EDITORIAL

Lula y la izquierda uruguaya

Seguramente se podrá decir que aún pesa la influencia comunista: esa que justificaba los crímenes de Stalin, mentía sobre lo que ocurría en el campo socialista en la Guerra Fría, y que sigue afirmando que Cuba y Venezuela son democracias.

Hace unas semanas este diario informó que en Uruguay hay gente que está convencida de que la Tierra es plana. Cualquier argumento que diga que, por el contrario, nuestro planeta es más bien redondo, es visto por estas personas como formando parte de una conspiración internacional, muy estudiada y ampliamente difundida por diversos centros de poder, que pretende ocultar la verdad que ellos conocen.

La izquierda uruguaya con el caso de Lula y la corrupción del Partido de los Trabajadores (PT), se parece mucho a esta gente que cree que la Tierra es plana. No hay forma de que asuma que lo que hubo en Brasil fue una feroz trama de corrupción político-empresarial, que robó una cantidad de dineros públicos impresionante, incluso para los estándares de gran corrupción que han existido siempre en la historia de nuestro vecino país, y que la caída de Lula como de tantos otros dirigentes del PT que estuvieron en el poder entre 2003 y 2016, es una consecuencia natural y directa de tanta podredumbre.

En distintas instancias el Poder Judicial de Brasil ha mostrado coraje e independencia de criterio para juzgar a personas y partidos que fueron protagonistas en el Poder Ejecutivo y en el Poder Legislativo de este infame entramado. Esto, que en cualquier análisis republicano elemental debiera de destacarse como algo muy positivo, la izquierda uruguaya lo toma, por el contrario, como un signo de debilidad democrática.

Es que en la peregrina interpretación del Frente Amplio y de su compañero de ruta izquierdista Pit-Cnt, esa independencia del Poder Judicial es una manifestación más de un extremo, amplio y eficiente complot que involucra al juez Moro, a todos los magistrados que estudiaron y fallaron en segunda instancia contra Lula y a los integrantes de la autoridad máxima judicial del Brasil. Es un complot en el que participa, claro está, una rancia derecha neoliberal también amplia y discreta; el actual gobierno federal brasileño; los militares —¡cuándo no!— siempre prestos a apuntalar gobiernos antipopulares, a intereses foráneos contrarios a la felicidad del pueblo latinoamericano, y en particular se destaca allí el colmillo abyecto del feroz imperialismo yanqui, y, donde se mire bien, también se verá el férreo dictado transnacional de gordos capitalistas que, según esta teoría tan extendida entre los comités de base del Frente Amplio, "no le perdonan a Lula el haber sacado a tantos millones de brasileños de la pobreza".

El objetivo del complot es evitar el avance de las políticas populares y progresistas, impidiendo que Lula vuelva a ser presidente e incluso, por qué no, pergeñando una trama de corrupción en la que, según muchos comentaristas de izquierda como por ejemplo Gerardo Caetano, no se han encontrado pruebas que involucren al expresidente. Lula sería así puesto preso solo por convicciones personales de unos jueces que están al servicio de este complot urdido por lo peor de la derecha mundial, que así como antes operaba desde Atlanta para perjudicar al pobre de Sendic, ahora muestra sus fauces para atacar a un peso pesado brasileño.

Muchos verán estas teorías izquierdistas con los ojos condescendientes y compasivos con los que también se mira a quienes, convencidos, levantan la bandera de la planicie completa de la Tierra. Sin embargo, la diferencia entre unos y otros no es menor: la izquierda uruguaya ha tenido amplio respaldo electoral y el Pit-Cnt mueve decenas de miles de personas en sus movilizaciones. Pero además, y mucho más grave, es que el partido del Frente Amplio que esparce estas increíbles tonterías es el del presidente de la República, que es quien debe velar por los intereses del país en este contexto regional tan difícil. En vez de callar, ser prudente y evitar las diatribas infantiles y la proliferación de argumentos ridículos, la izquierda uruguaya se alinea con lo peor de la corrupción de Lula y su PT y complica así la política exterior bilateral de Vázquez.

Lo peor es que nada de esto es nuevo. Seguramente se podrá decir que aún pesa la influencia comunista: esa que justificaba los crímenes de Stalin, mentía sobre lo que ocurría en el campo socialista en la Guerra Fría, y que sigue afirmando que Cuba y Venezuela son democracias. Pero la verdad es que ella no es la única protagonista: allí está hoy, por ejemplo, el Partido Socialista, incapaz de reconocer que Vivian Trías fue un vulgar agente soviético que hacía sus reportes a cambio de unos cientos de dólares y de alguna botella de whisky importada. Así es la izquierda uruguaya.

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