EDITORIAL
diario El País

La hora de los berrinches

"No lloraron, hicieron”, decíamos en nuestro editorial de ayer, reconociendo a los impulsores de dos proyectos con gran futuro, que avanzan en el país a pesar de la pandemia, preparando nuevas oportunidades de desarrollo, apenas logremos salir de ella.

Esas tres palabras se cargan de significación en el momento actual, cuando asumen protagonismo algunos opinólogos catastrofistas que se quejan de todo, amplificados por su posición de destaque en la política o los medios.

Hemos leído desproporcionados berrinches de figuras relevantes de la oposición por las dificultades de inscripción que se dieron hace unos días en la plataforma de Coronavirus, debidas a la sobrecarga de solicitudes. Es revelador, por no decir gracioso, que sean los mismos que nada dijeron cuando durante su gobierno, los servicios en línea del Banco República colapsaron por varios días, impidiendo a los clientes extraer y transferir el dinero de sus propias cuentas. También son los mismos que auguraron toda clase de fracasos con el acceso a las vacunas (que el gobierno se demoró, que acordó con vendedores truchos, etc.) y ahora nada dicen de la partida de un millón y medio de Sinovac que acaba de aterrizar en el país y permitirá vacunar a una inmensa proporción de la población.

Lo mismo puede decirse de la disconformidad manifiesta por políticos y sindicalistas acerca de los anuncios realizados por el presidente Lacalle en su conferencia de prensa de esta semana. Muchos los consideraron insuficientes y reclamaron medidas más enérgicas. La pregunta de siempre: ¿qué esperaban? ¿Cuarentena obligatoria? ¿Toque de queda? ¿Poner bajo arresto al que sale a buscar su fuente de sustento? ¿Paralizar la economía del país para después quejarse por el aumento de la pobreza y el desempleo? Hay dos ejemplos que marcan el insólito doble rasero con que se mueven estos detractores profesionales. Por un lado reclamaban la suspensión de las clases presenciales, extremo que fue descartado incluso por el GACH, conscientes del negativo impacto que ejercería en la educación, principalmente para los sectores más vulnerables. Pero después de que Lacalle garantizó la continuidad de lo presencial, berrinchearon por la disposición de no exigir asistencia obligatoria…

Otro caso es el de una parte del sector cultural. Uruguay es de los pocos países que reactivó los espectáculos públicos, salvo en dos períodos: al principio de la pandemia y en enero de este año. Obviamente la medida se tomó con aforos limitados para evitar aglomeraciones. El gobierno nacional podía haber vuelto a suspenderlos en este momento de aceleración de contagios (de hecho la Intendencia de Montevideo mantiene sus teatros cerrados desde que asumió la ingeniera Cosse), pero no lo hizo: se limitó a topear en 400 espectadores aquellos aforos al 30% autorizado que superaran dicha cantidad. No resolvió esto por descuidar los riesgos sanitarios, sino por dar una respuesta positiva a un sector cultural que ha sido duramente castigado por la pandemia, aquí y mucho más en el resto del mundo. Pero un colectivo que nuclea a productores musicales ha criticado duramente esa limitación a 400, mientras el resto de los vociferantes críticos deplora que no se hayan suspendido todos los espectáculos nuevamente. Que alguien nos explique cómo se puede conformar a gente con reclamos tan contrapuestos…

Hoy más que nunca, el país necesita políticos y comunicadores a la altura del tremendo desafío sanitario que estamos enfrentando. Hablar por hablar, buscando escándalos donde deberían cultivarse consensos, no conduce a nada bueno.

Pero tal vez el berrinche más sorprendente que escuchamos en estos días fue el de un reconocido periodista radial, que protestó porque el gobierno prioriza a las franjas etarias más jóvenes en el plan de vacunación. Le escuchamos decir algo así: “a mi compañero de tareas Fulano de Tal, que es joven y sano, le dan la oportunidad de vacunarse antes que a sus abuelos, que son población de riesgo”. ¿Es necesario aclararle a este periodista que la disponibilidad de determinadas vacunas marca inevitablemente el ritmo de su aplicación en los distintos tramos etarios, y que la población de mayor edad debe recibir una que está llegando en menor proporción? ¿Hace falta explicarle que su compañero joven y sano también debe vacunarse lo antes posible, para no contagiar en el corto plazo a sus abuelos?

Hoy más que nunca, el país necesita políticos y comunicadores a la altura del tremendo desafío sanitario que estamos enfrentando, tanto nosotros como el resto del mundo. Hablar por hablar, buscando escándalos donde deberían cultivarse consensos, no conduce a nada bueno.

Dejemos de llorar y de una vez por todas, hagamos.

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