EDITORIAL

Sin libertad y con miedo

Y pasa finalmente con asesinatos cotidianos de gente joven, que el Ministerio del Interior califica de ajuste de cuentas entre bandas vinculadas al narcotráfico, y que en la mayoría de los casos quedan sin resolver.

Los cambios cotidianos que vamos sufriendo por culpa de la inseguridad terminan quitándonos libertad. Vivimos en un miedo permanente al cual, infelizmente, nos estamos acostumbrando como si fuera lo más normal del mundo.

Todos sabemos de los pequeños cambios que hemos hecho en nuestras rutinas familiares para evitar enfrentar situaciones de riesgo. Las mujeres que ya no usan cartera para comprar algo por el barrio o que la esconden en la valija del auto cuando manejan; los adolescentes que ya no salen a hacer la compra de último momento en la noche al almacén cercano; el mirar a diestra y siniestra antes de abrir el portón de la casa o del edificio para ver que no haya gente extraña; no dejar la casa sola, ni siquiera en el rato del domingo en el que se puede tomar mate en familia en la plaza del barrio por temor a ser desvalijados; contratar servicios de seguridad privados o portería las 24 horas que encarecen los gastos comunes; poner rejas, alarmas y cercas eléctricas en las casas, o alarma y gastos de garaje permanentes para guardar el automóvil si es que no se tiene un garaje en su casa o edificio; andar con poco dinero encima, o fijarse atentamente en cómo está la zona del cajero para ver si conviene sacar plata en ese momento; evitar sacar el celular del bolsillo en algunas circunstancias, o directamente quitarse el reloj antes de salir de casa por las dudas; o no volver tarde del cine caminando hasta el hogar así sea un trayecto corto.

Las medidas pueden variar concretamente y hay muchas más que estas, pero todas van en el mismo sentido: vivimos encerrados, preocupados, vigilantes, al acecho de cualquier episodio que nos pueda parecer extraño con respecto a nuestra seguridad. Poco a poco, esa forma de vivir con miedo se va extendiendo y haciéndose normal. La gente se va acostumbrando. Sobre todo, las demandas sociales van cada vez más en un sentido de mayor protección, de forma de tomar recaudos con respecto a las nuevas realidades de mayor violencia.

Lo cierto es que todo lo que hace un par de décadas uno podía ver con tristeza en países centroamericanos, por ejemplo, empieza a replicarse hoy en día en nuestro país agobiado por la inseguridad.

Pasa con los supermercados, que en países de pésima seguridad pública ya hace décadas que funcionan con guardias armados hasta los dientes en sus puertas. Pues bien: en estos días, la Asociación de Supermercados del Uruguay propuso justamente al Ministerio del Interior la necesidad de custodia policial permanente en más de 200 supermercados. Pero hubo más: la respuesta del ministerio fue impartir talleres para instruir a los trabajadores sobre la mejor forma de reaccionar ante los asaltos.

Por supuesto que se podrá decir que ante la cantidad de robos y tragedias que ya se han vivido, más vale que los trabajadores de supermercados sepan cómo comportarse en esas circunstancias. Sin embargo, el problema es que con estas medidas estamos naturalizando la violencia, con una resignación de la que es ilustración lo que declaró la gremial a la salida de esa reunión con Interior: su mayor preocupación ya no es que los roben, sino que al menos no haya tiroteos al interior de los comercios.

Pasa también con las familias expulsadas de sus casas por grupos de delincuentes que se hacen del control del territorio en algunos barrios y fijan sus arbitrarias reglas, dejando sin hogar a decenas de familias humildes. Y pasa finalmente con asesinatos cotidianos de gente joven, que el Ministerio del Interior califica de ajuste de cuentas entre bandas vinculadas al narcotráfico, y que en la mayoría de los casos quedan sin resolver. ¿Acaso no es este mismo el panorama horrendo que cualquiera podía ver hace 20 años en países en los que fallaba la autoridad del Estado y se vivía sin libertad y con miedo por causa de una delincuencia desatada que se siente impune? Hay un momento en que la sociedad debe reaccionar. No hay por qué aceptar esta cotidiana resignación en la que ya no se puede vivir tranquilo en ninguna ciudad importante del país, pero sobre todo en los barrios populares de Montevideo que son los que más sufren robos, rapiñas y asesinatos. El país ha hecho un enorme sacrificio presupuestal en estos años y ha invertido mucho dinero en proveer de medios al Ministerio del Interior para mejorar la situación de inseguridad. Es tiempo de exigir resultados y de no contentarse con explicaciones que siempre trasladan culpas y responsabilidades lejos del Ministro del Interior y su equipo.

Basta de vivir sin libertad y con miedo.

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