Editorial

Marina, Marx y la marmota

En los 90 se estrenó una película que fue suceso. Se llamaba "El día de la marmota", y en ella el genial Bill Murray era un periodista que, enviado a cubrir el despertar anual de este noble animalito, considerado signo clave del fin del invierno, por algún hecho mágico sufre un quiebre en el tiempo que lo obliga a vivir el mismo día una y otra vez. Una pesadilla donde el protagonista queda anclado en el pasado. Una sensación parecida a la de leer la entrevista del miércoles de El País con Marina Arismendi.

El nivel de convicción de la futura jerarca llega al punto de resultar admirable. Esto si no fuera por lo grave del mensaje de fondo que transmite, y que dada la responsabilidad que le cabrá en el próximo gobierno, ponen en tela de juicio el buen juicio del presidente Vázquez al nombrarla.

Según Arismendi, no se puede exigir una contraprestación a cambio de las transferencias monetarias que brinda el Mides porque eso implicaría "culpabilizar" a los beneficiarios. "¿Por qué la gente está en la situación que está? ¿Tiene la culpa? La contraprestación lo que hace es culpabilizar, yo te doy esto pero entonces me tenés que cumplir en esto y en lo otro", opinó. Trague saliva, estimado lector, porque esto solo empeora.

"¿A los que nacieron en cuna de oro qué contraprestación les estoy pidiendo ¿Los niños que nacieron en el 2002 tienen la culpa? Yo le tengo que decir yo te doy, pero tu cumplime con esto y con lo otro. No, no es ese el criterio".

Empecemos por el principio. ¿Cómo se forma una sociedad? Se trata de un acuerdo libre entre individuos que comparten determinado territorio y que pactan determinadas pautas para facilitar la convivencia. Más adelante, negocian aportar una cantidad de sus recursos (impuestos) al ente que crean para administrar las cosas en común con el fin de cubrir esas necesidades. Más adelante aún, deciden que una parte de eso se puede usar para ayudar a quienes por algún motivo no logran llegar por sí mismos a un nivel mínimo de capacidad económica. A cambio, creen que le pueden exigir al beneficiado que al menos mande a sus hijos a la escuela, y los lleve al doctor, con el fin de que mañana no haya que repetir todo el proceso con ellos también. Simple, claro, evidente.

Pues esto no es así para los manuales marxistas en los que abrevó en su tierna infancia la ministra, tal vez en aquella dorada Alemania Oriental en la que supo formarse. No, no, no. Allí el individuo no existía como tal, ni la propiedad privada, ni el derecho a manejar la vida como uno quería. El Estado era considerado una entidad superior, política y moralmente, y que tenía el derecho a regir la vida de la gente, sacarle a este, darle a aquel. Esa es la concepción que explica el pensamiento de Arismendi, en el entendido que aquel que "nació en cuna de oro", es en cierta medida culpable de que otro viva en la pobreza, y por eso el Estado tiene que intervenir, sacarle lo que considere que tiene "de más", y dárselo al que ligó mal. No es generosidad, es justicia redistributiva realizada por nuestro padre el estado, apoyado por el espíritu santo de Carlos Marx.

Dejemos por esta vez de lado el aspecto nada menor de que esa postura no es la que surge de nuestra Constitución, ni la que se condice con nuestra historia, ni con la manera de pensar de la abrumadora mayoría de los uruguayos. Vayamos a un tema de resultados.

En toda la historia no hay ni un solo ejemplo exitoso de políticas implementadas en torno a esta visión marxista que haya tenido éxito. Ni en lo global, de crear sociedades más justas, ni en lo particular de mejorar la situación de los más desfavorecidos. Desde los casos extremos como la Alemania Oriental de Honecker, hasta los más "mesurados" como el chavismo, todos se han desmoronado de manera miserable, por dos razones; ignorar la lógica de la economía, y por no respetar la naturaleza humana. Lo que sí ha funcionado siempre, es el sistema que apela al derecho inalienable del ciudadano de manejar su vida, de hacer lo que quiere con el producto legítimo de su propio trabajo, del fruto honesto de su inteligencia o capital. Tan claro es el resultado contradictorio de estas dos visiones, que hasta quienes llevaron el socialismo marxista a sus límites más extremos, como la China comunista, se han pasado con armas y bagajes al capitalismo, con los resultados conocidos.

O Arismendi es muy floja en historia, o es una fanática que no se resigna a aceptar la realidad, o como el pobre Bill Murray se quedó en un loop de más de 30 años, con la cabeza fija en el mundo pre caída del Muro de Berlín, esperando que aparezca la marmota. La pregunta del millón es ¿cuanta gente en el Frente Amplio piensa igual?

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