EDITORIAL
diario El País

Martínez sin gobernabilidad

La gobernabilidad es un concepto clave en política.

Se trata de las condiciones que permiten que un gobierno pueda conducir el rumbo de un país, y en particular que dentro del sistema de partidos reciba los apoyos que aseguren que habrá mayorías para sostener la administración y la gestión del Estado.

La gobernabilidad está ligada entonces a la posibilidad de conformar mayorías parlamentarias, ya sean permanentes como en el caso de coaliciones de gobierno o ya sean puntuales para así aprobar leyes con arreglos particulares cada vez. Y en nuestro sistema de elecciones, importa muchísimo que los candidatos al balotaje puedan presentar a la ciudadanía una gobernabilidad efectiva. De hecho, desde 1999 siempre triunfó aquel candidato a la presidencia que en cada ocasión dispuso de mayorías parlamentarias, ya sea en acuerdo de coalición como en el caso de Batlle, o ya sea por mayoría absoluta del Frente Amplio (FA) en ambas Cámaras (sumado el vicepresidente del FA en el Senado) en 2009 y en 2014.

En esta campaña quien se ha preocupado por generar gobernabilidad, alcanzando una alianza de 56 diputados y 17 senadores recientemente electos, es Lacalle Pou. Para el caso de Martínez, no solamente los 42 diputados y 13 senadores del FA no logran constituirse en mayoría, sino que además hay dos consideraciones políticas que agravan sus perspectivas de ingobernabilidad.

La primera es que Martínez no es jefe del FA que acaba de ser electo para el Parlamento de 2020. Ningún sector responde a su liderazgo. Además, en este nuevo FA los sectores ideológicamente más afines a Martínez serán una franca minoría: solo 9 diputados en 42 y solo 5 senadores en 13. Por si fuera poco, Villar no cuenta con la trayectoria ni tampoco ha mostrado en estos meses una particular habilidad para situarse en el centro del escenario.

Si Martínez fuera electo, su difundido talante socialdemócrata quedaría sepultado tras la avalancha extremista que se ha hecho fuerte en el Parlamento del FA y en su estructura de sectores electos en la interna de junio. Recordemos que en esa ocasión Martínez ni siquiera alcanzó el 50% de los votos de la izquierda. Será un FA conducido por comunistas y tupamaros, amplios ganadores de junio y de octubre, y que hace años ya que dominan la estructura de comités de bases de la izquierda.

La segunda es consecuencia de todo esto. De ganar el balotaje Martínez debiera intentar generar mayorías, así sea puntuales, con blancos, colorados o cabildantes en el Parlamento para poder aprobar leyes y gobernar. En este escenario, su problema es insoluble: por un lado, debiera de correrse hacia posiciones más afines a esos partidos con los que pretender acordar fuera del FA; pero por el otro lado, el perfil de comunistas y tupamaros, amplia mayoría dentro del FA, no permitirá aprobar, de ninguna manera, esos posibles acuerdos.

En concreto, por ejemplo, Martínez podría buscar acuerdos con blancos, colorados o cabildantes para abrir la economía a acuerdos comerciales con los países de la Alianza del Pacífico. Empero, la enorme mayoría de la bancada parlamentaria del FA no respaldaría jamás esa iniciativa, por lo que finalmente todo quedaría en nada: lo que podría sumar de un lado se le restará siempre del otro en la ecuación parlamentaria que quedó fijada para el período 2020- 2025.

Si ganara la presidencia, Martínez no sería por tanto capaz de asegurar ninguna gobernabilidad: porque la bancada oficialista no responderá a su liderazgo; porque el FA no contará con mayorías absolutas en el Parlamento; y porque la capacidad de negociación efectiva del presidente con blancos, colorados o cabildantes tenderá a cero, ya que las diferencias programáticas con la izquierda mayoritaria de 2020 serán enormes.

Todo esto es evidente para cualquiera que analice con criterio político el nuevo escenario abierto con las elecciones de octubre. No es solamente que Lacalle Pou movió con inteligencia y logró asegurarse una gobernabilidad parlamentaria sólida, sino que además su rival quedó en una posición extremadamente débil para liderar un eventual gobierno futuro del FA. Por si alguna duda cupiera, la intervención mujiquista de la campaña hacia el balotaje dejó rápidamente en claro la enorme fragilidad política de Martínez. Y el fuerte silenciamiento de Villar mostró su enorme carencia de legitimación interna para el cargo que postula.

Que nadie se engañe: la fórmula Martínez- Villar no da garantía alguna de gobernabilidad para el país.

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