Editorial

El lenguaje "sexista" y la realidad

En vez de discutir sobre el lenguaje sexista, los senadores “progresistas” deberían ocuparse de los problemas del país, entre ellos procurar que se concreten en la realidad las tan mentadas medidas “inclusivas”.

Como si el país no tuviera problemas más importantes que resolver, el Senado se enzarzó días atrás en la discusión sobre el lenguaje "sexista". Este debate, azuzado por las feministas a ultranza, integra esa franja de reivindicaciones de la corrección política que pretende cambiar la realidad usando el lenguaje como instrumento. Parecería que quienes apoyan ideas de este tipo sienten que esta es una manera de demostrar que son "progresistas".

La Real Academia Española, autoridad en la materia que se ha mostrado muy abierta a admitir nuevas palabras y modalidades expresivas, no transa en este punto. Apelando al manido ejemplo del "todos" y "todas" advierte que desdoblamientos de este tipo son "artificiosos e innecesarios" desde el punto de vista lingüístico. Y explica que en los sustantivos que designan seres animados corresponde "el uso genérico del masculino" para designar a todos los individuos de la especie sin distinción de sexos. Cuando se dice que todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho al voto es absurdo sostener que se discrimina contra las ciudadanas.

A pesar de ello, días atrás en el Senado el tema volvió al tapete debido a una intervención del senador frentista Charles Carrera, quien reclamó evitar el lenguaje sexista "en honor a nuestra vice y las compañeras senadoras". Carrera recordó su participación en experiencias en la materia con lo que quiso aludir seguramente a la "guía de lenguaje inclusivo" editada tiempo atrás por el ministerio del Interior con pobres resultados. Se ignora si dicha guía influyó en la ridícula y novedosa costumbre de los partes policiales que en vez de decir hombre o mujer para referirse a un delincuente o a una víctima, los mencionan como "un masculino" o "una femenina".

La iniciativa de Carrera no obtuvo mayor eco en el Senado. Por el contrario, algunos de los senadores de la oposición le recordaron la postura de la Real Academia que se pronuncia contra iniciativas que van contra "el principio de la economía del lenguaje y se fundan en razones extralingüísticas". Sin embargo, es obvio que la izquierda gobernante intenta introducir lo que llama "lenguaje inclusivo" no solo en los discursos sino también en la forma de denominar a las instituciones. Por ejemplo, a nivel de la intendencia capitalina la Defensoría del Vecino pasó a llamarse Defensoría de las Vecinas y los Vecinos, un título que no alcanza a disimular la escasa trascendencia de esta institución en la resolución de los problemas de los montevideanos.

Es que cuando no se sabe qué hacer —dilema que aqueja al gobierno del Frente Amplio desde hace tiempo— suele apelarse a discusiones bizantinas que nada aportan. Es una forma de distraer a la opinión pública con polémicas irrelevantes en nombre de lo "políticamente correcto".

Es una amarga ironía que esta práctica sea empleada por un partido que navega en la incorrección permanente al mantener entre sus cuadros a dirigentes que dicen que "lo político está por encima de lo jurídico" o que siguen callando ante las barbaridades que perpetra su admirada revolución bolivariana con Nicolás Maduro como estrella.

Sería más conveniente que, en vez de preocuparse del lenguaje, Carrera y sus compañeros del MPP aportaran más datos a la investigación sobre los negocios entre Uruguay y Venezuela así como a las gruesas pérdidas del Fondes. En vez de discutir sobre si la expresión "padres" incluye o no a las madres, le haría mejor al sistema político y al país que se dedicaran a tareas inclusivas tales como lograr que los organismos del Estado respeten las cuotas de cargos asignadas a las minorías en nombre de la inclusión y lo "políticamente correcto".

Convendría recordarles además que en los peores tiempos de la dictadura, cuanto más se acentuaba la crisis, los militares apelaban al recurso de mejorar el habla de los ciudadanos mediante sonoras campañas difundidas obligatoriamente por los medios de comunicación. Aunque hoy nos cueste creerlo se instaba a la gente, por ejemplo, a utilizar correctamente el verbo adecuar en tiempo presente: adecúa en lugar de adecua era lo correcto. Esto ocurrió hacia fines del gobierno de facto cuando se intentaba distraer a la opinión pública de las discusiones de fondo, entre ellas nada menos que la forma de restaurar la democracia en el país.

Por otra parte, la lucha de las feministas por la igualdad de género, mal que le pese al senador Carrera y sus compañeros, no está centrada en las palabras sino en hechos concretos como la igualdad de oportunidades y la paridad salarial. Lo demás es pura cháchara.

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