EDITORIAL

Una lección de democracia

El mundo va a extrañar al presidente Obama. Esto se ve claro cuando se analiza el perfil de quienes aspiran a sucederlo. Pero queda aun más en evidencia cuando se observa la manera en que manejó su visita a Cuba.

La elegancia y sutileza con la que puso contra las cuerdas a la cúpula decrépita que reina en la isla. Y la lección de democracia que entregó a los cubanos, aprovechando el discurso oficial desde el teatro Alicia Alonso de La Habana.

Vale la pena ver el video del discurso, 48 minutos disponibles en internet, para tener una impresión más vívida del acontecimiento. La ambientación un tanto decadente del teatro, la ansiedad previa de los espectadores, entretenidos con la banda de sonido oficial del siempre chispeante Silvio Rodríguez. La llegada de Raúl Castro y su séquito, recibidos con aplausos forzados, y el contraste con la irrupción de un juvenil Obama, derrochando swing, hablando en un español aceptable, reivindicando a Miami, a Celia Cruz, a Gloria Estefan. Pero, sobre todo, la tibieza e incredulidad que marcó la reacción de muchos asistentes cuando el presidente estadounidense empezó a hablar de democracia, de libertad, de tolerar al que piensa diferente...

En general fue un discurso memorable. Pero vale la pena destacar algunos párrafos, que en el fragor de la noticia, y sobre todo por el terrible atentado terrorista que ocurrió minutos antes en Bélgica, puedan haber quedado opacados.

"Como presidente de los Estados Unidos, he exhortado a nuestro Congreso a levantar el embargo. Es una carga obsoleta contra el pueblo cubano. Pero incluso si se levantara el embargo mañana, los cubanos no se darían cuenta de su potencial sin una continuidad de los cambios aquí en Cuba". "Debiera ser más fácil abrir un negocio aquí en Cuba". "Dos monedas no deben separar el tipo de salarios que los cubanos puedan ganar. Internet debe estar disponible en toda la isla, para que los cubanos puedan conectarse con el resto del mundo". "En el siglo XXI la prosperidad depende de la educación, la salud, y la protección del medio ambiente. Pero también depende del intercambio libre y abierto de ideas. Si uno no puede acceder a la información en línea, si no puede estar expuesto a diferentes puntos de vista, no alcanzará su máximo potencial".

Estos conceptos emitidos por Obama, parecen obvios para cualquiera. Pero viendo incredulidad de los asistentes, la cara de piedra de Raúl Castro, y los aplausos incomodos de la gente, es claro que para muchos de ellos eran toda una novedad. Pero lo que vino luego fue todavía más impactante.

"Después de haber eliminado la sombra de la historia de nuestra relación, debo hablar con honradez acerca de las cosas que nosotros, como estadounidenses, creemos". "Creo que los ciudadanos deben tener la libertad de decir lo que piensan sin miedo, de organizarse y criticar a su gobierno, y de protestar pacíficamente; y que el estado de derecho no debe incluir detenciones arbitrarias de las personas que ejercen esos derechos. Creo que cada persona debe tener la libertad de practicar su religión en paz y en público. Y, sí, creo que los electores deben poder elegir a sus gobiernos en elecciones libres y democráticas".

"En 1959, el año en que mi padre se trasladó a Estados Unidos, en muchos estados americanos era ilegal que se casara con mi madre, que era blanca. Pero las personas se organizaron; protestaron; debatieron estos temas; desafiaron a los funcionarios del gobierno. Y debido a esas protestas, y debido a la movilización popular, es que yo puedo estar aquí hoy, un afroamericano presidente de los Estados Unidos. Que pudiéramos lograr un cambio se debió a las libertades que disfrutamos en los Estados Unidos". Para rematar la faena, Obama se dirigió directamente a Castro y le dijo "Mi visita demuestra que no tiene por qué temer una amenaza de los Estados Unidos. También estoy seguro de que no tiene por qué temer a las voces diferentes del pueblo cubano, y su capacidad de expresarse, reunirse, y votar por sus líderes". Solo le faltó decir "tire abajo ese muro" para entroncar con el histórico discurso de Reagan frente a la Puerta de Brandeburgo.

¿Cuántos cubanos habrán escuchado algo así antes? ¿Cuál puede ser el impacto de semejantes palabras ante un pueblo que hace 60 años padece miseria y es gobernado por la misma familia? El tiempo lo dirá. Pero es seguro que pase lo que pase, la visita de Obama, aunque más no sea por haber obligado a un Castro a responder sobre derechos humanos a un periodista, o haber hablado de libertad ante un pueblo que la tiene coartada hace seis décadas, será un catalizador trascendente para lo que tenga que ocurrir.

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