Editorial

Los indignados uruguayos

“El ADN leninista del Frente Amplio impide aceptar la voluntad de entendimiento de Un Solo Uruguay: ha visto en ese movimiento, por el contrario, conjuras latifundistas y secretas conspiraciones opositoras”.

Cada pueblo expresa de forma particular sus alegrías y tristezas, sus aciertos y reproches. Lo que viene ocurriendo con el movimiento Un Solo Uruguay desde enero de 2017 forma parte de la mejor manera oriental y criolla de expresar el hartazgo ciudadano.

Argentina es diferente. Allí la movilización que cuenta es la de la calle, la gente en la plaza o la presión social, muchas veces vinculada a cierta violencia urbana difícil de canalizar. Brasil tiene también su propia manera de decir las cosas, con una democratización reciente y con un auge de clases medias que se tradujeron desde 2014 en enormes manifestaciones por todo el país urbano, y en un voto reciente completamente rupturista con respecto a todas sus opciones políticas desde 1985. Más lejos y en Francia, por ejemplo, que hace semanas se manifiesta con sus "chalecos amarillos", importa mucho la simbología, que lleva más de dos siglos, respecto al enojo de un pueblo movilizado, capaz de grandes revoluciones y que arremete contra el poder establecido.

Lo mejor del Uruguay cree en la manifestación pacífica, en el diálogo conjunto para convencer sobre el cambio de rumbo, y en cierta altura y civilización que expresen el disenso con firmeza sí, pero con respeto también por quien piensa distinto. Todo eso es consecuencia, claro está, de nuestra fuerte democratización del siglo XX, hecha por blancos y colorados. Y, por cierto, todo eso ha sido puesto en tela de juicio por gran parte de la izquierda que, como en aquel vergonzoso "no sea nabo, Néber" de Mujica, cree en la superioridad moral de su visión de país.

El movimiento Un Solo Uruguay refleja ese mejor ADN nacional, histórico y civilizado. Con inteligencia y mesura, en 2017, reunió a decenas de miles de uruguayos y planteó diagnósticos fundados de porqué había que cambiar ciertas políticas públicas. Inclusivo, dejó que participara todo aquel que quisiera, sin importar el voto previo o la simpatía política, ni el origen social o la situación económica. Se congregaron pues las amplias clases medias, sobre todo del Interior del país, que expresaron así su calma indignación frente a una situación sobre la que, por cierto, las gremiales rurales más críticas ya venían advirtiendo al menos desde 2013.

Esa calma, esa voluntad de diálogo y cambio, ese sentir oriental de que todos formamos parte de un mismo país y que la salida a este callejón de dificultades tiene que encontrarse entre todos, fueron denostados por la izquierda. Es que el ADN leninista del Frente Amplio impide aceptar la voluntad de entendimiento de Un Solo Uruguay: ha visto en ese movimiento, por el contrario, conjuras latifundistas y secretas conspiraciones opositoras para perjudicar a las fuerzas populares que, en cada comité de base, el frenteamplismo se dice a sí mismo que él representa.

Un Solo Uruguay se movilizó nuevamente hace unos días. Nuevamente marcó un rumbo criollo y oriental de reclamos educados y responsables. Esta vez, ya con una situación económica y financiera mucho más complicada que en 2017, mostró claramente que su reflejo de enero de 2019 tuvo, además de todo, un enorme sentido de responsabilidad política. Situado por fuera de las lógicas electorales de los partidos desafiantes, la segunda gran manifestación del movimiento vio nuevamente concurrir a las clases medias sobre todo del Interior. Estaban allí el entretejido social y económico tan numeroso que respira con la producción agropecuaria de siempre en el país, y el mundo productivo y de servicios que de alguna forma fue seducido en esta década por la impronta mujiquista, pero que hoy, claramente, está decepcionado de un gobierno que no entiende ni sus planteos, ni sus necesidades, ni sus urgencias.

El movimiento de indignados criollos que es Un Solo Uruguay no tiene interés en fijar consignas de voto para las elecciones de octubre. Cada uno, libremente, como hacen los uruguayos, decidirá en quién confiar para conducir el país en los próximos años. A pesar de ello, es claro que lo que este movimiento está mostrando son matices de decepción, cansancio y hartazgo de la gente con un gobierno nacional (y muchos departamentales) que, en vez de estar al servicio del mundo productivo, lo embrollan con burocracia, clientelismo y pésimas políticas públicas.

El éxito y la forma en la que ha actuado Un Solo Uruguay es la muestra más clara de que habrá un cambio político en este 2019 y que provendrá antes que nada de las amplias clases medias del Interior del país. Un cambio esperanzador que reflejará lo mejor del Uruguay.

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