EDITORIAL

Intelectuales y comunistas

El recuerdo del viaje de cinco intelectuales comunistas uruguayos a Moscú en los años 50 con elogios a Stalin y al régimen confirma la ceguera de quienes se guían por prejuicios ideológicos.

El deslumbramiento ante el comunismo y los líderes soviéticos fue un fenómeno común entre intelectuales latinoamericanos cuya ideología les impidió ver la cruda realidad que había detrás de la fachada de la que entonces era la segunda potencia mundial. Uruguay no escapó a ese proceso como lo recordó un reciente artículo periodístico al reseñar el viaje a la Unión Soviética en 1951 de cinco comunistas uruguayos que volvieron maravillados por los logros del régimen conducido por José Stalin.

Lo llamativo del caso es que los viajeros eran hombres educados e inteligentes, con capacidad para discernir entre el bien y el mal. Sólo los prejuicios ideológicos pueden explicar que ninguno de ellos haya denunciado o al menos sugerido la existencia de llagas en el sistema, sus injusticias, la ausencia de libertades y el horror de los Gulag atestados de prisioneros políticos. Por el contrario, retornaron de Moscú convencidos de que allí estaba el futuro y dispuestos a luchar para que Uruguay se pareciera lo más posible a ese país que tomaron de modelo.

Uno de ellos, el ingeniero José Luis Massera, un matemático de renombre internacional, declaró a su llegada que "lo más hermoso que he visto allí es el hombre, el hombre soviético". Similares elogios volcaron Jesualdo Sosa, maestro y celebrado escritor de obras infantiles, así como el consagrado director teatral Atahualpa del Cioppo. Todos con sólida formación, pero obnubilados por la utopía comunista, el mantra de la lucha de clases y el espejismo del triunfo final del proletariado como solución a todos los problemas.

Cuando hicieron esa gira a comienzos de los años 50 los síntomas de descomposición de la bárbara tiranía de Stalin eran visibles. El dictador estaba enfermo, obsesionado con "purgar" a sus enemigos, rodeado de corruptos y conspiradores. Decenas de millones de rusos habían muerto en décadas anteriores víctimas de las prácticas de ingeniería social ideadas por el régimen que causaron terribles hambrunas, cuando no la deportación de masas de campesinos a los helados territorios del norte. Sobreviviendo a la penuria la población sufría carencias de productos y servicios elementales, algo que los viajeros no vieron, fascinados con el nuevo Metro de Moscú o con las imponentes paradas militares que describieron luego a sus camaradas uruguayos.

Al volver ratificaron el "cariño entrañable al generalísimo Stalin que para el hombre soviético, cualquiera sea la esfera donde prodiga sus esfuerzos, es sinónimo de victoria y felicidad". Así se expresaba un miembro de aquel quinteto, el periodista Alejandro Laureiro, indiferente ante la condición tiránica del admirado caudillo comunista cuyos crímenes empezarían a develarse apenas un lustro después cuando Nikita Kruschev los denunció, para iniciar el proceso de "desestalinización" de la Unión Soviética y el cambio de rumbo para aliviar el drama de quienes vivían tras la Cortina de Hierro.

Ni Laureiro ni los otros podía alegar total ignorancia de lo que realmente sucedía en aquel país pues las denuncias contra los males del estalinismo procedían no solo de la derecha sino también de la izquierda. Este último era el caso de Emilio Frugoni, líder histórico de los socialistas uruguayos, quien había sido nuestro embajador en Moscú en los años 40 y que escribió un libro con graves acusaciones contra el régimen comunista. Ese libro, "La esfinge roja", estaba lo suficientemente difundido como para que aquellos cultivados viajeros lo desconocieran. Empero, ninguno de ellos respaldó las críticas de Frugoni en una actitud de servilismo ideológico frecuente entre los intelectuales comunistas de la época.

Tan frecuente eran que muchos recuerdan todavía una conferencia del pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, comunista convencido, quien al regresar de Moscú relató la entrevista que mantuvo mano a mano con el dictador. Uno de sus oyentes, asombrado por la fluidez del diálogo que describía Siqueiros, le preguntó si se comunicaban gracias a los servicios de un intérprete. Fue entonces que el pintor dio una respuesta histórica: "hablamos en español directamente porque el padrecito Stalin es tan grande que puede comunicarse en todos los idiomas".

Hasta ese punto se cegaban los intelectuales comunistas de aquel tiempo. Sus antiparras ideológicas —o su conveniencia política y personal— les impedían ver la realidad. Algo que hoy les sucede a los iluminados que todavía defienden a capa y espada a la "revolución" bolivariana encabezada por Nicolás Maduro o a la sempiterna dinastía comunista de Cuba que llegó en 1959 de la mano del fallecido Fidel, pero aún sigue con su hermano Raúl.

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