EDITORIAL
diario El País

La igualdad y el panfleto

El discurso del presidente de la Asociación Rural, Gabriel Capurro, generó una tormenta política. En general estos discursos, si son buenos, siempre generan debate y polémica.

Y los de Capurro, con un tono muy pausado y dialogante, se han prestado para abordar conceptos a los cuales por lo general los políticos disparan. De hecho, la razón de ser de organizaciones como la ARU, es justamente esa: tener libertad para plantear debates profundos.

Y vaya si lo es el debate planteado por Capurro en esta ocasión, ya que se centró en la pobreza y la desigualdad.

“El problema más importante y el primero a solucionar en el Uruguay de hoy es la pobreza”, afirmó el presidente de la ARU. Una inquietud meritoria, y un planteo indiscutible. Meritoria, porque esa Asociación expresa que le preocupan cosas que van más allá de su giro inmediato de negocio. Indiscutible, porque los últimos estudios revelan que antes de la pandemia ya había medio millón de uruguayos en la pobreza.

Capurro dijo algo que es obvio para cualquiera que recorra el país. Pese a 15 años de crecimiento sostenido de la economía, y a tres gobiernos que implementaron políticas supuestamente destinadas a privilegiar a los más pobres, la cosa sigue mal. Un país como Uruguay, no puede tener ese nivel de pobreza.

Paso siguiente, el presidente de la ARU se metió a fondo en el pantano conceptual, al afirmar que “aunque todos podemos estar de acuerdo en que la desigualdad extrema no es deseable, la realidad es que la desigualdad de ingresos va a existir siempre por la propia naturaleza humana y es justo que así sea”. Y añadió: “Las personas somos todas distintas, y por lo tanto los ingresos no pueden ni deben ser iguales”.

Esta fue la frase que generó la tormenta, ya que varios dirigentes del Frente Amplio, algunos por ignorancia, otros por ser víctimas de preconceptos muy arraigados, y no pocos por mala fe, quisieron ver allí una especie de loa a la desigualdad por sí misma. O incluso, una actitud repudiable ya que un “estanciero”, que seguramente heredó su “fortuna”, se pondría a pontificar sobre el esfuerzo y el mérito como armas de progreso.

Si queremos reducir la pobreza, y darle mejores condiciones de vida a los uruguayos, eso no se logra poniendo un techo a los que más empujan, o a los mejor adaptados a las condiciones actuales.

La realidad está muy lejos de todo eso. Lo que menciona Capurro, y aclaró luego en varias notas, es que la desigualdad existe y existió en todas las formas de organización social, en el tramo final de la línea evolutiva individual. Todos sabemos que (por la razón que se quiera) no todos tiramos igual del carro, no todos tenemos las mismas capacidades, no todos aportamos de igual forma a los requerimientos de la gente. Y por eso es lógico que la sociedad, a través del mercado en el caso del capitalismo, retribuya de manera diferente a cada uno. Lo injusto sería lo contrario.

Esto se suele confundir con la igualdad de inicio, donde sí un ideal sería que todos comenzáramos con las mismas chances y herramientas. Algo de lo que todavía estamos demasiado lejos, pese a que sabemos que la educación, una organización social horizontal y abierta, son armas clave para lograrlo.

Las deficiencias en comprensión en este rubro se deben a dos cosas. Primero, el daño trágico de un concepto marxista como el de la teoría del valor, o la plusvalía, que han hecho creer a mucha gente que la riqueza es un suma cero donde lo que gana uno, se debe inexorablemente a lo que pierde otro. Por eso algunos creen que la solución al problema de la pobreza es frenar el progreso de unos, para emparejar. Cientos de experimentos se han hecho políticamente en la historia en este sentido, ninguno logró reducir la pobreza por frenar la riqueza. Y si no, pregúntele a cualquier migrante venezolano que se cruce por la calle.

El segundo error, muy vinculado al previo, es creer que la igualad es positiva per se. Por ejemplo, según el índice Gini que mide la desigualdad de ingresos, Francia y Mauritania tienen casi el mismo nivel de igualdad. Lo mismo que Canadá y Burundi. ¿Significa que da igual nacer en cualquiera de esos países? Claro que no. Porque el francés o el canadiense más pobre, vive mejor y tiene mejores oportunidades de progreso, que el más rico de cualquiera de esos países africanos. Donde la igualdad se debe a que todos tienen un nivel de vida más bajo, toda la sociedad es más igualitaria en su pobreza.

Esta es la clave del asunto. Si queremos reducir la pobreza, y darle mejores condiciones de vida a los uruguayos, eso no se logra poniendo un techo a los que más empujan, o a los mejor adaptados a las condiciones actuales. Sino apoyándolos, haciendo que su esfuerzo sea el que lo lleve a elevar su calidad de vida. Ese es el verdadero progreso. Esa es la verdadera solidaridad.

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