EDITORIAL

El verdadero homenaje a Seregni

Pero muchos de los que hoy lo “lloran” y lo ponen como ejemplo de integridad personal y ética, son los que con su violencia masiva nos han sumergido en un cataclismo social donde la educación, los conocimientos y valores son la síntesis de un monumental fracaso.

El General Seregni fue un humanista que privilegió la familia, la unidad y el diálogo en la sociedad uruguaya. En tiempos que la violencia tupamara embestía contra las Instituciones, repetía en cada uno de sus discursos su rechazo a la vía de las armas para llegar al poder. Su candidatura a la Presidencia por el Frente Amplio se enfrentaba ya entonces a las posiciones dogmáticas del marxismo y a la encarnada por la guerrilla del MLN, que entrenadas e inspiradas en el dictador Fidel Castro veían a la democracia como una estructura burguesa incompatible con la convivencia de mayorías y minorías con respeto y en libertad.

Como todo ser humano tuvo también su traspié político cuando acompañó a Tabaré Vázquez, a Danilo Astori y a otros encumbrados frenteamplistas al Hospital Filtro donde estaban internados los "terroristas etarras" que fueron extraditados a España por la Justicia a solicitud del gobierno socialista presidido por Felipe González.

Pero a pesar de eso su firmeza nunca se confundió con soberbia. Defendía sus posiciones con fundamento y, sobre todo, sabía escuchar con una gran calidez. Resignó su merecida candidatura luego de que un grupo de dirigentes del Frente Amplio decidiera marginar su figura "a la sordina".

Su respuesta fue de una fraterna expresión y trabajó hasta el final de sus días en estudiar y preparar a su fuerza política para asumir el poder con responsabilidad y profesionalidad. Antes sufrió la prisión durante años y nunca desfalleció de la mano del insustituible apoyo de Lily, su compañera de toda la vida.

Una vez liberado pronunció un memorable discurso desde el balcón de su apartamento rodeado de sus afectos más cercanos. Su mensaje siempre fue de reconciliación con la esperanza de que la recuperación de la libertad debía ser la antesala de una institucionalidad que garantizara la vigencia de todos los derechos.

Falleció pocos meses antes de la soñada victoria de sus principios. Dejó un legado ético y político que iba más allá de su pertenencia partidaria y de la estrecha visión de muchos de sus "compañeros" que pronto se olvidaron de sus líneas rectoras. Su humanismo visceral siempre lo mantuvo ajeno a la arbitraria división entre civiles y militares, ricos y pobres, buenos y malos. Sabía que en todos los estratos de la sociedad había luces y sombras que hacían compleja la responsabilidad de gobernar el país. Se podría discrepar con sus ideas, pero nunca agitó su espíritu con críticas destructivas o el sentimiento de odio de clase que tantos compañeros de ruta asumieron como piedra angular de su acción política.

Un homenaje nacional a hombres y mujeres de esa estatura no debió envilecerse con una visión mezquina y pequeña que solo en él quiere reconocer a un General del pueblo como si cientos de sus colegas no lo hubieran sido y lo sigan siendo.

El destino evitó que tuviera que enfrentarse al gobierno de su Partido. Y tuvo ese privilegio porque se exoneró de sentirse defraudado por tanto revolucionario de barrio, jerarcas de escasas lecturas, dirigentes de feroces resentimientos y "rabias paridas", que con recetas de gobierno de "tatuceras" y reflexiones de cafetín interpretaron los derechos humanos con pensamientos flechados.

Es claro que no todos sus excompañeros actuaron de la misma forma porque eso es lo normal en una sociedad política. Pero muchos de los que hoy lo "lloran" y lo ponen como ejemplo de integridad personal y ética, son los que con su violencia masiva nos han sumergido en un cataclismo social donde la educación, los conocimientos y valores son la síntesis de un monumental fracaso. El mismo que el General Seregni quería evitar antes que la variedad zoológica de su Frente Amplio cediera ante la corrupción y tomara como modelos a los que en nombre de una "artificial igualdad" nos han conducido a vivir cada día con la angustia de saber que el orden, la seguridad y la paz social ya no responden a la fortaleza de las cosas sólidas.

El General Seregni no se merecía esa desilusión, esa que en silencio y con vergüenza sienten muchos de sus seguidores, fundamentalmente aquellos que desde los bordes periféricos de la sociedad abrigaban una legítima esperanza.

La cadena de radio y televisión que se utilizó para recordar los 100 años de su nacimiento fue una demostración de cinismo, que utilizó de lo mejor del General sin que pudiera decirles a muchos "compañeros" que no tenían derecho a hipotecar desde el gobierno lo más puro de sus sueños.

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