EDITORIAL
diario El País

Se legitimó con prestigio y respeto

En un par de días se reinstala la veda, vuelve el silencio después de tanto ruido. El país se prepara para votar su segunda y definitiva vuelta y se sabrá quién presidirá el país en los próximos cinco años.

Ya pasó el debate, ya se hicieron los actos, ya se recorrió el país de punta a punta y ya se saturó a los medios con publicidad política.

Ahora es cada ciudadano, ante la soledad de su conciencia, quien debe decidir.

Todo indica, de acuerdo a la encuestas y al clima que se vive, que la gente ya tiene su decisión hecha y que en los pocos días que restan para votar, es improbable que ocurran cosas que le hagan cambiar de idea. Los dados están echados, o casi, pero todavía no sabemos cómo cayeron aunque hay indicios claros de quien terminará ganando.

La campaña ha sido por momentos fuerte, recia y dura, pero al hacer el balance final (y más dentro del complicado panorama regional de las últimas semanas) el país debería estar medianamente satisfecho con como transcurrieron estos meses.

Fue fuerte y recia porque uno de los candidatos y el grupo político que representa, saben que la probabilidad de perder es muy grande y eso los pone nerviosos. Y porque no es solo una elección que se pierde, sino la posibilidad de prolongar por otros cinco años más su ya larga permanencia en el gobierno.

Muchos burócratas se sentían cómodos en sus puestos, en el disfrute de los atributos del poder, en los pequeños beneficios que todo ello eventualmente significa. Y temen, con razón, perderlo todo el domingo.

A la vez, se ha dado un proceso curioso. Por momentos, los frentistas han hecho y dicho en su campaña las cosas necesarias para perder. A veces dieron la impresión que eso querían: perder. En determinadas oportunidades pareció que a su candidato lo dejaron solo. Aunque en otras ocasiones, pareció que era el candidato quien prefería seguir solo, por fuera de los libretos que quizás le imponían.

Lo cierto es que todo el proceso diseñado por el Frente Amplio para esta elección, por lógica no debería llevar a otra cosa que a su derrota. Sería un milagro si al final terminara sucediendo lo contrario. Tal vez los milagros ocurran, solo que no lo hacen con tanta frecuencia ni ante tanta abrumadora realidad.

Por eso es buena la alternancia en el gobierno. Atenúa el efecto del desgaste por ejercicio del gobierno. Ayuda a que nadie se atornille a su silla. Recuerda que unos vienen, hacen, deciden y luego dejan lugar a otros para que desde sus concepciones hagan lo mismo.

Da la impresión que la ciudadanía lo tuvo claro desde que comenzó el proceso electoral ya con las primarias. Que entendió bien cuales mecanismos ofrece la Constitución para enviar mensajes inequívocos a lo largo de cada instancia.

Para buena parte del país, esto empezó en las internas, al decidir qué candidatos de cada partido había que votar, y siguió luego en las nacionales, al votar no solo a sus candidatos sino a la bancada que quería que lo represente en las cámaras.

Tenía claro que eso llevaba inexorablemente a la conformación de una coalición que terminaría desplazando al Frente Amplio del gobierno y así permitir la tan saludable alternancia. Sabía que recién en la segunda vuelta, las opciones se reducían y no se hizo problema por ello. Es más, eso era lo que quería.

También lo entendió desde el primer momento el candidato blanco Luis Lacalle Pou. Siempre supo que su partido votaría mejor que los otros grupos opositores, pero que eso no sería suficiente. Entendió que mucha gente quería votar a su propio lema en la primera vuelta, porque estaba segura de que ello conduciría a una coalición sólida. No a un “partido de la concertación” sino a una coalición.

Lacalle Pou entendió ese clamor popular y diseñó su estrategia de campaña en función de esa realidad.

Por eso, al emerger como el otro candidato que debía ir a la segunda vuelta, tenía todo claro. Se había preparado para esa instancia. Comprendió que no solo era el líder del Partido Nacional, que lo era, sino la figura llamada a encabezar la coalición. Supo que a diferencia de instancias anteriores, esta coalición necesitaba de un delicado zurcido para tener éxito. Especial y distinto a experiencias anteriores. Y dedicó su energía a ello. Se legitimó con prestigio y respeto.

Por lo tanto, las condiciones están dadas para que el domingo, lo que las encuestas anuncian se convierta en realidad. Vendrá un cambio: un cambio profundo sin alterar la continuidad y la permanencia de todo aquello que define a una democracia

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