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Los buenos y los malos

Hay valores en defensa de los cuales debe combatirse en todo momento. El sistema republicano y la calidad democrática de un régimen de gobierno figuran entre ellos, de manera que al contemplar el funcionamiento institucional de países como Estados Unidos, el observador siempre se siente llamado a destacar el respeto que en esa nación se mantiene hacia la libertad de expresión, entre otros principios sin los cuales toda la estructura de una sociedad se pervierte. Cuando se observan las opiniones que la prensa norteamericana formula sobre los errores o desviaciones en que puede incurrir un gobierno nacional, se siente cómo está vivo el ejercicio de ciertos derechos y garantías que amparan la coexistencia comunitaria y de qué manera ese respeto preserva la vigencia de todo intercambio de ideas y la independencia con que puede emitirse un juicio en dicho marco. Ese edificio abstracto es un patrimonio invalorable, porque cuando comienza a fallar se produce un derrumbe silencioso cuyas consecuencias son lamentables, como ocurre en otros puntos del hemisferio donde el autoritarismo o la intolerancia van avanzando mientras invocan conceptos populistas cuyos beneficios resultan desmentidos por la realidad.

Por eso se genera un margen tan grande de perplejidad cuando surgen ciertas noticias que comprometen tales virtudes de un sistema y parecen contradecir en los hechos lo que se proclama en las palabras. La revelación a través de Internet de 400.000 documentos confidenciales del Pentágono referidos a la guerra de Irak, debe figurar entre esas noticias ingratas. Porque en semejante masa de material, que fue divulgada por el portal de noticias Wikileaks, se hace referencia a impresionantes cifras de muertos civiles durante dicho conflicto, al papel que han jugado las tropas de mercenarios en los siete años de ocupación militar de aquel país e incluso a las torturas -a veces escalofriantes- que sufrieron prisioneros iraquíes para arrancarles una confesión durante los interrogatorios. El material revelado es demostrativo de que la conducta de los mandos norteamericanos en Irak no guardó relación con las declaraciones oficiales al respecto y entre otras cosas permite descubrir que esos mandos (y el Ministerio del que dependen) mintieron al señalar que no existían cómputos sobre la masacre de población civil y que los oficiales a cargo desconocían la existencia de violencias físicas en el trato proporcionado a miles de prisioneros.

La mancha derivada de esa difusión, agravada por las minuciosas cifras que la acompañan, es indeleble. En estos días, el estreno montevideano de una película norteamericana ("Samarra") dirigida por el prestigioso realizador Brian De Palma, respaldó tales revuelos porque reconstruye con estimable espíritu testimonial un episodio que tuvo lugar en Irak a mediados de 2006, donde una muchacha de 15 años fue violada y luego asesinada -junto al resto de su familia- por efectivos de las fuerzas de ocupación. Eso prueba que siempre es saludable proceder a denuncias de tal carácter, porque ayudan a sanear un circuito de ocultamiento y complicidad que se genera en el campo militar pero que una sociedad respetable no debe tolerar bajo ninguna circunstancia. El margen de maniobra que utilizan los norteamericanos para delatar tales sordideces, resulta útil para demostrar las reservas de honestidad y de coraje que en esa sociedad permiten ventilar los peores rasgos de un operativo militar y por lo tanto depurar -a través de la condena de la opinión pública- una atmósfera que puede contaminarse gravemente si tales excesos y crímenes de guerra se generalizan sin que se les imponga un freno. El acceso a la información es el mejor de esos frenos.

Como ocurre en cualquier organismo humano cuando la cirugía extirpa un foco maligno para que el resto del cuerpo sobreviva y pueda gozar de salud, en un organismo social debe extraerse todo brote de degradación si se pretende que el resto siga adelante, protegido por la presencia de valores que a veces son amenazados desde un clandestinaje donde el empleo de la fuerza se convierte en el peor enemigo de los derechos humanos y de la razón.

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