EDITORIAL
diario El País

Las lecciones del barrio

Las comparaciones son odiosas, se sabe. Pero lo que está pasando en los países más influyentes de nuestra región más próxima, nos puede dar varias elecciones importantes sobre para dónde debería rumbear nuestro próximo gobierno, si quiere ser exitoso en lograr una sociedad más próspera.

Aunque siempre es importante manejar una salvedad. Uruguay es un país con una historia y una cultura política que no tiene nada que ver con la de nuestros vecinos. Y por ello siempre es necesario tomar con pinzas los “modelos” de la zona, a la hora de pretender aplicarlos aquí.

Para empezar, corresponde hacerlo por Argentina, ya que su realidad es la que tiene más impacto mediático en nuestro país y en sus tomadores de decisión. No hace falta explicar mucho para afirmar que Argentina se encuentra hoy atravesando una crisis económica y social lacerante. El desempleo por las nubes, la inflación desbocada y entre las cinco más altas del mundo, la moneda local implotada y sin que nadie le tenga un mínimo de confianza. Por no hablar de las cifras de pobreza y exclusión.

El problema de Argentina no es nuevo. Desde hace casi un siglo que ese país viene, con algunos sobresaltos, marcando una trayectoria descendente en todos sus índices económicos y sociales. Y padeciendo más o menos cada 10 años, una explosión financiera que solo agrava su situación. Sin embargo, debido a intereses políticos locales, la visión sobre lo que pasa en Argentina se ha enturbiado mucho en nuestro país últimamente.

Al punto que pareciera que los vecinos vivían en un paraíso terrenal bajo el kirchnerismo, y que fue la “ortodoxia macrista”, la que lo hundió. Esto no puede ser más falso. Argentina bajo los kirchner, sobre todo bajo el gobierno de Cristina, era un caos total. Con desequilibrios económicos y políticos propios de un país subsahariano, que solo eran disimulados por un insostenible esquema de reparto de dinero público, y la manipulación de las cifras oficiales. Por algo perdió las elecciones.

El pecado de Macri fue no ser claro con la herencia recibida, y no ser contundente a la hora enderezar las cuentas y cortar con el chorro de un asistencialismo falluto, que más que ayudar a los necesitados, se usa como combustible para la peor clase de política.

Lo que viene ahora, parece aplastar cualquier dosis de optimismo. Las medidas que anunció el “Fernández más reciente”, a decir de Zitarrosa, solo prometen más proteccionismo, un país más cerrado al mundo, con la potenciación de todos los vicios de la peor política prebendaria. De ahí, nada que esperar.

Del otro lado del mapa, el panorama no puede ser más distinto. Si dejamos de lado las exuberancias dialécticas y el escaso republicanismo del presidente Bolsonaro, el proceso que está viviendo Brasil parece llevarlo por el buen camino. Todos los indicadores financieros del país se muestran francamente positivos, el ministro de Economía, Paulo Guedes ha logrado salir del ruido de su jefe para impulsar una serie de reformas verdaderamente profundas del sector público en su país, desde la seguridad social hasta lo tributario. Además ha dado señales claras a los sectores productivos de que si bien deberán abrirse al mundo y estar en condiciones de competir, serán respetados y sus márgenes de ganancia no serán objeto ni de confiscación, ni de miradas resentidas.

Estas medidas ya están mostrando resultados. Al punto que esta misma semana, el diario O Globo, que ha tenido enormes conflictos con este gobierno de Bolsonaro, informaba en tapa que la construcción civil prevé crecer por encima del 3% este año, creando más de 150 mil puestos de trabajo.

Acá también hay que separar la paja del trigo. Porque durante nuestra campaña se dijo hasta el cansancio, que Brasil era un incendio por culpa del “neoliberalismo”. También una mentira flagrante. Brasil fue hundido en la peor crisis de su historia por el gobierno del PT. Y no fue solo una crisis financiera, fue una crisis moral, que incluyó el esquema de corrupción más masivo que se haya visto en el continente. Desde el cambio de gobierno, primero con Temer y ahora con Bolsonaro, la cosa se ha estabilizado, y ahora parece apuntar a una explosión, pero positiva. En este verano que muchos uruguayos visitarán ese país, la información que vendrá no dejará lugar a dudas.

El panorama parece cristalino. Y la elección que tomaron los uruguayos en la urnas parece responder a una lectura en consecuencia. Lo que falta ahora es que las fuerzas que operan en el debate público se encolumnen para apoyar la línea que, a esta altura no hay dudas, hace falta seguir para salir del estancamiento.

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