editorial

Los liberales y sus enemigos

El ataque feroz al semanario francés Charlie Hebdo dio nuevo protagonismo a un viejo debate en democracia: ¿cómo enfrentar a los enemigos de la democracia que se aprovechan de las garantías individuales propias del Estado de derecho para perpetrar los peores atentados y atacar las bases de convivencia liberales? ¿Es posible el diálogo con los extremistas intolerantes?

Hay una grave tensión entre las exigencias de la libertad y las de la seguridad. El vigor del debate democrático en Estados Unidos no cesa de plantearse esta tensión desde 2001. Antes, en los años setenta, también la Italia democrática, por ejemplo, se planteó el mismo problema cuando enfrentó al terrorismo de las brigadas rojas. Antes incluso, a inicios de los años sesenta, en plena democracia colegiada en Uruguay, también se plantearon los mismos problemas frente al terrorismo guerrillero que la emprendió contra las libertades "formales y burguesas" que garantizaban nuestro Estado de derecho.

Los ataques pueden planificarse en el exterior —como los de setiembre de 2001 en Estados Unidos— o pueden provenir del interior —como los perpetrados por ETA en España durante décadas—. Además, en este mundo globalizado muchas veces las fronteras son porosas y hay apoyos internacionales para acciones terroristas protagonizadas también por ciudadanos del país —seguramente fue lo que pasó con el atentado de la AMIA en Buenos Aires en 1994, por ejemplo—. Pero, en todos los casos, las terribles tragedias terroristas hacen centrar la atención en cómo debe combatirse a los dogmáticos intolerantes que desde su perspectiva político-religiosa atacan a la libertad en democracia.

La mejor respuesta siempre ha sido la de no pecar de ingenuos. Hay un momento en la lógica política liberal en el que el diálogo con el intolerante que lleva adelante acciones terroristas que socavan las bases de convivencia de la democracia es imposible. Se trata de enemigos y ya no de adversarios. Debe aplicarse pues la represión para defender a la sociedad de sus enemigos. Cualquier otra respuesta que niegue esa represión o la relativice solo asegura un mayor espacio para que el extremismo terrorista avance un poco más en su propósito infame.

La clave está en que esa represión debe guiarse por la lógica liberal democrática del respeto del Estado de derecho. Y el problema es que no es fácil hacerlo a veces, en la inmediatez y en la urgencia de los daños que pueden causar atentados terroristas que podrían llegar a evitarse. Allí está todo el problema de la libertad y del respeto por la vida privada frente a las tareas de inteligencia estatales que implican escuchas y control de personas consideradas sospechosas.

Es un drama cotidiano que viven las democracias y que no siempre ha sido bien resuelto cuando se lo analiza con perspectiva crítica. El Congreso y el presidente de Estados Unidos admitieron, recientemente, que en la batalla contra el terrorismo se cometieron excesos luego de setiembre de 2001. Antes, España reconoció excesos en los grupos paramilitares de los GAL para enfrentar a la ETA. Antes incluso, nuestro Parlamento de finales de los años sesenta denunció torturas ilegales en dependencias estatales.

Sin embargo, es el vigor de una democracia libre, como las hay en Occidente, el que permite que cualquier exceso que viole ese Estado de derecho por parte de un gobierno sea denunciado por la oposición o por la prensa. En la libertad misma está el antídoto contra toda posibilidad de quebrar esas garantías liberales que aseguran nuestra convivencia democrática.

Allí está también la diferencia entre nuestros regímenes y los autoritarismos y totalitarismos que hoy gobiernan a tantos países. Es la esencia que separa sustancialmente a Estados Unidos de Irán; a Israel de Corea del Norte; a Polonia de Bielorrusia; a Francia del régimen que busca instalar el Estado Islámico en Siria e Irak; a Uruguay de la dictadura cubana. "Nosotros no somos como ellos" afirmaba Havel, quien luego devendría en presidente checoslovaco, cuando resistía al totalitarismo socialista de los años setenta.

El Occidente liberal y democrático seguirá enfrentando por mucho tiempo más el fanatismo político y religioso que quiere imponer sus dogmas y limitar las libertades individuales. No hay que creer que son ellos adversarios que entienden razones y son capaces de dialogar en democracia. Hay que ser conscientes de que son enemigos de la democracia y deben ser reprimidos y vencidos con todo el peso de la ley.

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