EDITORIAL

Ideología y mala fe

La discusión política en Uruguay por momentos es muy tóxica. Sobre todo cuando se aborda el tema del rol que debe tener el Estado en la sociedad.

Desde sectores "de izquierda" se suele defender esa intervención al extremo con un argumento implacable: se hace por motivos ideológicos y quien no acepta ingresar en ese debate es porque no tiene sustento conceptual o es un neoliberal tapado.

La verdad es que las ideologías siguen muy vigentes, y su debate es necesario e interesante. Pero tampoco se puede confundir ideología con religión, y hay cosas que no deberían ni siquiera estar en la mesa de discusión, ya que la experiencia acumulada ha dado material de sobra para saber qué funciona y qué no. Y en materia de intervención estatal excesiva en la vida económica de un país, es sabido que tiende a generar burocracias improductivas, regulaciones asfixiantes, derroche de recursos públicos y, de manera inexorable, pobreza y pérdida de libertad en la gente.

Es curioso que dos temas que tienen este trasfondo hayan ocupado los titulares de prensa estos días: la crisis de Ancap, y la molestia de algunos dirigentes del MPP contra la Teletón. En ambos casos, el rol del Estado se encuentra en cuestión. Y en ambos casos se quiere poner como argumento definitivo para terminar todo debate, que hay una supuesta raíz ideológica que hace que algunos tengan derecho a defender que una empresa pública haga inversiones sin importar montos ni formas, o a molestarse porque una norma legal habilite a empresas a derivar parte de lo que deberían pagar de impuestos, a causas benéficas.

Aquí, como decíamos, se corre el riesgo de confundir ideología con religión. O directamente con mala fe. Al parecer, según el expresidente Mujica y varios miembros de su claque política, el hecho de que una mayoría de la población haya votado a un gobierno "de izquierda", o haya rechazado un plebiscito sobre las empresas públicas hace 20 años, vuelve justificable que las autoridades de Ancap hayan dejado la empresa en la ruina. O que nada menos que el presidente de la Cámara de Diputados tire sombras sobre los manejos de la Teletón, porque preferiría que esa plata ingresara a las arcas del Estado, y que fuera este quien decidiera el mejor destino a darle.

Este debate ocurre justo en la misma semana en que se cumplen exactamente 24 años del derrumbe del mayor experimento estatizante de la historia de la humanidad: el imperio construido por la Unión Soviética. Fue justo por estas fechas de diciembre de 1991 que esa construcción ideológica y política, que supo extender su cortina de hierro por media Europa, buena parte de Asia y África, y algún país de América Latina, se desmoronó como un castillo de naipes víctima de sus propias contradicciones. Y rompiendo un paradigma ideológico que todavía tiene sin consuelo a un porcentaje significativo de dirigentes del actual oficialismo uruguayo.

Estos dirigentes y su entorno de opinólogos parece que no hubieran leído historia, o no quisieran aprender de sus lecciones. Si algo causó esa debacle del modelo fue justamente el rol exacerbado y aplastante del Estado, de la planificación centralizada de ese imperio.

Ese peso estatal hacía que, por un lado, las autoridades no pudieran tomar las decisiones vitales para la marcha de la economía de un país con la velocidad y precisión adecuada, ya que no podían competir con un sistema descentralizado como el mercado, donde las opciones son tomadas a nivel del ciudadano. Ese mercado que tanto demonizan, demostró entonces ser mil veces superior a una conducción centralizada. Además quedó demostrado que el ser humano no es una hormiga dispuesta a enterrar sus apetencias y ambiciones personales en aras de un supuesto bien superior común. Y experimentos de adoctrinamiento que fueron desde los "pioneritos" cubanos, a los campos de reeducación de Pol Pot fracasaron criminalmente.

La caída del comunismo no fue el "fin de la historia" ni nada parecido. Pero sí dejó lecciones que a casi un cuarto de siglo deberían evitar volver a discutir cosas absurdas que no tienen sustento alguno. El sistema liberal capitalista que impuso occidente, con su esquema de sostén en el impulso privado, en la libertad económica, en la competencia sana y el desarrollo tecnológico, demostró ser el más efectivo para lograr mejorar el nivel de vida de la gente. Se podrá discutir pequeños márgenes de mayor o menor intervención estatal a la hora de regular y marcar límites. Pero seguir defendiendo al Estado como el gran instrumento hegemónico a la hora de organizar una sociedad, no es ideología; es ignorancia o mala fe.

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