Editorial

La llegada de Bolsonaro

La asunción de Jair Bolsonaro como presidente de Brasil promete ser un catalizador de cambios profundos en su país, en la región, y en el orden global. Hay elementos preocupantes, pero otros que invitan a un cauto optimismo.

Lo que nadie imaginó, al menos fuera de Brasil, terminó concretándose el pasado martes, cuando Jair Messias Bolsonaro asumió la presidencia del país más importante de América del Sur. Se trató de una ceremonia austera, sin grandes parafernalias, y donde el novel mandatario replicó lo que ha sido su mensaje desde que comenzó la campaña: buscará limpiar al país de corrupción, impulsar la economía apostando al agro y la industria, e intentará eliminar las herencias socialistas y más divisivas de los tres gobiernos del PT.

Un primer comentario sobre Bolsonaro debe encarar el tema de la cobertura mediática de su figura. El nuevo presidente tiene décadas en la actividad política, y en ese lapso ha tenido expresiones poco felices que han sido destacadas hasta el cansancio, incluso en este diario. Sin embargo, y aunque a alguna gente no le guste, hay cosas que lucen ya ridículas en las definiciones sobre Bolsonaro. Por ejemplo, el mote de "ultraderechista" que las agencias europeas y sus replicantes locales insisten en atribuir en cada mención al mandatario. Nadie habla de "ultraizquierdista" cuando se menciona a Nicolás Maduro o a Pablo Iglesias, y vaya si hacen mérito para ello.

A partir de ahora, Bolsonaro debería ser juzgado por sus acciones concretas de gobierno, y esas etiquetas eurocéntricas que tanto adoran las agencias de noticias, tendrían que ser dejadas de lado.

Ahora bien, la llegada de Bolsonaro impactará al menos a tres niveles: en Brasil, en la región, y en el mundo.

En su país, la gestión del nuevo presidente puede tener efectos muy positivos para la economía. Después de haber padecido la peor recesión de su historia bajo el gobierno de Rousseff, el país viene limpiando algunos de sus legados más negativos, y la economía parece estar repuntando. Si las promesas de mayor liberalización económica y austeridad gubernamental que ha hecho Bolsonaro se cumplen, y si dejan trabajar a su nuevo ministro de Economía Paulo Guedes, es esperable un repunte significativo de la situación del país, que naturalmente derramará sobre la región.

La locomotora brasileña, liberada de ataduras ideológicas absurdas, de delirios de expansión global, y de lastre de la corrupción fastuosa del PT, puede ser la que impulse a todo el continente.

Eso nos lleva al tema regional. La llegada de Bolsonaro marca del final definitivo de la ola de gobiernos de izquierda que gobernaron América del Sur por una década y media. Hoy en día solo subsisten de aquel "club" la Venezuela dictatorial de Maduro, el cambalache ideológico de Evo Morales (que se apresta a violar la constitución para aferrarse al poder), y el Uruguay del Frente Amplio. Los vientos han cambiado mucho en la región, y lo de Brasil es significativo porque se trataba del líder natural de esta ola, que se inició justamente allí con elementos como el Foro de San Pablo.

A partir de ahora, los empujes de integración regional serán motivados más por los intereses concretos de cada nación, y no tanto por los delirios ideológicos y de grandeza de algunos dirigentes, lo cual solo puede mejorar los resultados. El gran peligro es que en Bolsonaro terminen primando los impulsos proteccionistas y nacionalistas de buena parte de los estamentos industriales de su país. Nuevamente, es de esperar que en esa pugna, logre imponerse la visión de un intelectual marca mayor como Paulo Guedes. Si eso pasa, el cambio regional puede llegar a ser histórico.

Será interesante ver la interacción de Bolsonaro y sus ideas en Brasil, con lo que ocurra en la otra gran potencia regional, México, hoy bajo el gobierno de un populista de izquierda como López Obrador.

El tercer punto es ya global, siendo Brasil, como es, una potencia con influencias mucho más allá del continente. Hay allí luces de preocupación. Por un lado, que uno de los pocos líderes internacionales que vinieron a la ceremonia haya sido el presidente de Hungría Viktor Orban, un demagogo y populista de proporciones, con vínculos inquietantes con Vladimir Putin. Por otro, que Bolsonaro sea palanca de apoyo para algunas de las ideas más delirantes de Donald Trump, que terminen de frustrar el encare global de algunos problemas actuales que deben ser resueltos con las cooperación cercana de los países, y no por la competencia. La salida paulatina de escena de Angela Merkel, el gran balance de la política global de los últimos años, aumenta los temores en ese sentido.

A las personas se las conoce por sus obras, dice la Biblia. Pues bien, habrá que esperar y ver cual es el impacto y el legado del presidente Bolsonaro. Ojalá sea un cambio positivo para un país que lo estaba necesitando con urgencia.

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