EDITORIAL

Huidobro, balas y traidores

El ministro Fernández Huidobro no lee El País. O eso le gusta decir. Es una pena, porque de hacerlo tal vez se habría enterado antes que de una base militar bajo su mando, alguien se llevó un camión con 20 mil balas. Y tal vez el papelón que pasó él, su subsecretario, y toda la bancada oficialista que lo respaldó a brazo enyesado, habría sido menos escandaloso.

La situación es digna de alguna serie clase B de los 80. Una base aérea en un país tercermundista, donde no funcionan las cámaras de seguridad, ni los sensores de movimiento, ni las cercas eléctricas. Donde alguien va y se lleva por la puerta principal en un gran camión, casi 20 mil municiones de alto calibre, adaptables nada menos que a fusiles AK-47, los favoritos de los narcos mexicanos que gustan llamarlos "cuernos de chivo". Que pueden perforar chalecos antibalas y vehículos blindados. Y como si fuera poco, unos días después aparecieron en una volqueta decenas de estas municiones tiradas entre restos de comida.

Pero como si esto no diera una imagen lamentable e inquietante del nivel de seguridad en las bases militares del país, resulta que la noticia saltó porque alguien pasó una carta al diputado Trobo, y porque un diario (este diario) la difundió. Lo cual muestra que los controles del Ministerio de Defensa funcionan tan bien como la seguridad de sus bases.

Según las versiones más aceptadas, estos casi mil kilos de municiones robadas de las narices de los mandos militares, habrían ido a parar a unos de los grupos de narcotraficantes más peligrosos de Brasil, el Comando Vermelho. Algo que no es noticia, ya que los medios brasileños suelen informar que buena parte de las armas que usan esos grupos vienen de Uruguay. Razón por la cual periódicamente la frontera entre ambos países aparece militarizada y bajo extremas medidas de seguridad.

En cualquier país normal, esta situación sería un escándalo nacional, y habría costado el cargo al menos a varios jerarcas. De hecho, en algunos países asiáticos ha habido suicidios de altas figuras políticas por mucho menos que esto. Pero se sabe, estamos en Uruguay, en el año 11 de la era progresista, donde ni ministros ni subsecretarios, ni altos cargos, sienten que deben demasiadas respuestas a nadie, y donde el amor propio y el sentido del honor y la responsabilidad son considerados antiguallas burguesas. Solo así se explica que ante semejante papelón, lejos de renunciar y pedir disculpas, el ministro Fernández Huidobro haya ido el otro día al Parlamento a dar lecciones de moral, a hablar de literatura renacentista, y a hacer su habitual show que por no apelar al humor negro, no llamaremos de stand up.

Pero Huidobro es un viejo conocido. Una persona con un concepto del honor, de la democracia, del valor de las instituciones, de la lealtad política, casi tan rastrero como su eficiencia para manejar un ministerio. El hecho de que buena parte de su alocución haya sido dedicada a atacar al diario El País por dejar en evidencia su enésima burrada, es una medalla más que este medio de prensa, llevará con sereno orgullo. En los casi 100 años de vida del diario, personajes bastante más significativos que Huidobro han sido feroces rivales. Hoy casi nadie los recuerda, y El País aquí sigue, haciendo su trabajo, día tras día.

Pero hay algo más inquietante que la patética performance de un señor que evidentemente ya no está para estos trotes. Y es el que da la claque de diputados oficialistas que lo respaldó con su voto, como si aquí no hubiera pasado nada.

¿Hay una mayoría en el oficialismo que cree que el hecho de que desaparezcan 20 mil balas de una base militar es algo menor? ¿Les parece razonable que todo se salde con el procesamiento de un jerarca militar de tercer orden? ¿Tienen tan poco amor propio que ante una situación así toleran que el ministro responsable vaya a tomarles el pelo y a hablar de la Divina Comedia? ¿Es ese el respeto que tiene por la gente que los votó? ¿Que les paga el sueldo? El nivel de decadencia al que las mayorías automáticas oficialistas han sumido a nuestro Parlamento debería encender una luz roja a toda la ciudadanía. Si ante un hecho como este, de esta gravedad, no se le mueve el pelo al poder del Estado que votamos para controlar al Ejecutivo, ¿para qué está?.

Lo que quedó en evidencia es que tenemos un ministro que no puede hacer su trabajo, bases militares con menos seguridad que un cajero automático, fronteras con más agujeros que un colador, jerarcas y legisladores con un concepto del honor demasiado flexible. Y que si el ministro quiere tener idea de lo que pasa en su cartera, más le vale irse consiguiendo una suscripción al diario. No pida descuentos.

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