EDITORIAL

Izquierda sin argumentos

Así, por ejemplo, oculta que la pobreza también bajó fuertemente entre 1986 y 1994, o que no hay peor año de distribución del ingreso según el índice de Gini que en pleno gobierno de Vázquez en 2007.

¿Cómo ganó el Frente Amplio con contundencia en las últimas tres elecciones nacionales? Más allá de las distintas circunstancias del país y de candidatos concretos en 2004, 2009 y 2014, la izquierda utilizó un par de argumentos claves que le dieron buenos resultados, pero que hoy no tienen legitimidad ni validez ninguna.

El primer argumento fue el de la superioridad moral. Consiste en una actitud, un discurso y un sobreentendido esencial sobre el universo político, social y simbólico, que dan por obvio que pertenecer a la izquierda es algo naturalmente positivo y moralmente mejor que simpatizar con otros partidos políticos. Los ejemplos en este sentido abundan, pero alcanza con recordar que apenas un dirigente o figura de un partido tradicional daba el paso para acompañar al Frente Amplio, pasaba a ser considerado positivamente por la red de comentaristas, dirigentes y líderes de opinión en general pro-izquierdistas.

La justificación de semejante actitud podrá parecer algo adolescente, pero tiene grandes resultados. Por un lado, hay una especie de caricatura de hegelianismo, de uso del pequeño frenteamplista ilustrado, que fija a la izquierda en general y al Frente Amplio en particular en un lugar de privilegio. Los izquierdistas están situados, en definitiva, en el buen lado del devenir histórico, y por tanto hay una especie de razón del universo que les asegura estar en lo correcto, porque es hacia donde ellos apuntan que se desenvuelve el sentido general de la Historia.

El argumento, evidentemente, es circular: se consideran moralmente superiores porque ellos interpretan que les asiste la razón de la Historia, y eso les otorga esa superioridad. Pero a pesar de tan endeble argumentación, el pequeño izquierdista ilustrado asume con orgullo ese papel.

Por otro lado, la obviedad con la que se convencen de su superioridad moral les evita tener que poner en tela de juicio sus certezas y discutir de políticas concretas con los partidos desafiantes. En definitiva, hay una convicción dogmática de que el ser izquierdista es superior, y que por tanto defiende los verdaderos intereses populares. Le corresponde así, en esta visión de las cosas, un lugar preeminente en el gobierno del país. El que vote izquierda, en este esquema, se sentirá respaldado por esa convicción compartida, y no deberá pues cuestionarse políticas de su gobierno que hayan podido fallar aquí o allá.

El segundo argumento que la izquierda ha utilizado, sobre todo a partir de las campañas de 2009, es que el Frente Amplio ha gobernado mejor. En efecto, gracias a sus administraciones, dice esta versión de las cosas, se bajó la pobreza, se mejoró la igualdad, aumentaron el poder adquisitivo y la cantidad de trabajo, y se devolvió una especie de orgullo nacional al país. El argumento parece evidente porque en definitiva, es cierto que en estos años hubo mejoras económicas con respecto a la situación que sufrió el país con la crisis de 2002.

Sin embargo, para que la tesis funcione solo en favor del Frente Amplio, la hegemonía cultural izquierdista debe mentir de manera flagrante sobre la historia reciente.

Así, por ejemplo, oculta que la pobreza también bajó fuertemente entre 1986 y 1994, o que no hay peor año de distribución del ingreso según el índice de Gini que en pleno gobierno de Vázquez en 2007. Finalmente, con una academia adicta que no ejerce su espíritu crítico sino que participa activamente de la justificación política que favorece al gobierno izquierdista, en estos lustros prácticamente nadie contradijo esta argumentación tan utilizada por las campañas electorales del Frente Amplio.

La clave hoy es que estos dos argumentos no son más creíbles. En efecto, la superioridad moral de la izquierda, tanto por lo que ha ocurrido en la región como por la vergüenza de los episodios de corrupción del Frente Amplio en el poder, es insostenible.

No hay frenteamplista alguno que pueda seguir defendiéndola sin generar inmediatamente una carcajada en su interlocutor. Y lo de las mejoras económicas gracias a la izquierda en el poder está puesto seriamente en tela de juicio por la realidad del país: mayor desempleo, menor nivel de actividad, problemas de endeudamiento y rentabilidad gravísimos y, sobre todo, pérdida general del poder adquisitivo.

El problema del Frente Amplio hoy no es solamente que sus tres figuras históricas, Astori, Mujica y Vázquez, ronden los 80 años de edad. Su problema también y sobre todo, es que nadie cree ya en sus dos principales argumentos electorales de todos estos años.

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