EDITORIAL
diario El País

La isla de Punta Gorda

Nuestro debate discurre entre los temas de la mayor relevancia, como la inserción internacional o la reforma del sistema de seguridad social, a otros francamente absurdos.

Como si Federico Valverde se agachó intencionalmente o no en la foto con el Presidente de la República en el último partido de la selección nacional. Quizá, en el medio, se encuentre otro que ha concitado pasiones en los últimos días, el proyecto para construir una isla artificial de edificios frente a la costa de Punta Gorda en Montevideo.

El debate sobre este proyecto, más que su relevancia intrínseca dado que no sabemos si finalmente se obtendrán los fondos necesarios para llevarlo adelante, dice mucho sobre nuestro país, su idiosincrasia y el conservadurismo vernáculo. En primer lugar, vale señalar que es positivo que existan emprendedores que planteen este tipo de iniciativas. Es el empuje de los empresarios con visión lo que hace progresar a las sociedades, mucho más que las críticas de los intelectuales de escritorio contra el capitalismo, el consumismo y todo aquello que no entienden y les molesta.

En segundo lugar, no puede ni debe despreciarse de un plumazo un proyecto de inversión de 2.300 millones de dólares que generaría unos 4.500 puestos de trabajo. Si el proyecto arquitectónico o urbanístico genera algunos reparos, o directamente su rechazo, se puede conversar con quienes presentan la iniciativa privada, sugerirles cambios, otra zona, o lo que fuere, pero buscando encontrar el punto de acuerdo entre lo público y lo privado que permita concretar una inversión de esa magnitud. Si llegado el caso el proyecto debe rechazarse in totum, perfecto, pero deben existir instancias que permitan compatibilizar los distintos intereses en juego si eso es posible.

En tercer lugar, los argumentos esgrimidos para rechazarlo son de cuarta. El de la intendente Carolina Cosse, por ejemplo, de que llevaría a vaciar otras zonas de la ciudad es improcedente. Si hay empresas que preferirían instalarse en esa isla en vez de en la Ciudad Vieja, es porque la Intendencia ha dejado venir abajo el casco histórico de nuestra capital, es una mugre permanente y no existen lugares para estacionar. Seguramente, por su valor en cuanto al patrimonio histórico y su localización, si esa zona, como otras dejadas a la buena de Dios, recibieran la atención que merecen no sería necesario retener a las personas porque no tienen otras alternativas. Es una mentalidad tremendamente mediocre la que procura conservar el status quo al impedir que surjan nuevas opciones que den más libertad a las personas.

Esa mentalidad es la que explica por qué hace tantas décadas que no hay una obra importante en Montevideo, porque nuestra infraestructura es la que se construyó en la década de 1930, 40 y 50.

En cuarto lugar, el rechazo indignado de algunos arquitectos y urbanistas hace acordar al de los médicos que querían encerrar a todo el mundo en la pandemia, y aún hoy reclaman más medidas restrictivas. Cuando se ve la realidad desde la óptica sesgada de una especialidad se pierde la complejidad de la realidad. El proyecto en sí puede ser bueno o malo, al autor el asunto le escapa, pero antes de rechazarlo por cuestiones estéticas deben analizarse muchas otras variables económicas, sociales y ambientales, entre otras.

En quinto lugar, y quizá lo más penoso, es el conservadurismo que demuestran las reacciones a la ya célebre isla proyectada. La tristísima escena de un uruguayo descartando el proyecto porque no es para Montevideo, o no es para Uruguay solo necesita como telón de fondo el ruido de la bombilla cuando se acaba el agua del mate. ¡Cuánta falta de iniciativa nos domina! ¡Cuánto rechazo a lo nuevo por el mero hecho de ser nuevo!

Esa mentalidad es la que explica por qué hace tantas décadas que no hay una obra importante en Montevideo, porque nuestra infraestructura es la que se construyó en la década de 1930, 40 y 50, con escasos cambios, y porqué cada día vivimos en una ciudad con peor tránsito, más sucia y más fragmentada.

Hace tiempo que nos negamos a soñar, y así vamos descartando porque no es para nosotros tener un metro, un tren rápido, una autopista o siquiera un paso a nivel. A demasiada gente le gusta chapotear en la mediocridad, mirando al suelo por miedo a encandilarse con el sol. Así no se progresa, así no se construyeron las grandes capitales del mundo y así no fue que Montevideo supo ser pionera en tantos temas en el continente gracias al empuje de empresarios y gobernantes más audaces. El proyecto en sí seguramente quedará por el camino, quizá sea malo, incluso quizá nunca se hubieran juntado los capitales necesarios para llevarlo adelante, pero lo más preocupante es como nos paramos ante un futuro que hace rato que ya no nos espera.

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