mucho que hablar. Que un grupo de militantes salga a poner carteles a favor de su candidato y eso termine en una trifulca con varios heridos y uno de ellos apuñalado de gravedad, no es un hecho que ocurre todos los días. Ni debería ocurrir.

Los agresores fueron detenidos enseguida y llevados a la Justicia. Al cierre de esta edición la persona apuñalada seguía en CTI en estado delicado. Las heridas que recibió fueron muy serias y el desenlace pudo haber sido fatal.

El hecho generó una inmediata condena por parte del Frente Amplio. Su presidente, Javier Miranda afirmó que se trataba de “un hecho gravísimo” capaz de generar una “situación de violencia que hay que condenar enfáticamente” e hizo un llamado a la paz, a una campaña sin agresiones. En las redes, la reacción fue de iracundia, planteada en términos de “ellos contra nosotros”.

La Policía de Salto, por otra parte, entendió que “fue una cuestión casual. El agresor no tuvo motivación política, fue una reyerta casual que surgió en el momento”. La fiscalía hizo similar lectura.

Los dirigentes frentistas sostienen que hubo motivación política. Hay información que asegura que el agresor tenía simpatías frentistas, aunque también manifestaba una notoria hostilidad personal hacia el actual intendente salteño.

En definitiva, si bien es obvio que hubo cuestiones políticas en el ataque, no se trata de una agresión de militantes organizados de un sector político contra militantes de otro. No hubo acá, ni debería haber nunca, un clima de violencia pergeñada con deliberada mala intención de partidos contra partidos. En ese sentido, la reacción de la dirigencia frentista fue airada, sí, pero su artillería fue mal dirigida y eso potenció las ya consabidas “manijas” en las redes.

El hecho es de una gravedad extrema y si bien es novedoso que tal ensañamiento se exprese en el terreno electoral, no es novedoso que un incidente se resuelva por la vía criminal, poniendo a la víctima al borde de la muerte.

En Uruguay hace ya rato que es fácil asesinar. Asesinar, no ejecutar, como incorrectamente sostiene la crónica policial en muchos medios. Ejecuta quien por orden del Estado cumple con una sentencia de muerte. El verdugo ejecuta, el pelotón de fusilamiento ejecuta cumpliendo disposiciones legales (por fortuna cada vez menos países aplican la pena capital) y por lo tanto no es técnicamente considerado un criminal. El asesino sí es un criminal.

Durante un tiempo, en los anteriores gobiernos, hubo cierta lenidad en el combate contra el delito y el crimen. La iracundia de estos días no existía en aquel momento. Muchos recordarán que hubo indolencia de las autoridades hacia las muertes que eran resultado de “ajustes de cuentas” porque respondían a situaciones que no afectaban al común de la gente. En la medida que tales “ajustes” fueron creciendo, la sociedad fue descubriendo que sí afectaba a todos y el peligro de morir asesinado pasó a ser un hecho cotidiano que afecta a gente común.

Asimismo empezó a subir la cifra de muertes por violencia doméstica: los llamados femicidios. Muchos hombres concluyeron que matar a mujeres era fácil y era la manera última de sentir que las dominaban.

En tiempos más recientes, incluso pareció allanado el camino para matar agentes policiales y marinos que estaban de guardia.

Si bien es obvio que hubo cuestiones políticas en el ataque, no se trata de una agresión de militantes organizados de un sector político contra militantes de otro. La reacción de la dirigencia frentista fue airada, pero su artillería fue mal dirigida.

Es como si los asesinos sintieran que no hay impedimentos, nada los frena y tienen impunidad absoluta. Si los atrapan, su tiempo en la cárcel será breve más allá de la gravedad del crimen cometido.

Lo que demuestra el episodio de Salto, más allá del debate sobre las motivaciones políticas, es que hasta en una reyerta de apariencia menor, es posible matar, es sencillo hacerlo.

El nuevo gobierno vino con la promesa de cambiar el clima de inseguridad que dominaba a la sociedad. Es innegable el denodado esfuerzo que hace el Ministerio del Interior bajo el liderazgo de Jorge Larrañaga, con una Policía que se siente respaldada y que acepta que no es lo mismo actuar con firmeza que actuar con arbitrariedad.

De todos modos, los resultados de esos esfuerzos no se notarán enseguida. En parte, porque es necesario remontar años de desidia en este tema. Pero aunque demore, hay una obligación de poner todo el empeño posible y una constante mejora en la profesionalización policial para lograr resultados.

Lo de Salto no puede seguir pasando, los femicidios no pueden continuar, las muertes cotidianas deben terminar. Matar por matar no puede seguir siendo algo tan fácil.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error