Editorial

¿Qué historia reciente se hace?

La historia que se narra en escuelas, liceos y en la formación del sentido común ciudadano tiene cada vez más un profundo sesgo profrenteamplista. Hoy que es fecha patria, importa desenmascarar este cinismo.

Hoy se conmemora un año más de la Declaratoria de la Independencia de 1825. Esta fecha histórica es una bue-na ocasión para volver sobre un tema que ha sido debatido en estas semanas, acerca de qué historia reciente se hace en el país.

Cada vez con más fuerza actores políticos, sociales y académicos no izquierdistas señalan que la historia que se na-rra en escuelas, liceos y en la formación del sentido común ciudadano tiene un profundo sesgo profrenteamplista. El exrepresentante de Jorge Batlle en la comisión para la Paz, Carlos Ramela, por ejemplo, declaró hace poco que "la historia reciente ha sido totalmente deformada".

En su edición n° 1982, el semanario Búsqueda consultó a algunos historiadores sobre el tema. Algunos de ellos reconocieron que la gran mayoría de los historiadores son efectivamente afines a la izquierda; otros dijeron que lo importante es el profesionalismo del investigador y no tanto su afinidad política; y otros señalaron no encontrar motivos para que haya tan pocos historiadores blancos o colorados: creen que quizá esto sea así porque los historiadores de esos signos políticos no se sienten cómodos ejerciendo esa tarea en la particular circunstancia partidista actual del país.

Todos estos comentarios resultan de un cinismo impar a la luz de la realidad de lo que ocurre en la investigación de la Historia y la política recientes del país. Hace poco, por ejemplo, un doctor especialista en criminología identificado con la izquierda, pero con posiciones críticas hacia las políticas del gobierno, se quejó porque fue descalificado por "facho" justamente por no estar perfectamente alineado con lo que defiende el Frente Amplio. Yendo a un ejemplo de 2014, cabe preguntarse qué comodidad podrían tener investigadores blancos o colorados en los centros de estudios públicos (que ya en ese entonces parecían burdos escritorios de propaganda frenteamplista), cuando sus integrantes, al momento en que las papas electorales quemaban para el Frente Amplio, salieron a descalificar al candidato presidencial del Partido Nacional asociando su discurso al de Paulo Coelho.

Pero para no quedarse solamente con casos anecdóticos hay que ir a ejemplos concretos de tergiversaciones de la His-toria reciente. Uno de los libros más vendidos en estos años como apoyo al contenido de "Historia y construcción de la ciudadanía" de sexto año de escuela es editado por Santillana y dirigido por Alejandra Campos. Allí se presenta la historia de Uruguay y del mundo en el siglo XX y hasta inicios del siglo XXI. Se tra- tan así los temas que orientan a los es- tudiantes en el mundo actual y también los principales hechos que moldearon a la sociedad, la economía y la política del país.

En ese libro se menciona solamente dos veces a Luis Alberto de Herrera. Hay una brevísima reseña biográfica en la página 75, que ocupa menos espacio que la que luego, en la página 153, se dedica al sacerdote jesuita Luis Pérez Aguirre. Y hay también una mención a su papel en el triunfo blanco de 1958. Evidentemente, la trayectoria de Herrera podrá gustar o disgustar a los historiadores que escriben la historia reciente que leen nuestros niños en la escuela. Pero, ¿cómo ignorar de esta forma a una persona que ocupó, innegablemente, un lugar político protagónico por más de medio siglo de la historia del país? ¿Qué ridículo criterio de profesionalismo aplica un historiador que entiende que Herrera debe ser retratado con la misma importancia que Pérez Aguirre?

Cuando el libro describe la construcción del muro de Berlín en 1961, señala que en la histórica capital de Alemania "era difícil controlar que sus habitantes se mantuvieran fieles a uno u otro bloque" de la guerra fría, y que fue por eso que Alemania oriental decidió levantar un muro. ¿Qué historiador profesional serio puede admitir semejante mentira histórica? ¿Cómo no hubo nunca ninguna reacción colectiva de historiadores que señalaran el disparate mayúsculo de esta justificación del muro de Berlín, que es la que se da a nuestros niños y que por tanto terminará formando el sentido común político de nuestros futuros ciudadanos?

Se pueden encontrar muchísimos más ejemplos de mala fe intelectual, mani-pulación ideológica y sesgo partidista proizquierdista que alejan muchísimo a la gran mayoría de los relatos sobre historia reciente de los criterios más elementales que deben acompañar al historiador profesional y decente. Hoy que es fecha patria, importa desenmascarar este cinismo izquierdista en relación con nuestra Historia.

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