EDITORIAL
diario El País

Las ideas de los blancos

Uno de los conceptos más tontos que ha dado el análisis de nuestros partidos políticos es la división de partidos populares por un lado y partidos de ideas por el otro.

La categorización pretendía mostrar la especificidad de los partidos de izquierda que se fueron formando en el siglo XX. Haciendo hincapié en el peso de las ideas, en el sentido de la historia que traían consigo, en la visión de la lucha de clases con la que entendían el progreso de la humanidad, y en otros tantos conceptos muchas veces heredados del marxismo europeo, se los quiso diferenciar del Partido Nacional y del Partido Colorado estableciendo el criterio de “partidos de ideas”. De alguna forma, ese señalamiento característico de los partidos izquierdistas que fueron votados solo por ínfimas minorías hasta finales de la década del 60 del siglo XX, venía a dar cierto prestigio a esas colectividades políticas: no tenían muchos votos, como los blancos y los colorados, pero sí tenían muchas ideas.

A medida que el Uruguay fue hundiéndose en la crisis económica y social de los años sesenta, resultó que la distinción que pretendía favorecer en las ideas a los partidos de izquierda se leyó además con ojos críticos hacia los partidos tradicionales. En efecto, el asunto no era solamente que los de izquierda tenían ideas, sino que parecía que al mismo tiempo los blancos y los colorados carecían de ellas: las críticas feroces hacia las colectividades tradicionales hicieron creer que se trataba simplemente de sectores acomodaticios, que utilizaban el Estado en favor de sus prebendas y clientelismos, y que, en definitiva, la dura coyuntura que atravesaba el país era una consecuencia clara de que estaban tan llenos de votos como faltos de ideas.

La riqueza conceptual y política blancos y colorados construyó en el siglo XX un país excepcional en el continente y una democracia ejemplar en el mundo. Un nuevo libro deja en claro la sandez de creer que los blancos son una colectividad política que no es un partido de ideas.

Esa malhadada categorización golpeó sobre todo al Partido Nacional. Asociado al Interior y vinculado a la producción agropecuaria, la mitología urbana izquierdista quiso hacer de la adhesión a los blancos un sentimiento primitivo que encarnaba el atraso social y cultural propio de gentes bárbaras y rurales: podrá parecer una descripción caricaturesca, pero eso fue lo que siempre estuvo atrás del desprecio con el cual se señalaba que los blancos no formaban un “partido de ideas”.

El tema es que toda la interpretación partidos de ideas-partidos populares, que formó a tantos izquierdistas universitarios filo-frenteamplistas, es una gran mentira histórica. En efecto, la enorme riqueza conceptual y política de los blancos y de los colorados fue la que construyó a lo largo del siglo XX un país excepcional en el continente y una democracia ejemplar en el mundo.

Faltaba, sin embargo, un libro que dejara muy en claro ese sustento intelectual amplio y profundo para el caso del Partido Nacional. Y esa ha sido la tarea encomiable que acaba de terminar Daniel Corbo con la publicación de un libro que será referencia ineludible en la historia del pensamiento político del país: “Historia del pensamiento político del Partido Nacional 1836-1990”. Es un libro exhaustivo, erudito, profundo en sus raíces y amplio en sus conceptos, y que deja indirectamente muy en claro la hondura de la sandez impar que implica creer que para el caso del Partido Nacional se está ante una colectividad política que no es un partido de ideas.

El libro de Corbo tiene un hilo conductor histórico que se inicia con Oribe y termina en la presidencia de Lacalle Herrera. Pero esa presentación es una simple ayuda cronológica para el lector, porque lo que en verdad allí se presentan son las bases políticas y filosóficas de un partido que siempre tuvo claro cuál es el sino de su misión y el sentido de su identidad: servir y custodiar la Libertad y la Nación.

La cita de textos históricos se da la mano con el análisis avezado y con las referencias a teóricos políticos y filosóficos de primer nivel internacional, de forma de dejar en claro que hay un antes y un después de la publicación de este libro en el análisis del pensamiento del Partido Nacional.

Finalmente, debe destacarse que esta publicación llega en tiempo muy oportuno. El Uruguay vive un gobierno que es integrado por el Partido Nacional en coalición; y el presidente Lacalle Pou es un hijo político, por su itinerario y los lugares que ha ocupado en su carrera, y un hijo intelectual, por su concepción filosófica y su convencimiento del ideal de gobierno, de ese viejo Partido Nacional. La lectura de este gran libro de Corbo permite así entender mejor el rumbo actual del gobierno y los desafíos políticos que tenemos por delante. Es una muy buena noticia.

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