EDITORIAL

La máquina de impedir

La máquina de impedir es la que logra trancar desde el Parlamento cualquier acuerdo de libre comercio bilateral, ya sea con Estados Unidos en su momento, con China en un futuro, o con el que ya está a la orden para ser votado y llevado adelante con Chile.

La expresión se generó en los años 90. En aquella época, cuando los gobiernos proponían llevar a cabo las reformas necesarias para el avance del país, siempre desde el Frente Amplio se encontraba alguno que intentaba (o lograba) impedir esos cambios. Era la máquina de impedir.

El mecanismo no solamente utilizaba la actuación parlamentaria, votando negativamente cualquier proyecto de ley relevante, sino que también, y sobre todo, buscaba aliarse con actores sociales para poner trabas de todo tipo de forma de frenar cualquier reforma, incluso cuando esta ya hubiese sido aprobada legalmente. Podrían abarrotarse los ejemplos que ilustraran el funcionamiento concreto de esa máquina de impedir, pero unos pocos alcanzarán para recordar el daño que esta hizo al país.

Están los casos de oposición a cualquier ley de inversiones que favoreciera la radicación de emprendimientos extranjeros, contrariar la desregulación del mercado de seguros, oponerse en el Parlamento y luego juntar firmas para un referéndum contra la creación de las AFAP o contra la ley de reglamentación del mercado de la energía, las denuncias contra la inversión que llevó adelante la nueva infraestructura del aeropuerto de Carrasco, o la oposición frenteamplista al tratado de inversiones con Finlandia, herramienta necesaria para la instalación de Botnia en Fray Bentos.

Cuando la izquierda llegó al gobierno, hubo un cambio en la máquina de impedir: muchas de las iniciativas que antes eran frenadas recibieron luz verde para avanzar. Es así, por ejemplo, que la izquierda promovió la instalación de una segunda planta de inversión multimillonaria en Colonia, o que se apoyó en la ley de marco energético para poder procesar el cambio de matriz que hoy tanto publicita como uno de sus mayores éxitos de gestión.

Sin embargo, la máquina de impedir frenteamplista sigue muy vigente. No es conducida por Tabaré Vázquez como en los años 90, pero ha encontrado nuevos operadores que igualmente intentan trancar todo desarrollo nacional. Y se apoya en tres patas frenteamplistas que son fundamentales para poder funcionar: la autocomplacencia, la ignorancia y el conservadurismo. Los ejemplos para las tres categorías son numerosos, pero tomemos aquí solo algunos para ilustrarlas.

La máquina de impedir una mejora sustantiva de la educación pública, y sobre todo los bajos niveles que reciben los adolescentes de las clases populares, funciona con el combustible de la autocomplacencia. La muestra más reciente fue la reacción de las autoridades de la ANEP hacia los resultados de las pruebas PISA 2015. Para ellas, la evolución es positiva y significa que se van haciendo las cosas bien y que hay que seguir con el paso cansino y gradual. Es la autocomplacencia que justifica la inoperancia.

La máquina de impedir que se sostiene en la ignorancia es la que logra trancar desde el Parlamento cualquier acuerdo de libre comercio bilateral, ya sea con Estados Unidos en su momento, con China en un futuro, o con el que ya está a la orden para ser votado y llevado adelante con Chile.

Los trancan porque en su ignorancia de cómo funciona el mundo, y sobre todo de cuáles son los caminos reales y posibles de desarrollo del país, los conductores de la máquina de impedir creen que hay que apostar al Mercosur y a la región, y que cualquier apertura comercial de fondo nos perjudica económicamente. Su ignorante sueño es volver al país encerrado que sustituye importaciones como el de los años 50.

Finalmente, la máquina de impedir que se apoya en el conservadurismo es quizá la más penosa de todas. Su más reciente ilustración es la aprensión y las dudas que generan en algunas autoridades y parlamentarios frenteamplistas la proyectada planta de UPM en el centro del país, ya que esta implicará el aumento del tráfico de trenes con carga camino al puerto de Montevideo. Su conservadurismo es tan grande que se suben a la máquina de impedir porque les parece que el paso de trenes diariamente por la capital "rompe todo", es "preocupante", o significaría una especie de "terremoto" por la ciudad. Seguramente, para esta gente el aumento del tráfico de camiones como consecuencia del desarrollo portuario iniciado en los 90 también es algo muy negativo y habría que volver a andar a caballo por Montevideo para preservar así el ecosistema.

La máquina de impedir sigue funcionando. Sigue siendo conducida por representantes del Frente Amplio. Y el daño que hace al país sigue siendo tan importante como el que logró hacer en los años 90.

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