Editorial

La intención no alcanza

No hacía falta la confesión. Pero en un gesto que lo ennoblece, el secretario de Derechos Humanos de Presidencia, Javier Miranda, reconoció esta semana serios errores del gobierno a la hora de gestionar la llegada de refugiados sirios al país.

"La experiencia de convivencia en el Hogar San José no fue buena, creo que ahí cometimos algunos errores y lo asumo porque ahí hay buena parte de responsabilidad porque se nos advirtió desde el Estado sueco", señaló Miranda. También reconoció que el país no tiene gente suficiente capacitada en el idioma, y que la llegada de un nuevo grupo de sirios ha quedado suspendida hasta que se mejoren los mecanismos de coordinación y se logre una selección más apropiada a lo que puede ofrecer el país.

Es feo decirlo a esta altura, pero lo que cuenta Miranda había sido advertido por casi todo el Uruguay al gobierno anterior, cuando se embarcó en esta aventura temeraria. Y también fue lo que informaron los medios de prensa a medida que se iban conociendo detalles del proceso de adaptación de los sirios, ante lo cual solo recibieron agravios y ataques de parte de los jerarcas de la administración Mujica. No de Miranda, vale la pena hacer la salvedad.

Es que todo el proceso de llegada de los refugiados sirios fue la muestra más extrema del voluntarismo que marcó a la administración anterior. Enceguecido por su protagonismo global, por un núcleo íntimo que le llenó la cabeza con su chance de obtener un Premio Nobel, Mujica metió al país en un entuerto que no podía traer nada bueno. Ni para la sociedad uruguaya, a la que se le mentó su tan promocionada (y a veces tan exagerada) vocación solidaria, ni para los pobres refugiados, que vinieron pensando que se mudaban a una especie de Escandinavia sudamericana, y debieron toparse de lleno con una gestión chapucera, artesanal, con pocos recursos y menos ideas, de cómo hacer bien esa tarea.

Tirados en un país ajeno, con una cultura radicalmente distinta y sin ninguna preparación para recibirlos. Un país que tiene serias dificultades para integrar a un porcentaje cada vez mayor de personas que en su propio seno viven en condiciones de extrema marginalidad, incluso después de una década de vacas gordas, pero cuyo presidente creyó que podía dedicarse alegremente a dar lecciones de humanidad al resto del planeta.

Como si agarrar a un grupo de gente y trasplantarlos con sus familias al otro extremo del mundo fuera una tarea sencilla, un "pim, pam, pum", como gusta decir el ex Presidente. Que cuando vio que las cosas salían mal, encima culpó a los pobres refugiados por cosas espantosas como ser "clase media", o tener gusto por internet.

Un proceso muy parecido al vivido con los presos de Guantánamo, o con tantos otros proyectos, desde el emprendimiento de Aratirí, hasta el Puerto de Aguas Profundas de Rocha. Basta recordar la imagen de Mujica exhibiendo un viejo mapa de Ancap a su colega Vladimir Putin, con el objetivo de "venderle" el proyecto, para que un sentimiento frío de vergüenza ajena corra por la espalda de cualquier persona con dignidad. Algo parecido debe haber sentido su correligionario y sucesor, Tabaré Vázquez, que apenas asumió la presidencia se ha dedicado a mandar al freezer varias de estas iniciativas afiebradas y carentes de todo realismo. Aunque lo de los sirios parece que continúa. Casi tan chocante como la falta de un plan concreto y realista para la integración de estos refugiados, fue la promoción que se hizo de su arribo. No había ministro que se tomara fotos con los recién llegados, a poner expresión de magnanimidad, y mostrarse indignado con cualquiera que advirtiera problemas. Justo en plena campaña electoral.

Muchos países de la región y de otras partes del mundo recibieron en este tiempo a muchos más refugiados sirios que Uruguay, y en ningún caso se hizo un manejo tan desprolijo y maniqueo de esa solidaridad. Es más, muchos de esos "países ricos" a los que suele afear Mujica cada vez que tiene oportunidad, tienen programas de este tipo funcionando hace décadas, saben bien lo que hacen, y sin dudas deben haber estado dispuestos a apoyar a Uruguay. Vaya uno a saber porqué no se les prestó atención.

La lección que hay que sacar de todo esto es bien clara. La política, la solidaridad bien entendida, no son productos de empujes voluntaristas. La vida humana no funciona como los zapallos que "se acomodan en el carro". Se requiere profesionalismo, trabajo silencioso y estudio profundo de las cosas, para lograr resultados beneficiosos. Por las buenas o por las malas, eso se termina aprendiendo.

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