EDITORIAL
diario El País

Huelga general

Para el jueves 17 de setiembre, a pocos días de las elecciones municipales, los líderes gremiales, hoy todos personajes ampliamente mediatizados, programaron la primera huelga general.

Es evidente que una situación de estas impuesta sobre la actividad económica de la nación, es una medida esencialmente política con la cual los directivos miden sus fuerzas y su capacidad de movilización, al tiempo que buscan imponer sus puntos de vista y sus intereses corporativos al gobierno.

A partir de marzo, a 13 días de la asunción, el nuevo gobierno se vio forzado a tomar decisiones tan graves como “apagar los motores de la actividad económica” al decir de la titular del MEC, Azucena Arbeleche, a fin de contener el ataque de una peste de alcance mundial, completamente inusitada. El Covid-19 exigió a las autoridades electas armar a toda velocidad una enorme logística sumamente onerosa, complicada e inédita, para proteger el estatus sanitario de la población. La sociedad en su conjunto se vio obligada a perder salarios, a cerrar negocios, empresas, fuentes de ingreso y recién ahora, salvo excepciones en ciertos sectores, poco a poco empiezan a dinamizarse las distintas actividades y la gente a recuperar en algo, lo perdido.

Cuando todavía se está muy lejos de sortear la tremenda crisis que inesperadamente golpeó al flamante Presidente, a su equipo de gobierno, a la coalición que lo conforma y a todos los habitantes del país, no importa del partido que sean, el deseo mayoritario es volver a trabajar y a generar recursos. Cuando lo que menos se necesita en estos momentos es arriar velas, ya que un solo día de paralización significa un agujero irrecuperable en el PBI, los promotores de esta acción sindical, así como aquellos que les hacen el juego, demuestran una lamentable falta de responsabilidad y de visión, a pesar de sus declamadas intenciones a favor del trabajador.

Una pequeña esquela como la publicada en la sección Ecos, en toda su sencillez, es por demás elocuente. Dice así; “soy sereno y el miércoles no pude entrar a trabajar a las 22 hs. porque el jueves no habría locomoción. Tampoco hoy puedo ir a trabajar, porque no tengo posibilidad de transporte; o sea que me descontarán dos días de labor. Gracias muchachos, ustedes sí que son compañeros”.

Acorralados por la pandemia igual que todos, en los primeros meses no hubo mayor actividad sindical, aunque nomás comenzar el problema, trataron de poner palos en la rueda, llamando a “cacerolear” en contra de las primeras medidas sanitarias impulsadas por el gobierno. Justo en ese momento tan crucial del comienzo de los contagios en nuestro territorio, en que el Presidente de la República debió tomar decisiones muy difíciles para enfrentar una coyuntura tan incierta como peligrosa, para la salud de los uruguayos. Mientras por otro lado, amigos compañeros, nada menos que del sindicato médico, le hacían una guerra cerrada a los planes del gobierno, creando miedo y descrédito entre las personas. Exigían que desde la Presidencia se decretaran resoluciones más extremas, como la cuarentena obligatoria, con vaticinios alarmistas de no aplicarse sus recomendaciones.

Más de medio millón de personas en pobreza y vulnerabilidad en 2019, lo cual se agrava a causa de la pandemia. No es dejando a la gente sin trabajar, con huelgas y paros, que el país podrá sortear esta encrucijada, sino poniendo todos el hombro, sindicalistas incluidos.

Finalmente, el criterioso manejo del complicado trance obtuvo tan buenos resultados, que tanto el país como el presidente Lacalle han sido destacados en la prensa mundial un día y otro, por lo que la oposición tuvo que cerrar la boca y ya nadie volvió a mencionar las críticas del primer momento. Aunque siempre se puede encontrar algo negativo con que darle al gobierno. Y el punto flaco fue el notorio aumento de gente en la calle, las ollas populares, la evidente marginalización y pobreza, a la que el gobierno y varios ministerios, empezando por el de Bienestar Social, se dedicaron a contemplar.

Pero en paralelo había una pregunta que sobrevolaba por sobre las penurias de tanta gente. ¿De dónde había salido de repente, tanta gente necesitada? ¿No era que el F.A. había conseguido bajar la pobreza drásticamente? ¿No puntuaba el Uruguay siempre alto en los estudios de organismos internacionales, algunos muy afines como la Cepal, por ejemplo, gracias a los logros obtenidos por las anteriores administraciones? El reciente informe de Ceres da la explicación. Los datos que maneja el sistema de medición del INE, basado en el nivel de ingresos no incluye a personas en condiciones de pobreza y vulnerabilidad, (acceso a servicios básicos) que sí detecta la Encuesta de Hogares. O sea que en 2019, los pobres eran medio millón en total. No es dejando a la gente sin trabajar, con huelgas y paros, que el país podrá sortear esta encrucijada, sino poniendo todos el hombro, sindicalistas incluidos.

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