EDITORIAL

Marxismo 5.0

Micaela Melgar, directora del Programa para Personas en Situación de Calle del Mides dice, “la URSS, amores nos salvó la vida”. Su adhesión a esa gran máquina de destrucción, a ella le salvó la vida con un buen sueldo en el ministerio destinado a los comunistas.

Es gracioso. En aquel famoso debate de la campaña de 1994, muchos biempensantes reprocharon a Julio María Sanguinetti haber fustigado a Tabaré Vázquez una y otra vez con alusiones al marxismo. Ya en ese entonces se decía que, con la caída del muro de Berlín y la implosión de la dictadura soviética, hablar del tema era agitar un cuco anacrónico. Pero el experimentado líder del Batllismo comprendió su vigencia y marcó la contradicción.

Pasaron veinticinco años y otra vez, con la misma puntualidad con que ocurre en cada campaña, el engendro de Marx y Lenin vuelve a ser tema de debate. Pero ahora no son los colorados y blancos quienes lo invocan, sino los mismos frenteamplistas. Resulta que lo que para cualquier liberal es ya una obviedad, para la izquierda moderada se ha convertido en una oportunidad de desmarcarse ideológicamente de sus correligionarios más regresivos.

Tal es el caso de Daniel Martínez, que no cesa de tirar globos sonda para recuperar votos de gente moderada, que hoy huye espantada de las barras siempre bulliciosas del MPP y el Partido Comunista.

Un día sí y otro también, Martínez se empeña en mostrar un perfil liberal que lo torne digerible para lo que queda del ya desfalleciente astorismo. En un autoelogio algo desmedido, se comparó con José Batlle y Ordóñez.

Y como quien aprovecha la bajada para acelerar en la bici, hizo el intento de matar la vaca sagrada. Dijo en un acto que “la Unión Soviética para mí ni siquiera era socialista (sic), fue un desastre. Socialismo sin democracia no existe. Fue una vergüenza y todavía estamos pagando los horrores que hizo la URSS, porque el campo progresista terminó identificándose con una experiencia lamentable”.

Es contradictorio que diga estas cosas un político que proviene del riñón del Partido Socialista, una colectividad que se desmarcó de la honrosa tradición de Emilio Frugoni y se embarcó, ya desde las épocas de Vivian Trías (y más del 85 para acá) en una adhesión irreflexiva al marxismo leninismo, hoy más vigente que nunca con la reciente victoria interna de Daniel Olesker.
Pero bueno, cuando la misión es pescar votos del codiciado centro, las coherencias ideológicas a veces se dejan de lado. La inflamada proclama anticomunista de Martínez tuvo su secuela: el secretario general del PCU, Juan Castillo, no la dejó pasar y replicó que “habría que reconocerle a la URSS su aporte a la coexistencia pacífica de millones de seres humanos”.

¿Habrá incluido entre ellos a los más de cien millones de muertes por hambre y ejecuciones, perpetradas por Stalin, Mao y compañía?

Y ocurrió lo esperado. El arrebato humanista y liberal de Martínez no pasó a mayores, porque terminó expresando en un tuit que tenía ganas de dar un abrazo a Oscar Andrade “y a través de él a todas y todos los compañeros que molesté con mis declaraciones”.

No hay que sorprenderse de esa vuelta en el aire: durante cinco años usó la misma ambigüedad con la muchachada de Adeom.

Por su parte, Micaela Melgar, directora del Programa para Personas en Situación de Calle del Mides (una funcionaria que tiene bastante trabajo por hacer , para andar teorizando sobre ideologías), publicó en un tuit que “no existió en la historia de la humanidad un proyecto colectivo tan trascendente como el de la Unión Soviética. Para las ciencias, para las mujeres, para el desarrollo social, para las ideas basadas en la igualdad y para el freno al odio. La URSS, amores, nos salvó la vida”. Y no le falta razón: su adhesión a esa gran máquina de destrucción, a ella le salvó la vida con un buen sueldo en el ministerio que Vázquez destinó a los comunistas.

La precandidata Carolina Cosse no se quedó atrás: también tuvo sus palabras de apoyo al experimento totalitario. Se preguntó en un acto, “por qué la ambición más grande de un joven de la URSS era comprarse un jean. Si tenía la posibilidad de mandar un cohete a la luna, de estudiar lo que quisiera, de no pasar hambre… ¿por qué su ambición era tener un vaquero nuevo?” Ella lo atribuye a que falló “la construcción política”: seguramente quiso decir con esto que el lavado de cerebros, la censura y persecución de los disidentes no fue lo suficientemente rigurosa.

Mirando este panorama, no queda otra que pedirle a Sanguinetti y demás precandidatos de los partidos fundacionales que, aunque parezca anacrónico, sigan fustigando al marxismo.

No sea cosa que los oficialistas persistan en culpar de su fracaso a la publicidad de Levi’s.

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